Explicación bíblica

Juan 20:23

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El texto

Después de soplar sobre ellos y decirles "Tomad el Espíritu Santo", Jesús añade una frase que suena a entrega de llaves: "A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: á quienes los retuviereis, serán retenidos." No es un consejo sobre cómo llevarse bien; es la asignación de una autoridad. El grupo asustado que había cerrado las puertas "por miedo de los Judíos" recibe, en el mismo aliento, paz, misión y la facultad de anunciar perdón o de retenerlo. Tres frases antes eran fugitivos; ahora son enviados con un encargo que toca lo más íntimo que existe entre Dios y una persona: qué se hace con su culpa.

El núcleo

Lo que asusta de este versículo es que Dios decide comprometer su perdón con manos humanas. No porque los discípulos posean el perdón como propiedad, sino porque el Resucitado quiere que su absolución se escuche con voz de carne. Por eso el soplo importa: es el mismo gesto de Génesis 2:7, cuando Dios sopla en el barro y el hombre vive. Aquí se sopla sobre un grupo muerto de miedo y nace una comunidad que puede pronunciar vida. El perdón deja de ser una idea flotante y se vuelve palabra dicha, escuchada, fechada. Y su reverso es igual de real: retener significa que el evangelio, anunciado y rechazado, deja a la persona donde estaba. La misión no es neutral; abre o cierra.

El hilo conductor

Desde el principio la Escritura insiste en que el perdón es prerrogativa divina. El día de la expiación en Levítico, el chivo que se lleva las culpas al desierto, los profetas que anuncian que Dios borrará las transgresiones por amor de sí mismo: todo apunta a que solo el ofendido puede absolver, y el ofendido último es Dios. Por eso los escribas se escandalizan cuando Jesús le dice al paralítico que sus pecados quedan perdonados. Aquí, en el aposento cerrado, ese hilo llega a un nudo sorprendente. El Hijo, que tuvo autoridad para perdonar en la tierra, no se la lleva consigo al cielo: la deposita en una comunidad. La cruz no termina en un archivo cerrado sino en un anuncio abierto, y ese anuncio necesita bocas. Cristo sigue perdonando, ahora a través de los suyos.

El espejo

Hay culpas que uno lleva años masticando en la oscuridad y que solo se disuelven cuando otro ser humano las escucha y dice en voz alta que Dios no las tiene ya contra ti. El texto desnuda dos orgullos opuestos. El primero: preferir arreglarlo a solas con Dios, sin testigos, porque confesar delante de alguien humilla. El segundo, más sutil: disfrutar del poder de retener. Todos conocemos la satisfacción amarga de mantener a alguien en la categoría de deudor, del hermano que no ha pedido perdón, del padre que nunca reconoció el daño, del compañero de trabajo que te pasó por encima. Jesús pone esa palanca en tus manos y con eso te expone. Hoy, antes de acostarte, escribe en un papel el nombre de la persona a la que llevas más tiempo reteniendo, y di en voz alta, mirando ese nombre: "Dios te ha perdonado en Cristo, y yo también."

Contexto

Es domingo por la tarde, el mismo día en que María encontró la piedra quitada. Los discípulos están encerrados, y Juan es brutalmente concreto sobre el motivo: "estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban juntos por miedo de los Judíos". Son hombres marcados. Su maestro fue ejecutado como sedicioso; ellos huyeron; Pedro juró tres veces no conocerlo. En términos sociales están arruinados: sin rabí, sin credibilidad, sin protección legal. Y en términos espirituales, cargan una traición fresca. A ese grupo, no a un consejo de sabios, Jesús le entrega la autoridad sobre el perdón. El orden importa: primero muestra las manos y el costado, después dice "Paz á vosotros" por segunda vez, después envía. La autoridad para perdonar la reciben hombres que acaban de ser perdonados sin haberlo pedido.

El detalle

"Sopló". El verbo griego que Juan escoge, enephysēsen, es raro; aparece en la traducción griega del Antiguo Testamento precisamente en dos escenas: cuando Dios sopla aliento de vida en el primer hombre, y cuando Ezequiel profetiza sobre el valle de huesos secos y el aliento entra en los muertos y se ponen en pie como un ejército inmenso. Juan no está adornando. Está diciendo que lo que ocurre en ese cuarto cerrado es una creación y una resurrección. Y nota lo que sigue inmediatamente: el aliento recibido se convierte en palabra pronunciada sobre otros. El Espíritu no se recibe para ser guardado como experiencia íntima; se recibe para ser exhalado hacia fuera, en forma de perdón. Aliento que entra, palabra que sale.

El personaje principal

Jesús resucitado se comporta de una manera que desarma. Podría haber empezado con un reproche; tenía material de sobra. Empieza con "Paz á vosotros". Podría haber ocultado las heridas, ahora que ha vencido; en lugar de eso "mostróles las manos y el costado", como si el cuerpo glorificado conservara deliberadamente el recibo del precio pagado. Y entonces hace lo que ningún fundador razonable haría: confía su obra más delicada a los que acaban de fallarle. Ahí se ve quién es Dios. No administra su gracia con desconfianza, calculando el riesgo. La suelta. El mismo que dijo desde la cruz palabras de perdón para sus verdugos ahora convierte a sus desertores en agentes de esa misma absolución. La autoridad de perdonar nace del que fue traspasado.

El intertexto

Tres ecos vale la pena escuchar juntos. Primero, Mateo 16 y 18: las llaves del reino, atar y desatar, dadas a Pedro y luego a la comunidad reunida. Juan usa otro vocabulario pero apunta a lo mismo, con una diferencia notable: en Mateo la fórmula aparece ligada a la disciplina de la iglesia, aquí al envío misionero. Segundo, Lucas 24, donde el Resucitado explica que en su nombre se predicará arrepentimiento y perdón de pecados a todas las naciones; ahí queda claro que "remitir" se ejerce sobre todo predicando el evangelio, no despachando casos individuales. Tercero, la tensión: los escribas de Marcos 2 preguntan quién puede perdonar pecados sino solo Dios, y tenían razón. Juan 20:23 no anula esa verdad; la complica al mostrar que Dios eligió hablar su absolución con voz humana.

El perfil

Los primeros lectores de Juan eran comunidades pequeñas, mayormente expulsadas de la sinagoga, que se preguntaban con qué derecho podían decir que sus pecados estaban perdonados sin templo, sin sacerdocio, sin sacrificios. Habían perdido el sistema entero que en Israel gestionaba la culpa. Para ellos, este versículo era una escritura de propiedad. Significaba que el perdón ya no dependía de un altar en Jerusalén, sino de un aliento entregado a un grupo de discípulos y transmitido a ellos. También oían algo que nosotros a veces suavizamos: que su testimonio tenía consecuencias eternas para quienes lo escuchaban. Predicar no era ofrecer una opción religiosa más en el mercado espiritual del imperio. Era abrir una puerta que también podía quedarse cerrada.

La pregunta

¿Puede un ser humano realmente retener el pecado de otro? La respuesta cómoda es que la iglesia solo declara lo que Dios ya ha decidido, y eso es cierto en parte: la gramática griega sugiere que lo remitido "les son remitidos" ya en el cielo. Pero esa respuesta se queda corta ante la crudeza de la frase. Jesús no dice "anunciaréis"; dice "remitiereis" y "retuviereis". Hay aquí un riesgo real que Dios asume, y una responsabilidad temible: una comunidad que no anuncia el perdón deja gente atada, y una comunidad que perdona lo que Dios no perdona engaña. No hay manera de eliminar esa tensión sin recortar el texto. Lo que sí puedo decir es hacia dónde se inclina: el enviado viene mostrando heridas y diciendo paz. Quien recibe ese aliento perdona por reflejo; retener es lo que ocurre cuando alguien cierra la puerta desde dentro.

Reflexión

¿A quién has retenido tanto tiempo que ya no recuerdas cómo sería mirarlo sin la deuda de por medio?

Si el perdón de Dios necesita voz humana, ¿quién necesita oírlo de la tuya esta semana, y qué te frena?

¿Qué significa para ti que Jesús resucitado conserve las cicatrices en lugar de borrarlas?

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Preguntas frecuentes sobre John 20:23

Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.

¿Qué significa Juan 20:23?
Después de soplar sobre ellos y decirles "Tomad el Espíritu Santo", Jesús añade una frase que suena a entrega de llaves: "A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: á quienes los retuviereis, serán retenidos." No es un consejo sobre cómo llevarse bien; es la asignación de una autoridad.
¿De qué trata Juan 20:23?
Desde el principio la Escritura insiste en que el perdón es prerrogativa divina. El día de la expiación en Levítico, el chivo que se lleva las culpas al desierto, los profetas que anuncian que Dios borrará las transgresiones por amor de sí mismo: todo apunta a que solo el ofendido puede absolver, y el ofendido último es Dios.
¿Cuál es el contexto histórico de Juan 20:23?
Es domingo por la tarde, el mismo día en que María encontró la piedra quitada. Los discípulos están encerrados, y Juan es brutalmente concreto sobre el motivo: "estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban juntos por miedo de los Judíos". Son hombres marcados.
¿Qué nos enseña Juan 20:23 sobre el carácter de Dios?
Jesús resucitado se comporta de una manera que desarma. Podría haber empezado con un reproche; tenía material de sobra. Empieza con "Paz á vosotros". Podría haber ocultado las heridas, ahora que ha vencido; en lugar de eso "mostróles las manos y el costado", como si el cuerpo glorificado conservara deliberadamente el recibo del precio pagado.
¿Por qué Juan 20:23 sigue siendo relevante hoy?
Los primeros lectores de Juan eran comunidades pequeñas, mayormente expulsadas de la sinagoga, que se preguntaban con qué derecho podían decir que sus pecados estaban perdonados sin templo, sin sacerdocio, sin sacrificios. Habían perdido el sistema entero que en Israel gestionaba la culpa.
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Lo que la comunidad comparte sobre John 20

Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.

Oración Editorial en versículo 16

Señor, a veces te busco entre lágrimas sin reconocerte, aunque estés cerca. Dime mi nombre otra vez. Que tu voz rompa la niebla de mi dolor y me devuelva la certeza de que estás vivo y me conoces por completo.

Gratitud Editorial en versículo 6

Gracias, Señor, porque Pedro entró en el sepulcro y vio los lienzos puestos allí, señal viva de que ya no estabas entre los muertos. Gracias porque esas evidencias silenciosas siguen hablando hoy a mi corazón y confirman que Tú vives.

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