El libro de Eclesiastés explicado
Introducción
Un hombre de cincuenta y dos años termina de firmar la venta de la empresa que construyó durante veinticinco años. Tiene el dinero en la cuenta, el nombre en la placa, la casa pagada. Esa noche se sienta en el borde de la cama y siente algo que no esperaba: un vacío limpio, sin drama, como el aire de una habitación vacía. "¿Y ahora qué?", piensa. "¿Esto era?"
Ese hombre tiene un libro en la Biblia escrito para él. Se llama Eclesiastés, y es probablemente el libro más honesto que usted leerá en su vida. No maquilla la muerte, no promete que el esfuerzo siempre paga, no finge que los buenos siempre ganan. Y sin embargo termina en adoración.
En esta página va a descubrir quién lo escribió, cuándo, cómo está construido, qué significa realmente la palabra "vanidad", por qué este libro no es pesimismo sino medicina, y cómo leerlo sin perder la fe por el camino.
El enfoque de esta guía
Casi todos los resúmenes de Eclesiastés repiten la misma idea: "todo es vanidad, nada tiene sentido, pero al final hay que temer a Dios". Aquí vamos por otro camino. La palabra hebrea que Reina Valera traduce como "vanidad" es hebel, y significa vapor, aliento, neblina. No dice "nada importa". Dice "nada dura". Esa diferencia cambia todo el libro. Eclesiastés no es un ataque al valor de la vida, es un ataque a nuestra manía de convertir cosas pasajeras en dioses permanentes. Leeremos el libro entero desde ahí: como una escuela de manos abiertas, que nos quita los ídolos de vapor para dejarnos recibir lo único que no se desvanece.
¿Qué dice la Biblia sobre el libro de Eclesiastés?
El libro se presenta a sí mismo en el primer versículo como "palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén". La palabra hebrea es Qohelet, que significa algo así como "el que reúne una asamblea", el que convoca al pueblo para enseñarle. Los traductores griegos lo llamaron Ekklesiastes, y de ahí nos llegó el nombre en español.
¿Quién es ese predicador? La tradición judía y cristiana ha visto aquí a Salomón, y el texto invita a esa lectura: un hijo de David que reinó en Jerusalén, con sabiduría sin igual (1:16), riqueza descomunal, obras de construcción, viñas, huertos, cantores, mujeres, tesoros (2:4-10). Nadie en Israel encaja mejor con ese retrato. Al mismo tiempo, muchos estudiosos conservadores notan que el hebreo del libro contiene rasgos tardíos y algunas palabras de origen persa, y que el epílogo habla del Predicador en tercera persona, como si un editor posterior hubiera recogido y presentado sus enseñanzas: "y mayormente, hijo mío, sé avisado" (12:12). Por eso conviven dos posturas respetables: Salomón mismo, hacia el final de su reinado en el siglo décimo antes de Cristo, o un sabio posterior, del periodo persa, escribiendo en la voz y la herencia salomónica para enseñar a una generación desencantada. La Iglesia no ha hecho de esto un artículo de fe, y por buena razón: la autoridad del libro no depende de resolver la firma, sino de que Dios lo puso en su Palabra.
Las circunstancias que atraviesa el libro son reconocibles en cualquier siglo. Un hombre con recursos ilimitados prueba todo lo que el corazón humano persigue, y lo anota con la frialdad de un científico. Placer, trabajo, sabiduría, dinero, poder, legado. Y una y otra vez llega al mismo veredicto, el que abre el libro entero: "Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo vanidad" (Eclesiastés 1:2). Esa expresión, repetida, es la forma hebrea del superlativo: vapor de vapores, lo más efímero de lo efímero. No está diciendo que la vida sea mentira; está diciendo que se le escapa de las manos como el aliento en una mañana fría.
Esa misma palabra aparece en el Salterio. David ora: "He aquí diste a mis días término corto, y mi edad es como nada delante de ti: ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive" (Salmos 39:5). Y siglos después, Santiago recoge la misma imagen con una precisión asombrosa: "Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es un vapor que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece" (Santiago 4:14). Tres autores, un mismo diagnóstico. La Biblia no tiene miedo de decirle a la cara que usted es breve.
Pero Eclesiastés añade una pieza que lo salva del nihilismo. Dice que ese vapor fue hecho por Dios y que dentro del hombre hay algo que no cabe en el vapor: "Todo lo hizo hermoso en su tiempo: y aun el mundo dió en su corazón, de tal manera que no alcance el hombre la obra de Dios desde el principio hasta el cabo" (Eclesiastés 3:11). La palabra que Reina Valera 1909 traduce "el mundo" es ha'olam, que otras versiones vierten "eternidad". Ambas ideas apuntan a lo mismo: Dios metió en el pecho humano un anhelo del todo, del siempre, de lo completo, y al mismo tiempo nos dejó incapaces de abarcarlo. Somos criaturas de vapor con hambre de eternidad. Ahí nace toda la inquietud del libro, y también toda su esperanza.
De ahí el diagnóstico económico más exacto de la Escritura: "El que ama el dinero, no se hartará de dinero" (Eclesiastés 5:10). No dice que el dinero sea malo. Dice que es incapaz de saciar. Es agua salada para un sediento.
Nada dura; por eso nada puede ser su dios.
El hilo que recorre la Biblia
El vapor no empieza en Eclesiastés. Empieza en Génesis 3, cuando la tierra queda maldita y el trabajo del hombre se llena de espinos y sudor. Todo el "debajo del sol" del Predicador, expresión que repite cerca de treinta veces, es una mirada sobria a la vida al este del Edén. De hecho, el segundo hijo de Adán se llama Abel, y en hebreo su nombre es Hebel, la misma palabra: el primer hombre que muere en la Biblia se llama "vapor". La historia humana comienza con un aliento que se apaga.
De allí el hilo pasa por Job, que grita contra la injusticia sin recibir explicaciones; por los Salmos, donde David mide sus días y se descubre "como nada" delante de Dios (Salmos 39:5); por los profetas, que llaman a los ídolos precisamente hebel, vanidad, porque no pueden sostener a nadie. Eclesiastés recoge todo eso y lo ordena en un solo libro de sabiduría. Es la voz de Israel diciendo: podemos ser creyentes y a la vez mirar de frente el desgaste del mundo.
En el Nuevo Testamento el hilo se tensa y se resuelve. Pablo escribe que "las criaturas sujetas fueron a vanidad, no de grado, mas por causa del que las sujetó con esperanza" (Romanos 8:20). Fíjese bien: la misma palabra del Predicador, pero con dos añadidos decisivos. Primero, la vanidad no es un accidente del azar, es una sujeción decretada por Dios. Segundo, fue puesta "con esperanza". Lo que en Eclesiastés era un muro, en Romanos se vuelve una puerta.
Y Cristo entra por esa puerta. Él se hizo vapor con nosotros: nació en el tiempo, se cansó, tuvo sed, lloró ante una tumba, y murió. En la cruz llevó el veredicto entero del "debajo del sol": la injusticia, la brevedad, la muerte que no distingue entre sabios y necios. Pero al tercer día algo ocurrió que Eclesiastés no podía ver desde su ventana. Salió del sepulcro un cuerpo que ya no se desvanece.
Por eso el mismo Pablo puede cerrar su gran capítulo de la resurrección con la frase que responde palabra por palabra al lamento del Predicador sobre el trabajo inútil: "sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano" (1 Corintios 15:58). Eclesiastés dice que ningún trabajo debajo del sol tiene provecho duradero. El evangelio no lo contradice; lo completa. Añade una dirección: en el Señor. Lo que se hace en Cristo sale del régimen del vapor y entra en el de la resurrección.
Estructura y temas principales
Eclesiastés parece desordenado en una primera lectura, y esa impresión es parte de su arte: imita el desconcierto de la vida misma. Pero tiene un esqueleto muy claro, sostenido por un marco que se repite al principio y al final. En 1:2 leemos "vanidad de vanidades, todo vanidad", y en 12:8 la misma frase vuelve casi idéntica. Todo el libro está encerrado entre esas dos paredes; lo que hay entre ellas es la investigación.
Después del título viene un poema de apertura (1:3-11) sobre los ciclos de la naturaleza: el sol que va y vuelve, el viento que gira, los ríos que corren al mar sin llenarlo, y la conclusión de que "nada hay nuevo debajo del sol". Es la sensación de la rueda que no avanza.
Luego llega el gran experimento real (1:12 al 2:26). El Predicador se propone probar todo lo que promete plenitud: la sabiduría, la risa, el vino, las construcciones, los jardines, la plata y el oro, la música, el poder. Lo consigue todo, y esa es la parte espeluznante. No fracasa: triunfa, y descubre que el triunfo no alcanza. Aquí nace el primer tema mayor del libro, la insuficiencia de los bienes buenos cuando se les pide lo que no pueden dar.
El tercer bloque es el del tiempo (capítulo 3). Comienza con el poema más citado del libro: "Para todas las cosas hay sazón, y todo lo que se quiere debajo del cielo, tiene su tiempo" (Eclesiastés 3:1). Aquí aparece el segundo tema: la vida tiene ritmos que no controlamos, y el hombre no es el dueño del calendario.
Sigue una larga sección de observación social (capítulos 4 al 6): la opresión de los pobres, la soledad del ambicioso, la religión superficial que habla mucho y cumple poco, la trampa de la riqueza. Aquí se aloja Eclesiastés 5:10 y la advertencia de que el que ama tener siempre más nunca llega.
Los capítulos 7 al 10 recogen sabiduría en forma de proverbios y contrastes: la casa del luto enseña más que la casa del banquete, la sabiduría es mejor que la fuerza pero un necio puede arruinarla en un momento, y "quién sabe" se convierte en estribillo de humildad. Tercer tema: la sabiduría es valiosa y limitada a la vez.
Todo desemboca en el llamado final (11:7 al 12:8), con esa orden luminosa: "Y acuérdate de tu Criador en los días de tu juventud" (Eclesiastés 12:1), seguida de un poema sobrecogedor sobre el envejecimiento, la casa que se derrumba, el cordón de plata que se quiebra, y el polvo que vuelve a la tierra "y el espíritu se vuelva a Dios que lo dió" (12:7).
El epílogo (12:9-14) cierra con el veredicto del editor, y con el cuarto tema, el que ordena todos los demás: temer a Dios. Y hay un quinto tema que recorre el libro como un hilo de oro y que muchos se saltan: siete veces el Predicador interrumpe su análisis para mandar disfrutar el pan, el vino, el trabajo y la compañía como dones de Dios (2:24, 3:12-13, 3:22, 5:18-20, 8:15, 9:7-9, 11:7-9). Precisamente porque nada dura, todo se recibe como regalo y no como propiedad.
Versículos clave de este libro
Eclesiastés 1:2. "Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo vanidad." Si usted lee esto como "nada tiene valor", el libro se le vuelve veneno. Si lo lee como "nada de esto se queda quieto en sus manos", se le vuelve libertad. El Predicador está desmontando la ilusión de permanencia, no la bondad de la creación. Es como si tomara cada cosa a la que le pedimos salvación (el salario, el reconocimiento, el cuerpo joven, la casa bonita) y la levantara a contraluz para que veamos lo transparente que es. Reconocer eso a tiempo ahorra décadas de decepción.
Eclesiastés 3:11. "Todo lo hizo hermoso en su tiempo: y aun el mundo dió en su corazón, de tal manera que no alcance el hombre la obra de Dios desde el principio hasta el cabo." Aquí está la clave antropológica de la Biblia entera. Dios hizo un mundo bello y ordenado, y puso en nosotros el anhelo del todo, pero nos dejó sin la vista completa. Por eso la vida se siente siempre un poco más grande que nuestra capacidad de entenderla. Ese desajuste no es un defecto de fabricación: es la marca de dedo de Dios, la inquietud que nos impide instalarnos definitivamente en nada que no sea él.
Eclesiastés 12:13. "El fin de todo el discurso oído: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre." Después de doce capítulos de preguntas sin respuesta, el libro no aterriza en una explicación sino en una relación. Temer a Dios aquí no es tenerle pánico, es reconocer que él es el único punto fijo en un mundo de vapor, y vivir en consecuencia. "Esto es el todo del hombre": literalmente, esto es el hombre completo. Usted no se completa acumulando, entendiendo ni logrando. Se completa inclinándose.
El vapor no se puede guardar, solo se puede recibir.
El espejo
Usted ya sabe lo que enseña Eclesiastés. Lo aprendió sin leerlo, en la sala de espera de un hospital, o el día que abrió el testamento de su padre, o cuando llegó el ascenso y dos semanas después ya no sentía nada. El libro no le está dando información nueva. Le está pidiendo que deje de disimular.
Piense en su semana. ¿A qué le está pidiendo que le dé identidad? Hay personas que han hipotecado veinte años a una carrera que otro heredará y cambiará en seis meses. Hay padres que ponen toda su esperanza en un hijo que no puede cargar ese peso sin romperse. Hay quien se mira al espejo cada mañana negociando con un cuerpo que, con toda su disciplina, va cuesta abajo. Y hay quien llena el silencio de la casa con pantallas porque la soledad hace demasiado ruido. Eclesiastés no se burla de nada de eso. Solo le pone un nombre: vapor. Bueno, real, dado por Dios, y pasajero.
Y aquí está la parte que libera. Si nada de eso puede sostenerle, entonces tampoco tiene por qué sostenerlo usted. Puede dejar de defender su reputación con los dientes. Puede tomarse una tarde libre sin sentirse culpable. Puede comer con su familia sin revisar el teléfono, porque esta comida es un regalo y no un trámite. Puede perdonar, porque la cuenta que le deben no va a durar más que el que la debe.
Lo que Dios le ofrece en Cristo no es otra cosa de vapor mejor administrada. Es una vida que no se desvanece, recibida gratis, imposible de perder. El día que usted suelte lo que nunca fue suyo, descubrirá que tenía las manos ocupadas para nada.
Explicado para niños
A un niño se le puede explicar Eclesiastés mejor que a un adulto, porque los niños entienden el vapor. Sople sobre un vidrio frío o sobre el aire en un día de invierno y dígale: "¿Viste esa nubecita? Ahí está, y ya no está. Hay un libro en la Biblia que dice que muchas cosas de la vida son así: los juguetes nuevos que después aburren, las vacaciones que se acaban, los días que pasan volando." Luego venga la segunda parte, que es la importante: "Por eso no le pedimos a las cosas que nos hagan felices para siempre. Le damos gracias a Dios por ellas mientras las tenemos, y guardamos nuestro corazón para él, porque Dios no se acaba nunca."
De ahí salen tres ideas sencillas que un niño puede llevarse: disfruta lo que Dios te da hoy, no te enojes cuando algo se termina, y acuérdate de tu Creador desde pequeño, como dice Eclesiastés 12:1. Con los más grandes se puede añadir que Jesús vivió una vida corta como la nuestra y resucitó para darnos una que no se termina.
En Faith.network estamos preparando explicaciones específicas de este libro para distintas edades: una versión muy sencilla y concreta para preescolares de tres a seis años, una versión con historias y preguntas para niños de siete a doce, y una versión más honesta y directa para adolescentes de doce en adelante, que suelen ser precisamente quienes más necesitan oír que la Biblia tiene un libro para los desilusionados.
Preguntas frecuentes
¿Quién escribió el libro de Eclesiastés?
El libro se atribuye al "Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén", descripción que la tradición judía y cristiana ha identificado con Salomón por su sabiduría, su riqueza y sus obras, tal como se describen en los capítulos 1 y 2. Algunos estudiosos creyentes proponen que un sabio posterior recogió y presentó esa enseñanza salomónica, por los rasgos tardíos del hebreo y porque el epílogo habla del Predicador en tercera persona. Ninguna de las dos posturas afecta la autoridad del libro: ambas reconocen que Dios lo entregó a su pueblo como Escritura inspirada.
¿Qué significa realmente la palabra "vanidad" en Eclesiastés?
La palabra hebrea es hebel, y aparece casi cuarenta veces en el libro. Literalmente significa vapor, aliento o neblina, algo que existe de verdad pero que no se puede agarrar ni conservar. Por eso "vanidad" no quiere decir "mentira" ni "nada importa", sino "nada de esto dura ni se deja controlar". Entenderlo así cambia por completo la lectura: el Predicador no está negando el valor de la vida, está desmontando nuestra costumbre de pedirle permanencia a cosas pasajeras.
¿Por qué Eclesiastés suena tan pesimista?
Porque describe la vida "debajo del sol", es decir, desde la observación honesta de este mundo caído, sin adelantar respuestas que todavía no habían sido reveladas. El Predicador se niega a consolar con frases fáciles: los justos a veces sufren, los necios a veces prosperan, y todos mueren. Ese realismo es un regalo pastoral, porque prepara el corazón para la única esperanza que resiste el examen. Y el libro no termina en la queja, sino en el temor de Dios y en el gozo agradecido de las cosas sencillas.
¿Cuándo se escribió Eclesiastés?
Si el autor es Salomón, el libro vendría de finales de su reinado, alrededor del año 935 antes de Cristo, cuando ya había probado todo lo que un rey puede probar. Si se trata de un sabio posterior en la tradición salomónica, la fecha más propuesta está en el periodo persa, entre los siglos quinto y tercero antes de Cristo, por la presencia de algunas palabras de origen persa y de formas tardías del hebreo. En ambos casos el libro llegó a formar parte estable de los Escritos en el canon hebreo.
¿Qué significa "nada hay nuevo debajo del sol"?
No significa que no existan inventos ni avances, sino que la condición humana de fondo no cambia. Las mismas ambiciones, las mismas injusticias, el mismo olvido y la misma muerte se repiten generación tras generación, como el sol que sale y se pone o los ríos que corren al mar. El Predicador quiere curarnos de la ilusión de que esta vez sí, con esta tecnología o este proyecto, venceremos el desgaste del mundo. Solo la resurrección de Cristo introduce algo verdaderamente nuevo.
¿Es verdad que Eclesiastés enseña que los muertos no saben nada?
Eclesiastés 9:5 dice que los muertos nada saben, pero hay que leerlo dentro del punto de vista del libro: lo que se puede observar "debajo del sol". Desde este lado de la tumba, el muerto ya no participa de nada terrenal, no trabaja, no come, no recibe salario. El mismo libro afirma que el espíritu vuelve a Dios que lo dio (12:7) y que Dios juzgará toda obra (12:14). No es una negación de la vida futura, sino una descripción del silencio que la muerte deja en este mundo.
¿Qué quiere decir "todo tiene su tiempo"?
Eclesiastés 3:1 declara: "Para todas las cosas hay sazón, y todo lo que se quiere debajo del cielo, tiene su tiempo". El poema que sigue enumera pares opuestos, nacer y morir, llorar y reír, callar y hablar, para mostrar que la vida tiene estaciones que nosotros no programamos. No es fatalismo ni una excusa para justificar cualquier conducta; es una invitación a la humildad y a la sabiduría de discernir el momento, confiando en que quien gobierna los tiempos es Dios y no nosotros.
¿Eclesiastés enseña que hay que disfrutar la vida?
Sí, y con más fuerza de lo que suele reconocerse. Siete veces el libro interrumpe su análisis para mandar comer el pan, beber el vino, gozar del trabajo y de la compañía como dones recibidos de la mano de Dios. Ese gozo no es evasión ni hedonismo: nace justamente de haber aceptado que la vida es breve y que nada de esto nos pertenece. Cuando dejamos de exigirle eternidad a un buen día, ese buen día vuelve a ser hermoso.
¿Cuál es el mensaje central de Eclesiastés?
Que la vida bajo el sol es pasajera e incontrolable, y que por eso el hombre solo se completa temiendo a Dios y recibiendo de él cada día como un regalo. El propio libro lo resume: "El fin de todo el discurso oído: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre" (Eclesiastés 12:13). Todo lo demás, dinero, sabiduría, placer, trabajo, es bueno en su lugar y ruinoso como sustituto de Dios.
¿Por qué Eclesiastés está en la Biblia si casi no menciona a Cristo?
Porque prepara el terreno donde Cristo puede ser reconocido. Eclesiastés formula con una honestidad brutal el problema que solo el evangelio resuelve: somos criaturas de vapor con anhelo de eternidad, y ningún esfuerzo humano cierra esa brecha. Pablo recoge esa misma palabra al decir que la creación fue sujetada a vanidad "con esperanza" (Romanos 8:20), y remata con el anuncio de que en el Señor nuestro trabajo no es vano (1 Corintios 15:58). Sin Eclesiastés, la resurrección parecería una buena noticia sin destinatario.
¿Cuál es la diferencia entre Eclesiastés y Proverbios?
Proverbios enseña el orden habitual de la vida: la diligencia suele traer provecho, la honestidad suele traer paz, la necedad suele terminar mal. Eclesiastés y Job se encargan de las excepciones dolorosas, cuando el diligente pierde todo y el corrupto muere rico y anciano. No se contradicen; se necesitan. Proverbios nos da reglas para vivir sabiamente; Eclesiastés nos impide convertir esas reglas en una fórmula para controlar a Dios. Juntos forman una sabiduría adulta, capaz de confiar sin garantías visibles.
¿Cómo se relaciona Eclesiastés con Santiago 4:14?
Santiago aplica el diagnóstico del Predicador a los planes de negocio: "Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es un vapor que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece" (Santiago 4:14). La imagen es la misma de hebel, y también lo es la conclusión práctica: no dejar de planear, pero planear diciendo "si el Señor quiere". Junto con Salmos 39:5, estos textos muestran que toda la Escritura comparte la misma sobriedad sobre la brevedad humana y la misma confianza en el Dios que no pasa.
Cómo leer Eclesiastés: guía práctica
Léalo entero de una sola sentada la primera vez, sin subrayar nada. Son doce capítulos cortos, unos cuarenta minutos. Hace falta sentir el efecto acumulado del libro, ese vértigo controlado, antes de empezar a analizarlo por partes. Si lo lee en trozos pequeños desde el principio, se le va a convertir en una colección de frases sueltas.
Después vuelva despacio, en cinco tramos. Primero los capítulos 1 y 2, el experimento real: pregúntese qué versión suya está intentando hacer el mismo experimento. Luego el capítulo 3 con su poema del tiempo, y una pregunta muy concreta: qué estación estoy viviendo yo ahora, y qué estoy exigiendo de ella que no me puede dar. En tercer lugar los capítulos 4 al 6, sobre trabajo, poder, religión y dinero; es el tramo más incómodo si usted tiene ingresos, porque Eclesiastés 5:10 lee la cartera mejor que un contador. Después los capítulos 7 al 10, que conviene leer como Proverbios, un dicho a la vez, sin prisa. Y finalmente los capítulos 11 y 12, que se leen mejor en voz alta y preferiblemente con alguien joven al lado.
Tres hábitos ayudan mucho. Cada vez que aparezca la palabra "vanidad", sustitúyala mentalmente por "vapor"; verá cómo el tono cambia de amargo a sobrio. Cada vez que aparezca "debajo del sol", recuerde que el autor está limitando deliberadamente su punto de vista a lo observable. Y cada vez que encuentre un mandato de comer, beber y gozar del trabajo, deténgase: esos son los respiraderos del libro, y muestran que su meta no es hundirle sino devolverle la capacidad de agradecer.
Termine siempre volviendo a Eclesiastés 12:13. Y si quiere el mejor compañero de lectura, ponga al lado 1 Corintios 15, para escuchar la respuesta que el Predicador esperaba sin saberlo.
Teme a Dios: ahí termina el vértigo.
Para cerrar
Eclesiastés no es el libro raro de la Biblia que hay que leer con pinzas. Es el libro que Dios puso en su Palabra para que usted pudiera decir la verdad sobre su vida sin perder la fe. Su mensaje no es que nada importa, sino que nada dura, y que lo que no dura no puede ocupar el lugar de Dios en su corazón. Por eso el Predicador desmonta ídolos con una mano y con la otra le pasa el pan y le dice que coma con gozo.
Si este libro le ha incomodado al leer esta página, es señal de que está funcionando. Vaya a leerlo entero, sin defensas, y luego siéntese un rato en silencio con Eclesiastés 3:11 y Eclesiastés 12:13: la eternidad que Dios sembró en usted y el temor que la ordena. Después abra el Nuevo Testamento y vea cómo esa brecha se cierra en un sepulcro vacío. El vapor de su vida está sostenido por un Salvador que no se desvanece, y nada de lo que usted haga en él será jamás en vano.
