Salmos 97
El texto
El salmo comienza con un grito de coronación: "JEHOVÁ reinó: regocíjese la tierra". Lo que sigue no es un argumento sino una tormenta: nube y oscuridad alrededor del trono, fuego que avanza delante de él, relámpagos que iluminan el mundo entero, montes que se derriten como cera. Ante esa llegada, los que confían en imágenes talladas quedan avergonzados y "los dioses todos á él se encorven", mientras Sión oye la noticia y se alegra. El cierre es sorprendentemente doméstico: amad a Jehová, aborreced el mal, porque "luz está sembrada para el justo" y alegría para los rectos de corazón.
El corazón
El verbo hebreo con que abre el salmo, malak, significa "reinar", pero en esta forma suena como un anuncio: ha asumido el trono, ha comenzado a reinar. No es una verdad abstracta sobre la soberanía divina; es una noticia que llega, como cuando un mensajero entra corriendo con el nombre del nuevo rey. Y fíjate en la tensión que el salmista no resuelve: el trono descansa sobre "justicia y juicio", lo más firme y claro que existe, pero el que se sienta en él está rodeado de "nube y oscuridad". Dios gobierna de manera inequívoca e inaccesible a la vez. Su reinado no se discute, se padece o se celebra, según de qué lado estés.
El hilo conductor
El versículo 7 es el lugar donde este salmo se abre hacia el Nuevo Testamento. La versión griega que leían los primeros cristianos tradujo "los dioses todos á él se encorven" como "adórenle todos sus ángeles", y el autor de Hebreos toma esa línea y la pone en boca del Padre cuando introduce al Hijo en el mundo. Es decir: el mandato de postrarse ante Jehová se aplica, sin pedir permiso, a Jesús. Quien viene en la nube del Sinaí y quien nace en Belén son el mismo rey. Y la tormenta del salmo encuentra un eco extraño en el Gólgota: tinieblas a mediodía, la tierra que tiembla, el velo rasgado. El trono se hizo visible donde menos lo buscábamos.
El espejo
El salmo avergüenza a los que se alaban de los ídolos, y conviene no traducir eso demasiado rápido a estatuas antiguas. Un ídolo es aquello cuya aprobación te desvela: el jefe que decide tu contrato, el hijo cuyo éxito justifica tus años, la cifra en la cuenta que te permite dormir. Ninguno de ellos reinó. Y está el otro lado: "guarda él las almas de sus santos; de mano de los impíos los libra" suena a burla si llevas tres años viendo cómo en tu trabajo asciende el que miente. Por eso el salmo no dice que la luz brilla, sino que está sembrada: enterrada, con retraso, real. Hoy, escribe en un papel el nombre de aquello cuya aprobación más temes perder, y di en voz alta sobre ese papel la primera frase del salmo: "Jehová reinó".
El intertexto
Cuando Pablo escribe a los filipenses que ante el nombre de Jesús se doblará toda rodilla, está respirando el aire de este salmo: la misma universalidad, la misma rendición de todo poder rival, el mismo "eres muy ensalzado sobre todos los dioses" del versículo 9. La diferencia es decisiva y hay que decirla con cuidado: aquí el exaltado es el que se humilló hasta la muerte. El salmo describe al rey que derrite montañas; el himno de Filipenses describe al rey que se vacía. No son dos dioses distintos, son dos momentos del mismo reinado, y el segundo explica por qué el primero no es simplemente aterrador.
El detalle
"Luz está sembrada para el justo." La imagen chirría, y por eso vale la pena detenerse. La luz no se siembra; la luz aparece, de golpe, como los relámpagos del versículo 4. Pero el salmista cambia de registro justo al final: después de la teofanía viene la agricultura. Lo que Dios ha decidido respecto de los suyos ya está en la tierra, bajo tierra, invisible, y entre la siembra y la cosecha hay un intervalo que no se puede acelerar. Ahí vive el creyente: no en la oscuridad total ni en el mediodía, sino en la paciencia del campesino que sabe lo que enterró. La resurrección de Cristo es el primer brote de esa siembra.
La pregunta
"Fuego irá delante de él, y abrasará en derredor sus enemigos." ¿Quién se alegra de eso? Nos incomoda, y debería. Pero piensa en quién canta este salmo: gente pequeña bajo imperios, "las hijas de Judá" que se gozan por los juicios de Dios porque el juicio es lo único que devuelve lo robado. Para la víctima, un Dios que no juzga no es amoroso, es ausente. Lo que el Nuevo Testamento añade no es que el fuego se cancele, sino que en la cruz cayó primero sobre Dios mismo. Eso no disuelve el misterio: sigue habiendo un final del que el salmo habla sin pestañear. Solo sabemos esto: el que juzgará tiene cicatrices en las manos.
Reflexión
¿Qué cosa concreta de tu semana cambiaría si creyeras, no en teoría sino a las ocho de la mañana del lunes, que "Jehová reinó"?
¿Dónde estás esperando una cosecha de luz que todavía está bajo tierra, y qué te ayudaría a seguir esperando sin fingir que ya la ves?
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Preguntas frecuentes sobre Psalms 97
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Salmos 97?
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