Romanos 10:7
El Texto
Imagina a alguien de pie al borde de una grieta en la tierra, mirando hacia abajo, hacia donde ya no llega la luz. Allí abajo están los muertos. Y la pregunta le sube desde el pecho: ¿quién bajará a buscarlo? Pablo la escucha, y la corta antes de que termine de formularse. «O, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para volver á traer á Cristo de los muertos.)» No lo dice como reproche, sino como quien detiene la mano de un hombre que está a punto de emprender un viaje inútil. Es la segunda mitad de un par: primero nadie tiene que subir al cielo para bajar a Cristo, y ahora nadie tiene que descender al abismo para sacarlo de entre los muertos. Ya subió. Ya bajó. Ya volvió.
El Corazón
Detrás de esas dos preguntas late una convicción religiosa muy antigua y muy humana: que la salvación está guardada en algún lugar de difícil acceso, y que el mérito consiste en llegar hasta allí. Arriba, en la altura inalcanzable. Abajo, en la profundidad temible. Siempre lejos, siempre costoso, siempre para los fuertes. Pablo desmonta esa arquitectura con una sola frase entre paréntesis: lo que buscas ya fue hecho, y no lo hiciste tú. La resurrección de Cristo no es un premio que el creyente conquista, sino un hecho consumado que le sale al encuentro. Por eso el versículo siguiente puede hablar de una palabra «cercana». La distancia no fue acortada por nuestro esfuerzo; fue abolida por el descenso y el ascenso de otro. Ahí, exactamente ahí, empieza la gracia.
El Hilo Conductor
Pablo no está inventando estas preguntas; las está tomando prestadas. Moisés, en su último discurso antes de morir, le dijo a Israel que el mandamiento no estaba en el cielo, para que alguien tuviera que subir a traerlo, ni al otro lado del mar, para que alguien tuviera que cruzar. Estaba cerca. En la boca y en el corazón. Lo asombroso es lo que Pablo hace con ese texto antiguo: donde Moisés hablaba de la ley, él pone a Cristo. No porque tuerza las palabras, sino porque ha visto adónde apuntaban. Toda la historia de Dios con su pueblo ha sido la historia de un Dios que se acerca cuando nadie puede acercarse: baja al Sinaí, habita en una tienda en medio del campamento, y finalmente desciende hasta la muerte misma y vuelve a subir. El versículo 4 ya lo había dicho sin rodeos: «el fin de la ley es Cristo». No el fin como cancelación, sino como destino.
El Espejo
Hay una escalera que casi todos estamos subiendo sin darnos cuenta. Para uno es la disciplina espiritual que nunca alcanza el nivel que se exige a sí mismo; para otro, el trabajo bien hecho que por fin justificará su existencia ante un padre que ya murió; para otro, la deuda pagada, el cuerpo recuperado, el hijo enderezado. Todos tenemos un cielo que escalar o un abismo que explorar antes de sentirnos en paz. Y el versículo 3 nombra eso con una crudeza incómoda: «procurando establecer la suya propia». No es maldad, es celo. Celo sin conocimiento, dice Pablo, que es la forma más agotadora de religión que existe. Hoy, antes de que termine el día: escribe en un papel la frase que empieza con «todavía tengo que…» y que llevas puesta como una piedra. Debajo, escribe: «Ya volvió de entre los muertos». Y léela en voz alta.
Contexto
Estamos a mediados de los años cincuenta, en una carta dirigida a una comunidad que Pablo aún no conoce en persona. Roma tenía sinagogas, y también judíos que habían regresado tras la expulsión de Claudio para encontrar iglesias domésticas ya dominadas por creyentes de origen gentil. Imagina la tensión: los que llegan tarde a su propia casa. En los capítulos 9 al 11 Pablo escribe con el corazón en carne viva sobre su propio pueblo, y el versículo 1 lo dice sin adornos: su oración es «sobre Israel, es para salud». No escribe como polemista que gana un debate, sino como hermano que reza por hermanos. Cuando corrige la pregunta del abismo, está corrigiendo a personas que ama, dentro de una comunidad donde el orgullo gentil también acechaba.
El Intertexto
En Deuteronomio 30 el texto original hablaba de cruzar el mar, no de descender al abismo. Pablo cambia la geografía deliberadamente: donde Moisés puso la distancia horizontal, él pone la muerte. Es su modo de decir que el obstáculo real nunca fue el espacio, sino la tumba. Y cuando llega al versículo 9 lo confirma: creer «que Dios le levantó de los muertos». El eco funciona en dos direcciones. Israel escuchó una palabra cercana y aun así se alejó; y en el versículo 21, con Isaías, Dios aparece con los brazos extendidos todo el día hacia un pueblo que contradice. La cercanía no obliga a nadie. Pero tampoco se retira.
El Detalle
«Abismo». La palabra griega es ábyssos, literalmente «sin fondo», el lugar donde el sondeo del marinero no toca nada. En la imaginación antigua era la profundidad bajo las aguas, el dominio de los muertos, aquello de donde nadie regresa por su propio pie. Pablo la elige, y con ella pone el dedo en la única frontera que ningún esfuerzo humano ha cruzado nunca en sentido inverso. Nadie ha sacado a un muerto de allí. Y precisamente por eso la pregunta es tan absurda como piadosa: quien se ofrece a bajar por Cristo está confesando, sin querer, que todavía lo cree muerto. La resurrección convierte esa buena intención en un anacronismo. No hay nada que rescatar abajo. Él ya salió, y viene de camino hacia tu boca y tu corazón.
Reflexión
¿Cuál es, concretamente, el «cielo» que sigo intentando escalar o el «abismo» que sigo intentando sondear, como si Cristo aún estuviera allí y no aquí?
Pablo reza por personas con mucho celo y poco conocimiento. ¿Sé rezar así por alguien cercano, sin desprecio y sin resignación, como quien reza por un hermano?
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Preguntas frecuentes sobre Romans 10:7
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
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¿Qué nos enseña Romanos 10:7 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Romanos 10:7 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Romans 10
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Gracias, Señor, porque me llamaste siendo yo de esa "gente que no es mía", de la que habló Moisés. No pertenecía a tu pueblo, no conocía tu ley, y aun así me buscaste. Gracias por hacer de mí, un extraño, alguien tuyo.
Fui hallado de los que no me buscaban; manifestéme á los que no preguntaban por mí." Dios se dejó encontrar por gente que ni siquiera lo andaba buscando. Recuerda el día en que te alcanzó a ti: tal vez no orabas, tal vez estabas distraído. Él dio el primer paso. Y si lo hizo contigo, ¿por qué dudas que pueda hacerlo con esa persona que hoy te parece tan lejos?
Padre, gracias porque tu puerta está abierta para todo el que se acerca con fe. Hoy invoco tu nombre, confiando en que escuchas y salvas. Sostén mi corazón cuando dude y recuérdame que en ti siempre hay refugio.
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