2 Crónicas 20:6
El Texto
Un rey de pie en el atrio nuevo del templo, con toda la nación mirándole la espalda: mujeres, niños, ancianos de los pueblos de Judá que han caminado kilómetros para estar allí. Josafat abre la boca y lo que sale no es un plan de batalla ni una súplica desesperada, sino dos preguntas: «Jehová Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y te enseñoreas en todos los reinos de las Gentes? ¿no está en tu mano tal fuerza y potencia, que no hay quien te resista?». Antes de decir una sola palabra sobre el ejército que avanza desde Engadi, el rey recita en voz alta quién es aquel a quien está hablando. La oración empieza por arriba, no por el problema.
El Núcleo
Fíjese en la forma: son preguntas, no afirmaciones. Josafat no informa a Dios de nada; se informa a sí mismo y al pueblo que lo escucha. La pregunta retórica es el modo más honesto de orar cuando uno ya no está seguro de nada, porque obliga a la boca a decir lo que el corazón todavía no siente. Tres versículos antes leemos que «él tuvo temor». El miedo no desaparece en el versículo 6; queda debajo, sostenido por una confesión más grande que él. Y note el alcance de esa confesión: Dios no gobierna solo sobre Judá, sino «en todos los reinos de las Gentes». También sobre Moab y Amón. El enemigo que avanza no está fuera de la jurisdicción de aquel a quien Josafat le habla.
El Hilo Conductor
Lo que Josafat hace aquí es lo que hace todo el Antiguo Testamento cuando funciona bien: apoyarse en una promesa anterior. Su oración no es espontánea, es jurídica. Cita el templo y lo que allí se dijo, que si viniera mal sobre el pueblo se presentarían delante de esa casa y Dios oiría y salvaría. Se apoya en la simiente de Abraham y en la tierra dada. Y termina donde el evangelio empieza: no hay fuerza en nosotros, pero hay fuerza en tu mano. Cuando Jesús enseña a orar, ordena las palabras igual: primero el Padre que está en los cielos y el reino que es suyo, después el pan de cada día. El orden no es protocolo religioso; es lo que sostiene al que ora cuando el pan no llega.
El Espejo
Usted también sabe orar empezando por el problema. La biopsia, el correo del jefe, el hijo que lleva meses sin contestar, la cuota que no alcanza. Y ha notado lo que ocurre: cuanto más habla del problema, más grande se vuelve el problema, hasta que ocupa todo el cielo y Dios queda en un rincón, pequeño y útil, como un recurso de emergencia. Josafat hace lo contrario, y no porque tuviera más fe que usted; tenía miedo, el texto lo dice sin maquillaje. Lo que tenía era orden. Puso a Dios primero en la frase para poder decir después, sin derrumbarse, «no sabemos lo que hemos de hacer». Hoy, antes de nombrar delante de Dios lo que le pesa, diga en voz alta, usted solo, las dos preguntas del versículo 6, tal como están escritas. Luego nombre su asunto.
El Intertexto
Un siglo más tarde, otro rey de Judá recibirá una carta amenazante de Asiria y hará exactamente lo mismo: subirá al templo, la extenderá delante del Señor y empezará su oración recordando que Dios es Dios de todos los reinos de la tierra. Ezequías no está improvisando; está repitiendo el gesto de la casa de David que aquí vemos nacer. Ambos reyes entienden que un enemigo se mide comparándolo con Dios, no con el propio ejército. Y note el contraste amargo dentro del mismo capítulo: el Josafat que aquí confiesa que nadie resiste la mano de Dios es el que después construye barcos en compañía de un rey impío y ve cómo se rompen. La confesión verdadera del versículo 6 no lo vacunó contra la necedad posterior.
El Protagonista
Josafat es un hombre valiente de una manera poco heroica. Un rey oriental no admite miedo en público; su legitimidad depende de parecer invencible. Él convoca a la nación entera, incluidos los niños, y ante todos dice que no tienen fuerza y que no saben qué hacer. Es la confesión de incompetencia más honesta de labios de un monarca en toda la Biblia. Y funciona, porque va acompañada de la otra mitad: «á ti volvemos nuestros ojos». Su retrato completo, sin embargo, no es de mármol. Anduvo en el camino recto, pero no quitó los altos; oró como un profeta y luego se asoció con quien no debía. Es decir: se parece a nosotros. Dios responde a su oración no porque el hombre sea íntegro, sino porque la oración es verdadera.
Contexto
Estamos en el siglo IX antes de Cristo, en un reino pequeño y rodeado. La coalición que sube contra Judá viene por el sur del Mar Muerto, por la ruta de Engadi, un oasis en un desierto de acantilados; el enemigo está a tres días de marcha de Jerusalén y no hay tiempo para alianzas. Peor todavía: Moab, Amón y los del monte de Seir son parientes lejanos a quienes Israel, por mandato expreso, no destruyó en el camino desde Egipto. La ingratitud duele más que la espada. El atrio nuevo donde Josafat se pone de pie no es un detalle decorativo: es el lugar donde Salomón había pedido que Dios oyera al pueblo en la desgracia. El rey se coloca deliberadamente dentro de una promesa antigua y pide que se cumpla.
Reflexión
¿Cuál es la primera frase que suele salir de su boca cuando ora bajo presión, y qué revela ese orden sobre el tamaño que Dios tiene hoy en su imaginación?
Josafat dijo delante de todo el pueblo que no sabía qué hacer. ¿A quién le debe usted esa misma frase, y qué le impide decirla?
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Preguntas frecuentes sobre 2 Chronicles 20:6
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa 2 Crónicas 20:6?
¿De qué trata 2 Crónicas 20:6?
¿Cuál es el contexto histórico de 2 Crónicas 20:6?
¿Qué nos enseña 2 Crónicas 20:6 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué 2 Crónicas 20:6 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre 2 Chronicles 20
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Padre, como aquel rey que se puso de pie delante de todos para buscarte, hoy me levanto con el miedo todavía en el pecho. No tengo respuestas, pero sé dónde encontrarte. Aquí estoy, con mi gente, esperando en ti.
Después del canto que derrotó ejércitos, el relato baja la voz y anota algo sencillo: "el nombre de su madre fue Azuba, hija de Silhi". Veinticinco años de reinado caben en un renglón, y aun así Dios guarda el nombre de una mujer que nadie recuerda. Lo pequeño tuyo también está escrito.
Gracias porque no escondes nuestras caídas: aun después de la victoria, Josafat "trabó amistad con Ochozías rey de Israel, el cual era dado á la impiedad", y Tú lo dejaste escrito para cuidarnos. Gracias por advertirnos con amor de las alianzas que nos apartan de Ti.
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