Marcos 6:5
El texto
Jesús está en Nazaret, el pueblo donde aprendió a medir madera y a cargar agua, y allí la obra se detiene en seco. Marcos lo dice con una franqueza que incomoda: "Y no pudo hacer allí alguna maravilla". No dice que no quiso, dice que no pudo. Lo único que queda es un gesto pequeño, casi doméstico: puso las manos sobre unos pocos enfermos y los sanó. Imagínese la escena en una aldea de unas pocas decenas de casas de piedra y barro, con el olor a serrín todavía pegado al recuerdo de ese hombre, y a los vecinos mirándolo de reojo, con los brazos cruzados. El poder que había calmado el mar se queda, en su propia calle, reducido a un puñado de frentes tocadas.
El corazón
Lo que choca aquí no es que falte poder, sino que el poder de Dios se haya atado voluntariamente a una relación. El verbo griego es edýnato, "podía", y Marcos no lo suaviza: en Nazaret el Mesías topa con un muro que él mismo decidió no derribar a la fuerza. Dios pudo haber impuesto sus señales sobre aquella gente como quien aplasta una objeción, pero el reino no entra así. Entra por una puerta que se abre desde dentro, por manos extendidas, por enfermos que se dejan traer. La incredulidad no desarma a Dios; lo que hace es cerrar el canal por donde él había elegido llegar. Y aun así, note usted el resto: "solamente sanó unos pocos enfermos". Ni el desprecio del pueblo entero logró apagar del todo esa misericordia obstinada que busca a los pocos que sí se dejan tocar.
El hilo conductor
Nazaret no es una anomalía en la historia de Dios, es su patrón más doloroso. Desde el principio, el Señor se acerca a los suyos y los suyos se encogen de hombros: el pueblo que vio el mar abrirse pidió un becerro, los profetas fueron honrados en todas partes menos en casa. Jesús mismo lo formula como ley no escrita en el versículo anterior: "No hay profeta deshonrado sino en su tierra, y entre sus parientes, y en su casa". Lo que ocurre en esa sinagoga es, en pequeño, lo que ocurrirá en Jerusalén: vino a lo suyo y los suyos no lo recibieron. Y la respuesta de Dios es la misma en ambos lugares, no el castigo fulminante sino la obstinación de seguir tocando, de seguir sanando a unos pocos, hasta la cruz.
El espejo
Hay personas a las que usted ya no espera que Dios use, porque las conoce demasiado. Su hermano con el que creció peleando. El miembro del grupo que siempre dice lo mismo. Su propio cónyuge, cuya fe usted ha catalogado hace años. La incredulidad de Nazaret no fue ateísmo; fue familiaridad convertida en techo. Sabían el oficio de Jesús, el nombre de su madre, los nombres de sus hermanos, y ese inventario les bastó para cerrar el expediente. Nosotros hacemos lo mismo con Dios: lo hemos leído tantas veces que ya sabemos lo que va a decir. Hoy, antes de dormir, escriba un mensaje a una persona cercana a la que haya dado por conocida y dígale una cosa concreta que Dios le ha enseñado a usted por medio de ella.
El perfil
Marcos escribe para cristianos de Roma que están siendo despreciados por sus propios vecinos, acusados de superstición, señalados en el mercado, expulsados de la mesa familiar. Para ellos este versículo no era un problema teológico sino un espejo: si el Maestro fue rechazado precisamente donde más lo conocían, el rechazo de los suyos no significa que la fe sea falsa. Y hay algo más que a nosotros se nos escapa. En una aldea campesina, el honor era el único capital que existía. Llamarlo "hijo de María" en lugar de hijo de José, delante de todos, era una puñalada social. Los primeros oyentes entendieron al instante lo que estaba en juego: Jesús fue humillado públicamente y no respondió con fuego, sino con unas manos abiertas.
El protagonista
Lo más humano de Jesús en esta escena no es su limitación, es su asombro. El versículo siguiente lo dice: "estaba maravillado de la incredulidad de ellos". A lo largo del evangelio Marcos muestra a las multitudes maravilladas de él; aquí se invierte el espejo y es él quien queda perplejo ante el cierre de sus paisanos. Hay un dolor contenido en esa frase. Este hombre conocía esos rostros desde niño, había reparado sus puertas, había cargado vigas por esas calles. Y no se queda rumiando la herida: "Y rodeaba las aldeas de alrededor, enseñando". Un corazón menos sano se habría amargado o habría exigido explicaciones. Él siguió caminando, con la misma voz y las mismas manos, hacia los que sí abrirían.
El detalle
"Poniendo sobre ellos las manos." Marcos pudo escribir simplemente que sanó a unos pocos. Pero conserva el gesto, y el gesto importa, porque en Nazaret nadie quería tocarlo ni ser tocado por él. Las manos de un carpintero, callosas, reconocibles, las mismas que habían alisado madera para esos vecinos, se posan ahora sobre frentes con fiebre. Es un acto lento, uno por uno, sin espectáculo. Ahí está el reino en su forma más pequeña y más terca: donde no cabe la multitud, cabe un enfermo; donde no hay aplauso, todavía hay contacto. Y vale la pena notar que más adelante, en Genezaret, la gente le rogará tocar "siquiera el borde de su vestido". Lo que Nazaret despreció, otros lo mendigaron.
Reflexión
¿A quién de su entorno más cercano ha dejado usted de escuchar porque cree que ya sabe de dónde viene y qué va a decir?
¿Dónde en su vida está esperando una señal espectacular, mientras Dios se le acerca en algo tan pequeño como una mano puesta sobre un enfermo?
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Preguntas frecuentes sobre Mark 6:5
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Marcos 6:5?
¿De qué trata Marcos 6:5?
¿Cuál es el contexto histórico de Marcos 6:5?
¿Qué nos enseña Marcos 6:5 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Marcos 6:5 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Mark 6
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
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No hay profeta deshonrado sino en su tierra, y entre sus parientes, y en su casa." Duele leerlo: los que lo vieron crecer fueron los que menos creyeron. Si en tu casa nadie ve lo que Dios hace en ti, no estás solo. Y piensa también al revés: ¿a quién tienes tan cerca que ya dejaste de escuchar?
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