Mateo 18:19
El texto
Después de dar instrucciones sobre cómo tratar al hermano que peca, y después de decir que lo que se ate o se desate en la tierra queda atado o desatado en el cielo, Jesús añade una promesa: «si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos». Y enseguida da la razón: donde dos o tres se reúnen en su nombre, él mismo está en medio. La promesa no cuelga en el aire; nace de un conflicto que alguien se atrevió a resolver.
El núcleo
El verbo que hay detrás de «se convinieren» es symphonéo, de donde viene sinfonía: sonar juntos. No es que dos personas tengan la misma opinión, sino que sus voces han llegado a armonizar. Y en este capítulo esa armonía tiene un precio concreto: alguien fue a hablar con su hermano a solas, alguien escuchó, alguien perdonó. Lo que Jesús promete es que el Padre respalda las decisiones de una comunidad reconciliada. Dios no se deja presionar por la aritmética de las oraciones, como si dos voces pesaran más que una. Se compromete con un pueblo que ha hecho el trabajo sucio de la reconciliación. La promesa es enorme, pero está encadenada a la puerta que hay que tocar primero.
El hilo conductor
La regla de «dos o tres testigos» viene de la ley de Deuteronomio: ninguna acusación se sostenía con una sola boca. Israel aprendió así que la verdad necesita comunidad para no convertirse en venganza privada. Jesús toma esa ley y la lleva más lejos: los dos o tres ya no solo verifican una acusación, ahora se convierten en el lugar donde el cielo actúa. ¿Por qué puede hacer eso? Por lo que dice tres versículos antes: «el Hijo del hombre ha venido para salvar lo que se había perdido». El que busca a la oveja descarriada es el mismo que está «en medio de ellos». La reconciliación entre hermanos no es un requisito moral añadido al evangelio; es el evangelio funcionando entre personas que se han hecho daño.
El espejo
Seamos honestos con lo que hemos hecho con este versículo. Lo hemos usado como palanca. Buscamos a alguien que ore con nosotros por la casa, por el diagnóstico, por el trabajo, y en el fondo pensamos que si conseguimos que dos personas digan lo mismo, Dios tendrá que ceder. Ese cálculo es más antiguo que nosotros y Jesús lo desarma sin levantar la voz: la unidad que él bendice no es la que se organiza para pedir, sino la que se ha ganado perdonando.
Y aquí es donde duele. Tú y tu esposa oran juntos por la noche, pero hace tres semanas que no hablan del comentario que ella hizo delante de tus padres. Tu grupo pequeño ora de acuerdo por los misioneros, y hay dos personas en ese círculo que ya no se buscan al terminar. La junta de la iglesia vota por unanimidad porque nadie se atreve a decir lo que piensa, y a esa cobardía la llamamos acuerdo. Jesús no promete nada a ese tipo de convenio. Promete al que ha ido, solo, a decirle a su hermano lo que le hizo, con el riesgo de quedar mal. Si esa conversación te da pánico, este versículo no es tu consuelo todavía; es tu tarea.
El intertexto
Santiago dice que pedimos y no recibimos porque pedimos mal, para gastarlo en nuestros placeres. Es la misma advertencia desde otro ángulo: el problema nunca fue el número de orantes, sino el corazón que ora. Y unos versículos más adelante, en este mismo capítulo, Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar, y Jesús responde «hasta setenta veces siete», seguido de la parábola del siervo que fue perdonado de diez mil talentos y estranguló a quien le debía cien denarios. Es el comentario que Jesús mismo pone junto a esta promesa. La comunidad que puede convenir en la tierra es la comunidad que sabe cuánto le fue perdonado. Sin esa memoria, cualquier acuerdo nuestro es solo coalición.
Contexto
Estamos en el cuarto gran discurso de Mateo, el discurso sobre la vida en comunidad, y comenzó con una pregunta miserable: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?». Todo lo que sigue, el niño en medio, las piedras de molino, la oveja perdida, el proceso de corrección, esta promesa, es respuesta a hombres que competían por posiciones. Jesús va camino de Jerusalén; les habla a discípulos que pronto tendrán que sostenerse sin él visible entre ellos. Por eso el versículo 20 no es un adorno devocional para reuniones pequeñas, sino la garantía de que el Maestro ausente sigue presente donde su pueblo se reconcilia en su nombre.
El perfil
Los primeros lectores de Mateo eran comunidades judías mesiánicas pequeñas, en tensión creciente con la sinagoga, reunidas en casas, sin templo, sin respaldo legal, sin autoridad reconocida por nadie. Cuando ellos tomaban una decisión sobre un hermano, sabían perfectamente que el mundo no le daba ningún peso. Eran dos o tres artesanos en una habitación prestada. Oír «será atado en el cielo», «les será hecho por mi Padre», «allí estoy en medio de ellos» les sonaba a algo casi insolente: sus veredictos pobres y sus oraciones temblorosas tenían respaldo celestial. Nosotros leemos el versículo pensando en lo que podemos obtener. Ellos lo leían preguntándose si alguien los tomaba en serio. Y la respuesta era sí, el Padre.
Reflexión
¿Hay alguien con quien oras sin haber hablado primero de lo que quedó roto entre ustedes?
¿Qué te impide hoy hacer el viaje del versículo 15, ir tú, a solas, antes de convocar a nadie más?
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Preguntas frecuentes sobre Matthew 18:19
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Mateo 18:19?
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¿Cuál es el contexto histórico de Mateo 18:19?
¿Qué nos enseña Mateo 18:19 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Mateo 18:19 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Matthew 18
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Jesús puso a un niño en medio de una discusión sobre grandeza. Y dijo: "Y cualquiera que recibiere á un tal niño en mi nombre, á mí recibe." Recibir a quien no puede devolverte el favor, ni subirte de puesto, ni recomendarte. ¿A quién recibiste hoy que no tenía nada que darte? Ahí estaba Él.
Y si no oyere á la iglesia, tenle por étnico y publicano." Suena a puerta cerrada, hasta que recuerdas quién escribió estas palabras: Mateo, un publicano al que Jesús llamó desde su mesa de impuestos. Jesús comía con ellos, los buscaba, lloraba por ellos. Así que el último paso no es olvidar a esa persona. Es empezar a buscarla de nuevo, desde el principio.
Por lo cual, el reino de los cielos es semejante á un hombre rey, que quiso hacer cuentas con sus siervos." Jesús acababa de hablar de perdonar setenta veces siete, y ahora abre esta parábola con algo que solemos olvidar: hay un día de cuentas. El Rey no es indiferente. Te mira, te ama, y también te pedirá cuenta de cómo tratas a quien te debe poco, después que Él te perdonó tanto.
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