1 Corintios 5:5
El texto
Pablo dicta una sentencia desde la distancia, y la dicta con una crudeza que todavía incomoda: "El tal sea entregado á Satanás para muerte de la carne, porque el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús." Se trata de un hombre de la congregación de Corinto que convive con la mujer de su padre, es decir, con su madrastra. Pablo, ausente en cuerpo pero presente en espíritu, ya ha juzgado el caso; ahora ordena a la iglesia que se reúna en el nombre de Jesús y expulse a ese hombre del círculo protegido de la comunidad, entregándolo al terreno donde Satanás manda. La meta declarada no es la destrucción, sino la salvación final de ese mismo hombre.
El núcleo
Imagine el aire de aquella sala: una casa acomodada, treinta o cuarenta personas apretadas en el atrio, olor a lámparas de aceite y a la cena compartida, y en primera fila, probablemente, el propio hombre acusado, quizá el patrón que prestaba la casa. Por eso la congregación estaba "hinchada" en vez de dolida: proteger al benefactor era lo socialmente sensato. Pablo rompe ese cálculo. Lo que está en juego no es la reputación del grupo sino la realidad de que la iglesia es territorio ocupado por el Espíritu, y salir de ella es quedar a la intemperie. Entregar a alguien a Satanás no es condenarlo; es dejar de amortiguarle las consecuencias, para que la carne muera y el hombre despierte antes del día del Señor.
El hilo conductor
Pablo no improvisa esta sentencia. La fórmula con que cierra el capítulo, "quitad pues á ese malo de entre vosotros", es casi cita literal de las leyes de Deuteronomio, donde Israel debía purgar el mal del campamento porque Dios habitaba en medio de su pueblo. Corinto no es un campamento en el desierto, sino un puerto griego lleno de templos y burdeles, pero la lógica es la misma: donde Dios pone su nombre, no todo cabe. Y Pablo enseguida añade la clave cristiana: "nuestra pascua, que es Cristo, fué sacrificada por nosotros." La expulsión no es el sacrificio; el sacrificio ya ocurrió. Lo que la iglesia hace es barrer la levadura vieja de una casa que ya fue comprada con sangre. La disciplina, entonces, no gana el perdón: lo presupone y lo protege.
El espejo
Piense en los benefactores de su propia vida: el jefe que le renovó el contrato, el familiar que puso el dinero cuando usted no lo tenía, el líder cuyo nombre abre puertas en su comunidad. Ahora pregunte qué está dispuesto a callar por ellos. Los corintios no eran monstruos; eran gente prudente que sabía cuánto cuesta perder a un patrón. Esa misma prudencia nos hace sonreír en la mesa mientras alguien miente, o redactar un informe que sabemos maquillado, o proteger a un hermano cuyo matrimonio se hunde por una relación que nadie se atreve a nombrar. Pablo llama a eso estar "hinchados": una hinchazón que parece salud y es inflamación. Hoy, antes de dormir: escriba en un papel el nombre de la persona a quien ha dejado de decirle la verdad por temor a perder algo, y diga en voz alta, delante de Dios, qué es exactamente lo que teme perder.
La pregunta
¿Cómo puede entregarse a alguien a Satanás con la esperanza de salvarlo? La frase suena a contradicción, y el texto no la resuelve del todo. "Muerte de la carne" ha sido leída como enfermedad física, como muerte literal, como el desmoronamiento de esa vida vieja que el hombre creía poder mantener dentro de la iglesia. Pablo no especifica, y quizá no lo sabía él mismo. Lo único que declara con seguridad es la dirección del acto: "porque el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús." Queda en pie lo incómodo: Dios puede usar la intemperie, incluso la mano del enemigo, como bisturí. Nadie debería predicar eso con ligereza ni convertirlo en amenaza pastoral. Pero tampoco podemos tacharlo del texto porque nos raspe.
El protagonista
Pablo escribe desde Éfeso, a semanas de viaje, sin autoridad legal alguna sobre esa casa corintia, y sin embargo dice: "ya como presente he juzgado". Podría parecer arrogancia de fundador. Es otra cosa. Note cómo enmarca el acto: "En el nombre del Señor nuestro Jesucristo, juntados vosotros y mi espíritu, con la facultad de nuestro Señor Jesucristo." Pablo no actúa como dueño sino como portavoz; la autoridad no es suya y por eso no puede ejercerla solo, necesita a la asamblea reunida. Y su emoción no es indignación satisfecha sino duelo, el "duelo" que reprocha a los corintios por no haber tenido. Este hombre expulsa llorando. Más tarde, cuando el castigo ha cumplido su obra, será él quien insista en recibir de nuevo al arrepentido.
El intertexto
Dos ecos ayudan. El primero está en la segunda carta a Corinto, donde Pablo pide que perdonen y consuelen al que fue disciplinado, para que no sea consumido por la tristeza; eso confirma que la expulsión era una puerta giratoria, no un muro. El segundo está en la primera carta a Timoteo, donde Pablo vuelve a usar la misma expresión sobre dos hombres entregados a Satanás para que aprendan a no blasfemar: la medida era conocida y su propósito era pedagógico, no punitivo. Juntos dibujan una iglesia que sabía cerrar la puerta sin tirar la llave. Nuestro problema suele ser el opuesto: dejamos la puerta abierta y perdemos la llave, y entonces ni disciplinamos ni restauramos, solo toleramos.
Reflexión
¿Qué pecado concreto se ha vuelto tolerable en mi comunidad porque nombrarlo costaría dinero, prestigio o incomodidad social?
Si alguien fuera disciplinado en mi iglesia hoy, ¿habría allí alguien preparado para recibirlo de vuelta, o solo para señalar la salida?
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Preguntas frecuentes sobre 1 Corinthians 5:5
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa 1 Corintios 5:5?
¿De qué trata 1 Corintios 5:5?
¿Cuál es el contexto histórico de 1 Corintios 5:5?
¿Qué nos enseña 1 Corintios 5:5 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué 1 Corintios 5:5 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre 1 Corinthians 5
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Padre, perdona las veces que me he sentido orgulloso mientras algo se pudría en silencio a mi alrededor. Enséñame a doler por el pecado en lugar de disimularlo, y dame el valor de mirar de frente lo que prefiero ignorar. Ablanda mi corazón.
Pablo pregunta: "Porque ¿qué me va á mí en juzgar á los que están fuera?" Su corazón está puesto en la iglesia, no en señalar al mundo. Y qué fácil se nos olvida esto. Gastamos energía criticando a quien no conoce a Cristo, mientras toleramos cosas en casa que nos están debilitando. ¿A quién estás mirando hoy?
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