Mateo 23:37
El Texto
Jesús pronuncia dos veces el nombre de la ciudad, como quien llama a alguien que ya se está yendo: «¡Jerusalem, Jerusalem, que matas á los profetas, y apedreas á los que son enviados á ti!» Es una acusación, sí, pero dicha en el tono de un lamento. Y enseguida viene la imagen que desarma: cuántas veces quiso reunir a sus hijos «como la gallina junta sus pollos debajo de las alas». No dice que no pudo. Dice que ella no quiso. Ahí se detiene la frase, sin resolverse, sin explicación, sin salida elegante. Después de siete «ayes» encendidos contra escribas y fariseos, la voz que había tronado se quiebra y se vuelve maternal. Vale la pena quedarse un rato en ese cambio de tono antes de buscar qué hacer con él.
El Núcleo
Lo que este versículo dice de Dios es casi insoportable de tan tierno: el juicio y el llanto salen de la misma boca. No hay dos dioses aquí, uno severo y otro compasivo; hay uno solo, cuya ira nace precisamente de un amor rechazado tantas veces. Y hay algo más difícil todavía. Jesús habla como si él mismo hubiera estado enviando profetas durante siglos, como si él fuera aquel que extendió las alas sobre Israel una y otra vez. Ese «quise» abarca más de una vida humana. Pero junto a ese querer divino aparece otro querer, el de la ciudad, y no cede. Dios no fuerza el nido. Lo ofrece. Y deja abierta la pregunta que el texto no responde: ¿por qué el amor que puede todo elige no arrastrar a nadie?
El Hilo Conductor
La imagen de las alas no nace aquí. Atraviesa toda la Escritura: Dios que cubre, que esconde, que hace sombra sobre los suyos. «Debajo de sus alas estarás seguro» dice el Salmo 91, y ese refugio era el lenguaje habitual del templo, donde las alas de los querubines se extendían sobre el arca. Jesús toma esa imagen del santuario y la aplica a sí mismo, de pie frente al templo, días antes de que sus brazos queden extendidos de otra manera, clavados, incapaces de recoger a nadie y recogiendo a todos. La gallina que protege a sus polluelos del halcón no huye; se queda encima y recibe el golpe. Ahí está el hilo: la única forma en que Dios reúne sin forzar es poniéndose debajo del peligro en lugar de sus hijos.
El Espejo
«No quisiste.» Cuesta leer eso sin oír el propio nombre repetido dos veces. Porque casi nunca decimos no a Dios con palabras; lo decimos con la agenda, con el silencio que sostenemos en casa para no tener que perdonar, con la decisión económica que ya tomamos antes de orar sobre ella. La resistencia rara vez es dramática; suele parecerse a estar ocupado. Y hay algo más incómodo: Jerusalén era la ciudad religiosa, la que sabía los textos de memoria, la que construía sepulcros a los profetas muertos mientras apedreaba a los vivos. El peligro no está fuera de la iglesia. Está en el corazón que ya conoce el evangelio lo suficiente para no dejarse tocar por él. ¿Dónde has aprendido a admirar a Dios sin ceder ante él?
Contexto
Estamos en los últimos días antes de la Pascua. Jesús ha entrado en Jerusalén aclamado, ha volcado las mesas del templo y ahora está enseñando en sus patios, rodeado de multitudes y de autoridades que ya han decidido su muerte. Es su último discurso público, y termina con este lamento; después saldrá del templo y no volverá a enseñar allí. Jerusalén no es solo una ciudad: es el centro del poder religioso, el lugar donde se juzgaba qué era ortodoxo y quién quedaba fuera. Apedrear a un profeta era, en ese sistema, un acto de fidelidad, no de rebeldía. Los que mataban a los enviados creían estar protegiendo la casa de Dios. Ese es el fondo oscuro de la escena: la piedad convertida en arma.
El Perfil
Mateo escribe para creyentes judíos que ya habían sido expulsados de las sinagogas, o que temían serlo, y que muy probablemente leyeron esto después del año 70, cuando el templo era humo y escombro. Para ellos «vuestra casa os es dejada desierta» no era profecía abstracta, era memoria reciente y dolorosa. Lo que nosotros leemos como advertencia, ellos lo leían como duelo. Y oían algo que se nos escapa fácilmente: Jesús no habla como forastero que critica a un pueblo ajeno, sino como hijo de esa ciudad, llorando por su propia madre. No hay triunfalismo posible aquí. Quien use este versículo para señalar a los judíos ha oído exactamente lo contrario de lo que dice el texto.
El Protagonista
El protagonista es Jesús, y lo asombroso es lo que hace con su autoridad. Acaba de pronunciar juicios devastadores; podría haber cerrado con la puerta golpeada. En cambio se detiene, repite el nombre de la ciudad y llora. No retira una sola palabra de los ayes, pero los envuelve en dolor. Aquí vemos un Dios que no es indiferente al rechazo, que no lo procesa con calma soberana, que dice «quise» y deja que se oiga la herida. Y elige, sabiendo lo que le espera dentro de tres días, seguir siendo el que cubre en lugar del que aplasta. Su poder no consiste en poder obligar. Consiste en poder amar hasta el final a quien no quiere.
Reflexión
¿Hay algún lugar concreto en tu vida donde llevas años diciendo «no quiero» a algo que Dios ha ofrecido muchas veces, sin haberlo dicho nunca en voz alta?
Si Dios no arrastra a nadie bajo sus alas, ¿qué significa entonces refugiarse en él de manera voluntaria esta semana, y no solo en teoría?
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Preguntas frecuentes sobre Matthew 23:37
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Mateo 23:37?
¿De qué trata Mateo 23:37?
¿Cuál es el contexto histórico de Mateo 23:37?
¿Qué nos enseña Mateo 23:37 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Mateo 23:37 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Matthew 23
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Decoraban sepulcros de profetas muertos mientras planeaban matar al que tenían delante. Es fácil honrar la voz de Dios cuando ya no incomoda. Y fíjate dónde ocurrió el crimen: "entre el templo y el altar". En el lugar más santo. ¿A quién estás callando hoy mientras cantas alabanzas?
Gracias porque uno solo es mi Padre, el que está en los cielos, y ninguno en la tierra ocupa ese lugar. Gracias porque no dependo de títulos humanos para ser amado, sino de tu mirada de Padre que nunca se aparta de mí.
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