Mateo 5:44
El texto
En la ladera del monte, después de haber citado lo que todos habían oído mil veces ("Amarás á tu prójimo, y aborrecerás á tu enemigo"), Jesús rompe la frase por la mitad con dos palabras: "Mas yo os digo". Y entonces cae el mandato, en cuatro golpes seguidos: amad a los enemigos, bendecid a los que maldicen, haced bien a los que odian, orad por los que ultrajan y persiguen. Cuatro verbos, cuatro clases de adversarios, ninguna cláusula de escape. No dice: cuando se arrepientan. No dice: si es seguro hacerlo. Dice: mientras te maldicen, bendice.
Imagínate el silencio incómodo de esa pendiente. Alguien mira de reojo hacia el camino donde patrullan los soldados.
El corazón
Lo que hace tolerable este mandato es el versículo siguiente: "Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos: que hace que su sol salga sobre malos y buenos". El fundamento no es una técnica de convivencia, es un parecido de familia. Dios no espera que sus enemigos mejoren para enviarles luz y lluvia; los sostiene mientras lo desprecian. Amar al enemigo no es, por tanto, una hazaña heroica del cristiano fuerte, sino el rasgo heredado de quien ha entendido que él mismo fue amado siendo enemigo. Y nota el orden: primero somos hechos hijos, después se nos pide que actuemos como tales. La ética del Sermón del Monte no produce la filiación; la exhibe.
El hilo conductor
Este versículo no es un ideal flotante: se cumplió en un cuerpo concreto. Cuando Jesús habla desde el monte, todavía nadie sabe que él mismo será colgado en otro monte, y que allí orará por los que lo ultrajan mientras le clavan las manos. Aquello que aquí suena imposible se convirtió en biografía. Y detrás está la lógica entera de la redención: Dios no espera que dejemos de ser sus adversarios para acercarse, sino que se acerca precisamente mientras lo somos. Amar al enemigo es, entonces, la manera más exacta de imitar el evangelio, no solo de obedecerlo. Quien bendice a su maldiciente está representando, en pequeño, lo que Dios hizo con él en grande.
El espejo
Aquí es donde el texto raspa. Piensa en el compañero de trabajo que se llevó el crédito de tu proyecto y sigue saludándote con una sonrisa. En el familiar que dijo aquella frase en la comida de Navidad y jamás la retiró. En el ex cónyuge que usa a los hijos como argumento. Jesús no te pide sentir cariño; te pide actos concretos: bendecir con la boca, hacer bien con las manos, orar con la rodilla en el suelo. Y es justo ahí donde descubrimos nuestra verdadera religión, porque orar por alguien y seguir odiándolo resulta imposible a la larga: uno de los dos cede. Por eso este mandato es tan temido. No cambia primero al enemigo; nos cambia a nosotros.
Ecos en la Escritura
La frase que Jesús cita, "aborrecerás á tu enemigo", no aparece en la ley de Moisés. Levítico manda amar al prójimo, y en ninguna parte ordena odiar al adversario; era una conclusión popular, el añadido cómodo que la gente hace cuando el mandamiento se vuelve caro. Jesús no corrige la Escritura, corrige la glosa. Y hay un eco todavía más antiguo: Proverbios manda dar pan al enemigo hambriento, prueba de que este impulso ya latía en el Antiguo Testamento. Lo que hace Jesús es sacarlo del margen y ponerlo en el centro, no como excepción noble sino como norma del reino. Recordemos también el versículo 20: una justicia mayor que la de los escribas. Aquí se ve en qué consiste.
El detalle
Fíjate en el último verbo: "orad por los que os ultrajan y os persiguen". Es el más discreto de los cuatro y el más subversivo. Bendecir puede hacerse a distancia y con los dientes apretados; hacer bien puede ser un gesto calculado. Pero orar exige nombrar a esa persona delante de Dios, y en el momento en que la nombras dejas de tratarla como categoría ("mi enemigo") y empiezas a tratarla como criatura, alguien por quien Dios también hace salir el sol. La oración desarma el resentimiento por dentro, porque no se puede pedir bien para alguien y seguir ensayando su ruina en la imaginación. Jesús pone la oración al final como quien cierra la puerta con llave: no queda escapatoria interior.
Los primeros oyentes
Para los que estaban sentados en esa ladera, "enemigo" no era una abstracción. Era el recaudador que se quedaba con la cosecha, el vecino samaritano, el legionario que podía obligarte a cargar su equipaje una milla (versículo 41), el poder que había crucificado a miles de judíos en vida de sus padres. Muchos esperaban un Mesías que ajustara cuentas con esa gente. Y entonces el Mesías se sienta y les pide bendecirla. Debió sonar, a algunos, como traición nacional. Es importante que sintamos ese escándalo, porque cuando este versículo se vuelve cómodo señal es que ya no pensamos en enemigos reales, sino en molestias leves. Jesús hablaba de los otros, de los que duelen.
Para reflexionar
¿Puedes nombrar hoy, en voz alta y delante de Dios, a la persona por la que menos quieres orar? ¿Qué te dice tu resistencia sobre lo que aún no has recibido del evangelio?
Si alguien observara solo tus palabras acerca de tus adversarios durante la última semana, ¿reconocería en ti el parecido con el Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos?
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Preguntas frecuentes sobre Matthew 5:44
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Lo que la comunidad comparte sobre Matthew 5
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
What strikes me most about the Sermon on the Mount is not the content but the listeners. No rabbis, no scribes, just fishermen and beggars and the sick. Jesus gave his deepest teaching to people nobody took seriously. That comforts me whenever I feel too small for the Kingdom again.
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