Mateo 8:34
El Texto
Los porquerizos corren, cuentan lo que vieron, y entonces sucede lo increíble: la ciudad entera sale al camino. No unos cuantos curiosos, sino "toda la ciudad", en procesión, como quien va a recibir a un rey o a expulsar a un invasor. Y al verlo, no le gritan, no lo apedrean, no lo denuncian. Le ruegan. La misma palabra que usaron los demonios en el versículo 31, rogar, aparece ahora en boca de los vecinos de Gadara. Le suplican cortésmente que se vaya de sus términos, de su territorio, de su frontera. Dos hombres libres, una piara muerta, y una ciudad que prefiere el silencio de antes.
El Núcleo
Aquí no hay enemigos de Jesús en el sentido habitual. Hay gente asustada. Y el texto se niega a decirnos exactamente de qué. ¿De la pérdida económica? ¿Del poder que camina sin permiso por sus tierras? ¿De un Dios que no consulta antes de actuar? Mateo deja el hueco abierto, y ese hueco es el mensaje. Porque lo que se revela no es solo quién es Jesús, sino qué hacemos nosotros cuando su poder resulta ser real. Lo asombroso es su respuesta: se va. El que reprendió al viento y al mar no reprende a esta ciudad. Obedece la súplica. Hay una libertad terrible en el evangelio: Dios puede ser despedido, y se deja despedir.
El Hilo Conductor
Al comienzo de este mismo capítulo un leproso se acerca y dice: "Señor, si quisieres, puedes limpiarme". Al final del capítulo, una ciudad entera dice lo contrario: puedes, y precisamente por eso, vete. Entre esas dos frases cabe toda la historia de la redención. Dios se acerca a lo suyo y lo suyo tiene la extraña capacidad de cerrarle la puerta. Ya en el huerto, la primera reacción humana ante la voz de Dios que se pasea fue esconderse entre los árboles. Gadara no se esconde; sale al camino y pide, con toda educación, que el Santo se retire. Y Jesús se retira, como después se dejaría sacar de la ciudad hacia una cruz. Hay una continuidad amarga entre este ruego y aquel viernes.
El Espejo
Antes de indignarte con los gadarenos, pregúntate qué piara tienes paciendo en la ladera. No hablo en abstracto: el trabajo que te sostiene pero que no soportarías someter a examen; el equilibrio frágil de tu casa, donde ciertos temas no se tocan porque removerlos costaría demasiado; la hora de la mañana que sigue siendo tuya. Casi nadie rechaza a Cristo por argumentos. Lo rechazamos por presupuesto. Sabemos, con un instinto muy fino, que si él entra de verdad algo se despeña. Y entonces rogamos, cortésmente, con lenguaje devoto incluso, que se quede en el margen de nuestros términos. Lo inquietante del versículo es que esa oración también es escuchada.
La Pregunta
¿Por qué se va? Podría haberse quedado. Podría haber predicado en la plaza, sanado a otros, ganado la ciudad con señales. En cambio sube a la barca. Nos gustaría un Dios que insistiera, que forzara la puerta por nuestro bien. El texto no nos lo da. Y no ofrece explicación: Mateo no dice que Jesús se entristeció, no dice que los reprendió, no dice nada de su rostro. Solo el hecho desnudo. Quizá aquí toquemos algo que no se resuelve: el amor que respeta el rechazo es más terrible que el amor que lo atropella. Nos deja con la responsabilidad entera en las manos. Hay silencios de Dios que no son ausencia sino consentimiento a nuestra petición.
El Intertexto
Cuando el pueblo estaba al pie del Sinaí y oyó truenos y bocina, pidió a Moisés que Dios no les hablara más directamente, no fuera que murieran. Es la misma súplica de Gadara, dicha desde el temor y no desde la avaricia: aléjate un poco, media tú por nosotros. Y en el otro extremo del mismo capítulo está el centurión, un pagano como estos gadarenos, que dice: "Señor, no soy digno de que entres debajo de mi techado". Suena parecido, pero es exactamente lo contrario. Uno pide distancia para no perder nada; el otro confiesa distancia porque cree que la palabra basta. La misma humildad verbal puede esconder fe o pavor. Solo se distingue por lo que ocurre después.
El Perfil
Gadara era territorio mixto, con población gentil, ciudades de estilo griego y comercio de cerdos, animal impuro para el judío pero normal allí. Los primeros lectores de Mateo, cristianos de origen judío, oían esto con una sonrisa incómoda: claro, paganos, se lo merecían. Pero Mateo acaba de contarles que vendrán muchos del oriente y del occidente a sentarse con Abraham, mientras los hijos del reino quedan fuera. El aviso apunta a casa. Aquella comunidad conocía bien lo que costaba recibir a Jesús: sinagogas cerradas, familias partidas, negocios perdidos. Este versículo les ponía delante la alternativa real. No la de creer o no creer en teoría, sino la de pagar o rogar que se marche.
Reflexión
¿Qué es lo que, sin decirlo en voz alta, prefieres que Jesús no toque en tu vida, y qué temes perder si lo toca?
Si Dios accediera hoy a tu petición de mantener cierta distancia, ¿lo notarías?
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Preguntas frecuentes sobre Matthew 8:34
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