Lucas 10:23
El texto
Jesús se aparta. Después de haber orado en voz alta al Padre delante de todos, se vuelve "particularmente á los discípulos", es decir, en privado, aparte del grupo mayor, y les dice algo que sólo ellos pueden oír: "Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis". No dice bienaventurados los que entienden, ni los que han obrado milagros, ni siquiera los que acaban de volver con gozo porque los demonios se les sujetaban. Dice: bienaventurados los ojos. Y el versículo termina con dos puntos, suspendido, porque la razón viene después: profetas y reyes desearon ver esto y no lo vieron. La bienaventuranza queda colgando un instante en el aire, sin explicación, como una bendición que todavía no sabe explicarse a sí misma.
El núcleo
Lo que Jesús declara bienaventurado no es una virtud sino una recepción. Los ojos no producen nada; sólo se abren y son alcanzados por la luz. Por eso este dicho encaja exactamente después de la oración del versículo 21, donde el Padre "escondiste estas cosas á los sabios y entendidos, y las has revelado á los pequeños". Ver no es un logro; es un don, y un don que ocurre en un momento concreto de la historia, ante un hombre concreto que camina hacia Jerusalén. Aquí está lo que incomoda: la dicha no depende de nuestra capacidad de mirar mejor, sino de que Dios haya decidido mostrarse. Y si eso es cierto, entonces toda nuestra fe empieza no en nuestro esfuerzo por comprender, sino en un misterio anterior a nosotros: que él quiso ser visto.
El hilo conductor
Los profetas y reyes del versículo siguiente no eran ciegos; vieron mucho, pero vieron de lejos. Vieron promesas, sombras, un cordero, un trono, una rama del tronco de Isaí. Abraham vio el día del Señor y se alegró, dice Juan, pero lo vio como quien divisa una costa desde el mar. Toda la historia de la salvación había sido, hasta ese momento, un largo entrecerrar los ojos ante algo que aún no tenía rostro. Y ahora el rostro está sentado frente a doce hombres cansados de caminar. Eso es lo que hace de este versículo un punto de bisagra: la revelación deja de ser palabra sobre alguien y se vuelve presencia de alguien. Lo que los siglos anhelaron cabe ahora en un campo visual humano, y no lo saben del todo.
El espejo
Nos gusta medir nuestra fe por lo que producimos. Los setenta volvieron contando resultados, y Jesús no los reprendió, pero corrigió el centro de gravedad de su alegría. Tú también llevas cuentas: el grupo que lideras crece o no crece, el hijo escucha o no escucha, la oración de años sigue sin respuesta, y en algún lugar concluyes que no ves nada porque nada se mueve. Pero Jesús no llama bienaventurados a los que consiguen; llama bienaventurados a los ojos. Quizá tu problema no es la falta de visión sino la prisa: miras el día como quien revisa una lista, no como quien recibe una aparición. Hoy, antes de que termine la mañana, siéntate cinco minutos sin teléfono, sin música, sin plan, y di en voz alta y despacio: "Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis". Repítelo hasta que la frase deje de ser información.
El protagonista
El que habla aquí acaba de alegrarse "en espíritu", una alegría que Lucas describe casi como un desbordamiento, y desde esa alegría se vuelve a los suyos. Hay algo profundamente humano y a la vez insondable en ese gesto: Jesús necesita decírselo a alguien. Sabe que estos hombres no comprenden la magnitud de lo que tienen delante, y aun así los llama dichosos, no por lo que entienden sino por dónde están parados. Es la mirada de un maestro que ve a sus alumnos en medio de un momento que ellos sólo comprenderán años después. Y es también la voz del Hijo que, según el versículo anterior, es el único que revela al Padre "á quien el Hijo lo quisiere revelar". Esa voluntad suya, libre, es el manantial de la bienaventuranza.
El detalle
"Vuelto particularmente." La palabra griega significa "aparte", en privado. Jesús ha estado hablando con el Padre delante de todos; ahora baja la voz. La bienaventuranza no se proclama en la plaza, se dice al oído. Y esto no es elitismo, es pedagogía del misterio: hay verdades que sólo pueden recibirse en la cercanía, cuando alguien se vuelve hacia ti y te habla a ti. Piensa cuánto de la revelación bíblica ocurre así, en apartes: la zarza en el desierto, la voz suave después del viento, el aposento alto. Dios habla en público, sí, pero lo decisivo suele decirse cuando el ruido baja y quedan pocos oyentes. ¿Cuántas veces has estado en el grupo grande y nunca en el aparte?
El perfil
Los primeros lectores de Lucas eran creyentes de segunda generación que no habían visto nada con sus ojos físicos. Habían oído de los milagros, del rostro, de la voz, pero llegaron tarde. Para ellos esta frase tenía que doler un poco: bienaventurados los ojos, y los míos no vieron. Lucas, sin embargo, escribe precisamente para que Teófilo "conozca la verdad" de aquello que le fue enseñado. Es decir: la visión se transmite. Lo que los apóstoles vieron se les entrega a otros por medio del testimonio, y esa entrega no es un consuelo de segunda clase, es la manera normal en que la bienaventuranza se extiende. Tú y yo estamos en esa cadena. Vemos por oído, y aun así vemos.
Reflexión
¿Qué es lo último que viste de Dios, no que dedujiste o supusiste, sino que realmente viste, y cuándo fue?
Si la dicha está en recibir y no en producir, ¿qué actividad tuya, buena y sincera, tendrías que soltar esta semana para volver a tener ojos?
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Preguntas frecuentes sobre Luke 10:23
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Lucas 10:23?
¿De qué trata Lucas 10:23?
¿Cuál es el contexto histórico de Lucas 10:23?
¿Qué nos enseña Lucas 10:23 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Lucas 10:23 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Luke 10
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Sentándose á los pies de Jesús, oía su palabra." Lo primero que hizo María fue sentarse. Antes de escuchar, dejó de moverse. Quizá tu problema hoy no es que no quieras oír a Dios, sino que sigues de pie, con la lista en la mano, lista para salir corriendo. ¿Qué tendrías que soltar para poder sentarte?
Gracias porque una cosa es necesaria y me la ofreces cada día: sentarme a tus pies y escucharte. Gracias porque la buena parte que María escogió no le fue quitada, y tampoco a mí me será quitada cuando corro a Ti en medio del afán.
Fíjate a quién le reclama Marta. No se acerca a su hermana, se acerca a Jesús: "Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola?" El servicio sin descanso terminó acusando al mismo Señor a quien servía. Cuidado con eso. Cuando trabajar para Él te llena de resentimiento, algo se torció en el camino.
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