Mateo 28:9
El texto
Las mujeres corren. Vienen del sepulcro con el corazón partido entre el miedo y una alegría que todavía no saben nombrar, cargando un encargo del ángel para los discípulos. Y entonces, en pleno camino, sin aviso, alguien les sale al paso: «He aquí, Jesús les sale al encuentro, diciendo: Salve.» Es el saludo más común del mundo griego, el que se decía en el mercado al cruzarse con un conocido. Ellas no responden con palabras. Se acercan, le abrazan los pies, y le adoran. Dos gestos en una sola frase: el agarre desesperado de quien no quiere volver a perderlo, y la postración de quien reconoce que está ante algo más que un amigo recuperado.
El núcleo
Lo escandaloso de este versículo no es el milagro, sino el orden de los acontecimientos. El Resucitado no aparece primero en el templo, ni ante Caifás, ni ante Pilato, ni siquiera ante los once. Sale al encuentro de dos mujeres que corren por un camino polvoriento, mujeres cuyo testimonio no valía nada ante un tribunal judío de la época. Dios no se impone al poder; se cruza con las que van de camino a obedecer. Y nótese que es él quien sale al encuentro, no ellas quienes lo encuentran. La resurrección no es un premio a la búsqueda bien hecha; es una iniciativa que interrumpe. Y ese cuerpo que puede ser abrazado por los pies, sólido, tocable, dice que la salvación de Dios no abandona la carne: la rescata.
El hilo conductor
Mateo cierra su evangelio con el mismo gesto con que lo abrió. Al principio, unos extranjeros venidos de oriente entran en una casa de Belén, ven al niño y se postran a adorarle (Mateo 2:11). Nadie del pueblo religioso se mueve; los que adoran son los de fuera. Al final, los que adoran son dos mujeres, también en los márgenes del sistema. Entre esos dos extremos cabe toda la historia de la redención: Dios acercándose por el borde, nunca por el centro de poder. Y hay algo más. Desde Génesis el problema ha sido que la presencia de Dios mata al que se acerca demasiado. Aquí dos mujeres le agarran los pies y no mueren. El acceso que el templo administraba con cortinas y grados de pureza queda abierto en un camino de tierra.
El espejo
Hay una manera de creer en la resurrección que no cuesta nada: como idea, como dogma correcto, como la respuesta que uno da en el grupo de estudio. Y hay otra que se parece más a agarrarse a unos pies. Usted sabe la diferencia. La sabe cuando le llega el diagnóstico, cuando el hijo deja de hablarle, cuando el trabajo que sostenía su identidad se termina en una reunión de quince minutos. Ahí no sirve el concepto; ahí uno necesita algo que se pueda tocar. Este versículo no le promete que Cristo le explicará lo que pasa. Le promete que sale al encuentro mientras usted va de camino, con el encargo a medio cumplir y el miedo todavía puesto. Hoy, antes de dormir, arrodíllese en el suelo de su casa un minuto y diga en voz alta: «Jesús, estás vivo, y eres mi Señor.» En voz alta, con el cuerpo, como ellas.
El contexto
Es domingo de madrugada, en las afueras de Jerusalén, con la ciudad aún llena de peregrinos de la Pascua y de soldados romanos nerviosos por las multitudes. El aire huele a polvo, a humo de hogueras y a los aceites del sepulcro. Las dos Marías han ido a una tumba que, según el relato, estaba sellada y custodiada por la guardia: ir allí era meterse donde el poder había dejado claro que no se entra. Son mujeres, y en los tribunales de la época su testimonio era prácticamente inservible. Corren por un camino con una noticia que nadie está obligado a creerles. Y en la calle, un hombre que saluda a mujeres desconocidas rompía el código social. El Resucitado empieza su nueva vida quebrando una convención.
El detalle
«Salve.» En griego es chaírete, el saludo de todos los días, el equivalente a nuestro «buenos días». Pero la palabra, por dentro, significa literalmente «alégrense». Es un saludo tan gastado que nadie oía ya su contenido, igual que nosotros decimos «adiós» sin pensar en Dios. Y resulta que Mateo acaba de describir a estas mujeres saliendo del sepulcro «con temor y gran gozo». El primer sonido que sale de la boca del Resucitado es, por tanto, una orden escondida dentro de una cortesía: alégrense. No un discurso sobre la victoria sobre la muerte, no una explicación teológica. Buenos días. Así de ordinario y así de enorme: el mundo nuevo empieza con la palabra más común de la calle.
El intertexto
Unos versículos más abajo, los once se reúnen en el monte de Galilea y Mateo escribe: «Y como le vieron, le adoraron: mas algunos dudaban.» El mismo verbo, adorar, en ambas escenas, pero con una diferencia incómoda. Las mujeres adoran agarradas a sus pies, sin fisuras; los discípulos adoran con la duda sentada a su lado. Mateo no esconde eso, y hace bien. Nos dice que la fe pascual no es uniforme: la misma comunidad contiene a la que se postró en el camino y al que todavía no sabe qué pensar. Y a ambos, sin distinguir, se les envía. La Gran Comisión no se entrega a creyentes perfectos, sino a un grupo mixto de certeza y vacilación.
Reflexión
¿Qué parte de mi fe en la resurrección es idea bien aprendida y qué parte es haberme agarrado a algo que no suelto?
Las mujeres fueron encontradas mientras iban a obedecer un encargo. ¿Qué encargo tengo a medio cumplir, en el que quizá Cristo esté esperando salirme al encuentro?
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Preguntas frecuentes sobre Matthew 28:9
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Mateo 28:9?
¿De qué trata Mateo 28:9?
¿Cuál es el contexto histórico de Mateo 28:9?
¿Qué nos enseña Mateo 28:9 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Mateo 28:9 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Matthew 28
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Y su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve." El mismo resplandor dejó a los guardias como muertos y a las mujeres les trajo la noticia más dulce de la historia. No cambió el ángel, cambió el corazón de quien lo miraba. ¿Vas al sepulcro a vigilar o a buscar a Jesús?
Señor Jesús, tú tienes autoridad sobre todo lo que existe, también sobre aquello que hoy me quita el sueño. Ayúdame a confiar cuando no entiendo, y a caminar sabiendo que nada de lo que enfrento está fuera de tus manos.
Gracias porque aquel día los guardas "fueron vueltos como muertos" mientras mi Señor salía vivo del sepulcro. Ninguna lanza, ningún sello, ningún poder humano pudo retenerte. Gracias porque lo que tú abres, nadie lo cierra, y también mi tumba tiene fecha de resurrección.
Padre, como aquellas mujeres que caminaron al amanecer hacia una tumba, yo también voy cargando lo que duele, sin saber qué encontraré. Enséñame a seguir caminando aunque todavía no vea la respuesta, confiando en que tú me esperas allí.
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