Jair, hijo de Simi y padre de Mardochêo: un nombre en un solo versículo
Quién es Jair y cuándo vivió
Jair es, en todo lo que el texto conserva de él, el hijo de Simi y el padre de Mardochêo. Su nombre aparece una sola vez: Esther 2:5. La era en la que se le sitúa es la del exilio, "around 606 BC to 536 BC", según la era colocada sobre la cronología de Ussher (1650). No hay más fechas que esa, y no conviene afinarlas. Se trata de un hombre que vivió en el tiempo del destierro y del retorno, y cuyo nombre llegó hasta nosotros porque otro nombre, el de su hijo, quedó registrado en un libro.
La única mención
El versículo dice así: «Había un varón Judío en Susán residencia regia, cuyo nombre era Mardochêo, hijo de Jair, hijo de Simi, hijo de Cis, del linaje de Benjamín» (Esther 2:5).
Conviene leer con cuidado a quién describe cada parte de la frase. El varón Judío que reside en Susán es Mardochêo. Jair aparece en el segundo eslabón de la cadena: «hijo de Jair». Detrás de él viene Simi, y detrás de Simi, Cis, y la cadena se cierra con «del linaje de Benjamín». Nada en el versículo nos dice dónde vivía Jair, ni qué hizo, ni cuánto vivió, ni si vio Susán con sus propios ojos. El texto lo nombra para ubicar a otro.
Qué clase de mención es esta
No hay escena. No hay diálogo, ni viaje, ni decisión, ni oración. Todo lo que queda escrito de Jair cabe en un versículo, y ese versículo es una genealogía breve encajada dentro de la presentación de otro personaje. Dicho con exactitud: cada mención de este hombre es una lista, una nota de paso, un eslabón.
Hay que advertir además que el nombre engaña. Jair es un nombre que lleva también un pueblo, una tribu o una tierra, de modo que la mayoría de los lugares donde aparecen esas letras no hablan de este hombre. Quien lo busque en otras páginas encontrará otras cosas. Aquí solo tenemos Esther 2:5.
Esa pobreza informativa no es un defecto del relato, sino su honestidad. No se llenan los huecos que no interesan al propósito del libro. Se nombra a Jair porque la identidad de Mardochêo se sostiene sobre una descendencia concreta, sobre padres con nombre, sobre una línea que puede rastrearse hasta Benjamín. Sin Jair, Mardochêo sería un varón Judío sin origen declarado en Susán. Con él, es hijo de alguien.
Lo que el texto no dice de su conducta
Aquí hay que ser exactos y no piadosos de más. No se registra ninguna virtud de Jair, y tampoco ningún pecado suyo. No se dice que fuera justo, ni que fuera fiel, ni que fallara. No se dice nada. Cualquier elogio que se le hiciera sería invención, y cualquier reproche también. El silencio sobre su carácter es total, y lo respetuoso es dejarlo intacto en lugar de construirle una biografía moral con material prestado de otras historias.
Lo que no sabemos
La lista de lo desconocido es más larga que la de lo conocido. No se le atribuye tribu ni pueblo propios: el «linaje de Benjamín» aparece al final de la cadena genealógica que encabeza Mardochêo (Esther 2:5), no como una descripción independiente de Jair. No sabemos nada de su vida: ni oficio, ni residencia, ni edad, ni muerte, ni sepultura. No sabemos si el destierro lo alcanzó a él o a sus padres. No conocemos el nombre de su esposa ni si tuvo más hijos que Mardochêo. No se nos dice si vivió lo suficiente para ver lo que sería de su hijo.
De ese silencio no hay que sacar conclusiones. No sabemos si permaneció firme bajo el exilio o si se acomodó a Susán. No sabemos si enseñó a su hijo la fe de sus padres. Podríamos suponerlo, pero suponer no es leer.
Un nombre que sostiene a otro
Lo que queda es sobrio y real. Jair es uno de esos hombres que existen en el texto únicamente como eslabón. Su nombre no encabeza ningún capítulo; sostiene una frase. Y aun así quedó escrito. En un libro donde tantos hombres poderosos son mencionados por su cargo, este es mencionado por su paternidad, dentro de una cadena que va de Cis a Simi, de Simi a Jair, y de Jair a Mardochêo (Esther 2:5).
Para el lector experimentado esto tiene su propio peso. La mayor parte de las vidas que sostienen una historia no se narran: se nombran. Y ser nombrado, aunque sea una sola vez y aunque sea en el segundo eslabón de la lista, no es poca cosa. Jair no tuvo escena. Tuvo un hijo, y el texto lo dijo.

