Romanos 6
El Texto
Pablo comienza con una pregunta que suena casi como una provocación: si la gracia abunda donde abunda el pecado, ¿por qué no seguir pecando? Su respuesta no es un reglamento, sino un recordatorio de identidad: «los que somos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?». En el bautismo fuimos sepultados con Cristo, plantados en la semejanza de su muerte, para andar en «novedad de vida». De ahí se desprende todo lo demás: el viejo hombre crucificado, los miembros del cuerpo entregados ya no como instrumentos de iniquidad sino de justicia, y el contraste final entre dos economías que reparten cosas distintas: «la paga del pecado es muerte: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro».
El Núcleo
Hay algo aquí que se nos escapa si leemos deprisa: Pablo no dice que debamos morir al pecado, dice que ya morimos. Es un hecho consumado, no una meta moral. Y sin embargo el capítulo entero está lleno de imperativos: no reine, no presentéis, presentaos. ¿Cómo puede mandarse ser lo que uno ya es? Ahí está el misterio que conviene no resolver demasiado rápido. La palabra griega que Pablo usa en el versículo once, logizomai, «pensad», es un término contable: hagan la cuenta, tomen en serio lo que ya está escrito en el libro. La santidad no es fabricar una realidad nueva a fuerza de voluntad; es aprender lentamente a vivir dentro de una realidad que Dios ya declaró verdadera sobre nosotros, y que todavía no sentimos del todo.
El Hilo Conductor
El bautismo, tal como Pablo lo describe, no es una ceremonia añadida a la fe: es la manera en que la historia de Jesús se vuelve nuestra historia. «Somos sepultados juntamente con él á muerte por el bautismo.» Es lenguaje de entierro, no de limpieza. Y detrás de esa imagen se oye el eco de todo el relato bíblico: un pueblo que atraviesa el agua y deja atrás a Egipto, esclavos que salen y ya no vuelven. Pablo toma esa memoria y la lleva más hondo, porque el faraón del que habla no está detrás de nosotros sino dentro. Lo que Israel hizo geográficamente, Cristo lo hizo existencialmente: entró en la muerte y salió, y «la muerte no se enseñoreará más de él». Ese verbo, enseñorearse, reaparece en el versículo catorce aplicado al pecado. Lo que no domina a Cristo tampoco dominará a los suyos. La cadena está rota en la cabeza, y por eso también en los miembros.
El Espejo
Pablo no habla de ideas, habla de miembros: manos, lengua, ojos, cuerpo. Es sorprendentemente físico. Lo que usted hace con el teléfono a las once de la noche, el tono con que responde a su hijo cuando está cansado, el correo que redacta para quedar bien a costa de un compañero, la manera en que gasta el dinero cuando nadie lo audita: eso son los instrumentos. Y la pregunta del versículo veintiuno es incómoda porque supone que hay cosas de las que ya nos avergonzamos y que aun así repetimos. «¿Qué fruto, pues, teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?» Vale la pena quedarse un momento en ese silencio antes de contestar. No para hundirse, sino para dejar de negociar.
Hoy, en voz alta y a solas, nombre delante de Dios un solo miembro concreto de su cuerpo, y dígale: esto te lo presento a ti como instrumento de justicia.
La Pregunta
Si el viejo hombre fue crucificado, ¿por qué sigue hablando? Cualquiera que lleve años en la fe sabe que el pecado no se comporta como un muerto. Pablo no lo ignora; por eso manda «no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal». Reinar no es lo mismo que existir. Un rey depuesto puede seguir dando órdenes desde el exilio, y muchos súbditos por costumbre siguen obedeciéndolas. Eso no restaura su trono, pero sí explica nuestras derrotas. Aquí conviene resistir la tentación de dos falsos consuelos: el que dice que entonces no pasó nada real, y el que dice que si usted todavía lucha, no ha nacido de nuevo. El texto deja abierta una tensión que no se resuelve en esta vida. Vivimos entre una sentencia ya dictada y una ejecución todavía en curso.
Contexto
Roma, mediados de los años cincuenta. Pablo escribe a una comunidad que no fundó, mezcla de judíos que volvían tras el destierro de Claudio y de gentiles que habían llenado el vacío. En esa ciudad la esclavitud no era una metáfora: uno de cada tres habitantes pertenecía a otro. Cuando Pablo dice «sois siervos de aquel á quien obedecéis», sus oyentes veían caras conocidas, contratos, marcas. Por eso se disculpa: «Humana cosa digo, por la flaqueza de vuestra carne». Sabe que la imagen cojea, porque nadie escoge a su amo. Pero justamente eso quiere decir: usted nunca fue autónomo. La libertad absoluta no estaba en el menú; la única pregunta era, y sigue siendo, quién le paga el salario.
El Protagonista
El protagonista aquí no es el creyente que lucha, sino Cristo resucitado, y Pablo lo describe con una sobriedad casi austera: murió una vez, vive para Dios, no muere más. No hay dramatismo, hay firmeza. Ese es el terreno bajo nuestros pies. Y el capítulo termina con un desequilibrio deliberado: al pecado se le llama patrón que paga un salario merecido, «la paga del pecado es muerte»; a Dios no se le llama patrón sino dador, «la dádiva de Dios es vida eterna». Si la simetría se hubiera mantenido, Pablo habría escrito que el salario de la justicia es la vida. No lo hizo. Dios rompe la contabilidad. Al final del razonamiento más rigurosamente lógico de la carta, aparece un regalo.
Reflexión
¿Qué costumbre suya sigue obedeciendo órdenes de un rey que ya fue depuesto, y qué la mantiene con vida?
Si hoy tuviera que hacer la cuenta del versículo once, tomar en serio que está muerto al pecado y vivo para Dios, ¿qué decisión concreta cambiaría antes de acostarse?
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Preguntas frecuentes sobre Romans 6
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Romanos 6?
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¿Por qué Romanos 6 sigue siendo relevante hoy?
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