Romanos 3:23
El texto
Pablo acaba de cerrar la boca de todo el mundo. Judío y griego, religioso y pagano, todos quedan bajo el mismo veredicto: "todos están debajo de pecado". Y justo cuando esperaríamos la sentencia, aparece un giro: se ha manifestado la justicia de Dios, aparte de la ley, por la fe de Jesucristo, "para todos los que creen en él; porque no hay diferencia". El versículo 23 es la razón de esa ausencia de diferencia: "Por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios". No es un insulto lanzado al aire; es la base de una igualdad radical. Nadie llega con ventaja. El que cumple el diezmo con exactitud y el que no ha pisado un templo en veinte años comparten el mismo punto de partida, y por eso pueden compartir el mismo don.
El núcleo
Fíjate en el verbo pasivo: "están destituídos". No dice que fallamos un examen, sino que estamos privados, despojados, quedándonos cortos de algo que debía ser nuestro. La palabra griega detrás de esto (hystereō) es la del que llega tarde al banquete y encuentra la mesa levantada, la del que se queda sin lo que le tocaba. El pecado, entonces, no es primeramente una lista de faltas sino una carencia crónica: fuimos hechos para reflejar la gloria de Dios y andamos con el reflejo apagado. Eso cambia la ética por completo. Si el problema fuera de conducta, bastaría con corregir la conducta. Si el problema es que estamos vacíos de gloria, ninguna disciplina moral nos llena. Por eso el versículo siguiente no propone un esfuerzo sino un regalo: "justificados gratuitamente por su gracia". La gratuidad no es blandura de Dios; es el único remedio posible para una carencia tan honda.
El hilo conductor
La "gloria de Dios" de la que estamos destituidos no es un concepto abstracto. En el relato bíblico, el ser humano fue puesto en el mundo para portar la imagen de Dios, para que al mirarlo se viera algo de quién es él. Esa vocación se rompió temprano y quedó rota; la historia de Israel repite en pequeño la historia de Adán, con ley, tierra y templo, y aun así con el mismo resultado que Pablo ya citó: "No hay justo, ni aun uno". Cristo entra en ese vacío no como un ejemplo más brillante, sino como el único que sí refleja la gloria sin fisura, y que la devuelve entregando su vida. Por eso el versículo 24 encadena inmediatamente: la redención "que es en Cristo Jesús". La carencia se llena desde afuera, o no se llena.
El espejo
Este versículo desarma sobre todo un hábito muy respetable: el de medirnos hacia abajo. Lo haces en la oficina cuando piensas que al menos tú no llegas tarde como el otro. Lo haces con el dinero cuando comparas tu presupuesto ordenado con el desorden del cuñado que siempre pide prestado. Lo haces en la iglesia cuando escuchas un testimonio de conversión dramática y sientes, sin decirlo, que tu camino fue más limpio. Y lo haces en casa, que es donde más duele, cuando llevas la cuenta silenciosa de quién ha fallado más en el matrimonio. Pablo corta esa contabilidad de raíz: "no hay diferencia". No porque tus decisiones no importen, sino porque ninguna de ellas te acerca un centímetro más a la gloria que a ti también te falta.
Hoy, antes de dormir, escribe en un papel el nombre de la persona a quien más fácilmente consideras peor que tú, y di en voz alta sobre ese nombre: "Los dos estamos destituidos de la gloria de Dios, y los dos podemos ser justificados gratuitamente por su gracia".
El personaje principal
El sujeto real de este pasaje no somos nosotros los destituidos, sino el Dios que justifica. Y lo hace de una manera incómoda para cualquier sentido común religioso: gratis. Pablo insiste en que Dios no absuelve mirando hacia otro lado, porque quiere ser "el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús". Ahí está su carácter en tensión sostenida: no puede llamar bueno lo que no lo es, y no quiere perder a los que no lo son. La cruz es donde esas dos cosas se sostienen a la vez. Un Dios que solo perdonara sería sentimental; uno que solo condenara sería impecable y estéril. Este Dios paga el costo él mismo y luego reparte el resultado sin cobrar.
La pregunta
Si todos pecaron, ¿da igual el que golpea a su esposa y el que la cuida durante treinta años? El texto no dice eso, y sería cruel hacerle decir eso. Pablo habla del punto de partida ante Dios, no de las consecuencias entre nosotros. En el plano humano las diferencias son reales, graves y a veces irreparables; el mismo capítulo habla de pies "ligeros á derramar sangre" y no lo llama un desliz. Lo que se nivela no es el daño, sino el acceso: nadie compra la justicia de Dios con su buena conducta. Queda una tensión que no conviene resolver demasiado rápido, porque de ella vive el evangelio: ante Dios estás en la misma fila que aquel a quien no perdonarías.
El perfil
Los que escucharon esta carta en Roma no eran un grupo homogéneo. Se reunían en casas, algunos judíos que habían regresado tras haber sido expulsados de la ciudad, otros gentiles que mientras tanto habían tomado las riendas de esas comunidades. Había allí antiguas tensiones sobre la circuncisión, la comida, el calendario, y también resentimientos frescos sobre quién manda. Para ellos, "no hay diferencia" no era una frase devocional sino una bomba social: significaba que el prestigio de la Escritura confiada a Israel no daba ventaja de salvación, y que la mayoría gentil no podía mirar por encima del hombro a los que volvían. La igualdad del pecado creaba una igualdad de mesa que ninguna otra asociación romana conocía.
Reflexión
¿Con quién te comparas cuando quieres sentirte bien contigo mismo, y qué te dice esa elección sobre dónde buscas tu gloria?
Si mañana trataras a esa persona como alguien que está exactamente en tu misma fila delante de Dios, ¿qué cambiaría en tu tono, tu paciencia o tus palabras?
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Preguntas frecuentes sobre Romans 3:23
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
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¿Por qué Romanos 3:23 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Romans 3
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Gracias porque cuando "todos se apartaron", Tú no te apartaste de mí. Aunque no hay quien haga lo bueno, ni aun uno, tu amor vino a buscarme sin esperar que yo mejorara. Gracias por la gracia que me alcanzó estando yo perdido y sin nada bueno que ofrecerte.
Gracias porque no nos dejaste a ciegas: a tu pueblo le fueron confiados los oráculos de Dios, y hoy esa misma palabra llega a mis manos. Gracias por cada página que puedo abrir, leer y creer, sabiendo que viene de ti y no falla.
No hay quien entienda, No hay quien busque á Dios." Duele leerlo, porque uno cree que llegó a Dios por iniciativa propia. Pero si nadie lo busca, entonces el día que despertaste con hambre de Él, fue porque Él ya te había buscado primero. Tu fe no es tu mérito, es su rescate.
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