Daniel: el profeta del destierro en quien no se halló falta
Quién es y cuándo vivió
Daniel es un profeta del tiempo del destierro y del retorno. Según Ussher, *Annals of the World* (1650), estuvo activo de 606 a. C. a 534 a. C. Su huella abarca setenta y dos versículos repartidos en catorce pasajes, dentro de cuatro libros: Daniel, Ezekiel, Matthew y Mark. La primera vez que su nombre aparece no es en el libro que lo lleva, sino en Ezekiel 14:14; la última mención está en Mark. Su nombre se escribe en hebreo דָּנִיֵּאל, y también דָּנִאֵל.
Un nombre cambiado y un corazón resuelto
La primera escena lo muestra entre jóvenes tomados y renombrados: «Y fueron entre ellos, de los hijos de Judá, Daniel, Ananías, Misael y Azarías: A los cuales el príncipe de los eunucos puso nombres: y puso á Daniel, Beltsasar; y á Ananías, Sadrach; y á Misael, Mesach; y á Azarías, Abed-nego» (Daniel 1:6-7). Le cambian el nombre, pero no la decisión: «Y Daniel propuso en su corazón de no contaminarse en la ración de la comida del rey, ni en el vino de su beber: pidió por tanto al príncipe de los eunucos de no contaminarse» (Daniel 1:8). El texto añade enseguida de dónde salió el margen para pedir: «Y puso Dios á Daniel en gracia y en buena voluntad con el príncipe de los eunucos» (Daniel 1:9). El funcionario responde temiendo por su propia cabeza (Daniel 1:10). Lo que sigue, el don del entendimiento, la presentación ante el rey y la duración de su servicio, se lee en Daniel 1:17, Daniel 1:19 y Daniel 1:21.
El sueño del rey y una vida en juego
La segunda escena empieza con una sentencia de muerte que lo alcanza sin haber sido consultado: «Y publicóse el mandamiento, y los sabios eran llevados á la muerte; y buscaron á Daniel y á sus compañeros para matarlos» (Daniel 2:13). Daniel no huye ni protesta a gritos: «Entonces Daniel habló avisada y prudentemente á Arioch, capitán de los de la guarda del rey» (Daniel 2:14), pregunta por la causa de tanta prisa (Daniel 2:15), pide plazo al rey (Daniel 2:16) y vuelve a casa: «Fuése luego Daniel á su casa, y declaró el negocio á Ananías, Misael, y Azarías, sus compañeros» (Daniel 2:17).
Después regresa a Arioch con una petición doble, salvar a otros y hablar él mismo: «No mates á los sabios de Babilonia: llévame delante del rey, que yo mostraré al rey la declaración» (Daniel 2:24). Arioch lo presenta como «Un varón de los trasportados de Judá» (Daniel 2:25), y ante la pregunta del rey, Daniel comienza quitándose de en medio: «El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos, ni adivinos lo pueden enseñar al rey» (Daniel 2:27).
El final del capítulo es desconcertante: «Entonces el rey Nabucodonosor cayó sobre su rostro, y humillóse á Daniel, y mandó que le sacrificasen presentes y perfumes» (Daniel 2:46), y confiesa: «Ciertamente que el Dios vuestro es Dios de dioses, y el Señor de los reyes, y el descubridor de los misterios» (Daniel 2:47). Daniel queda «por gobernador de toda la provincia de Babilonia» (Daniel 2:48) y usa el cargo para colocar a Sadrach, Mesach y Abed-nego (Daniel 2:49). Otros reyes lo requieren más tarde, según Daniel 4:8-9, Daniel 4:18-19, Daniel 5:12-13, Daniel 5:17 y Daniel 5:29.
Un hombre sin falta y los leones
En el reino siguiente vuelve a estar arriba: «Pero el mismo Daniel era superior á estos gobernadores y presidentes, porque había en él más abundancia de espíritu» (Daniel 6:3). Sus rivales lo investigan y fracasan: «no podían hallar alguna ocasión ó falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fué en él hallado» (Daniel 6:4). De ahí sale la trampa: «No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna, si no la hallamos contra él en la ley de su Dios» (Daniel 6:5). Lo que ocurre después se lee en Daniel 6:10-11, Daniel 6:13-14, Daniel 6:16-17, Daniel 6:20-21 y Daniel 6:23-24, y el rey lo resume en un decreto: «el cual libró á Daniel del poder de los leones» (Daniel 6:27). El cierre es sobrio: «Y este Daniel fué prosperado durante el reinado de Darío, y durante el reinado de Ciro, Persa» (Daniel 6:28).
La segunda mitad del libro ya no lo muestra interpretando sueños ajenos, sino recibiendo y sufriendo visiones propias (Daniel 7:1-2; 7:15; 7:28; 8:1; 8:15; 8:27; 9:2; 9:22; 10:1-2; 10:7; 10:11-12; 12:4-5; 12:9). Fuera de ese libro se le nombra tres veces en Ezekiel 14:14, Ezekiel 14:20 y Ezekiel 28:3.
Lo que el texto no le reprocha, y lo que no sabemos
Hay que decirlo con la misma franqueza con que se dirían sus pecados: en los pasajes reunidos aquí no se registra ninguna caída suya, y Daniel 6:4 declara expresamente que sus enemigos no hallaron falta en él. Eso no es adorno piadoso, es lo que dice el texto.
Lo desconocido también es real. No se nombra a sus padres. No se nombran hijos suyos. No se le asigna tribu ni pueblo, más allá de que Daniel 1:6 lo cuenta entre «los hijos de Judá» y Daniel 2:25 lo llama uno «de los trasportados de Judá». Cualquier genealogía que se le atribuya viene de otra parte.
Nombrado en Matthew 24:15 y Mark 13:14
El nombre de Daniel reaparece en dos lugares, y solo en dos: Matthew 24:15 y Mark 13:14. Allí el profeta del destierro queda citado dentro de una enseñanza posterior. El texto de esos dos versículos no se reproduce aquí, y por eso no se glosa: quedan señalados para que el lector los abra y los lea enteros.

