Matthan, hijo de Eleazar: un nombre en Matthew 1:15
Un hombre del que solo queda un nombre
Matthan, escrito «Mathán» en el texto que citaremos, es un varón de la tribu de Judah que vivió, según la era situada por la cronología de Ussher (1650), hacia 606 a. C. a 536 a. C., el tiempo del exilio y el retorno. Toda su presencia en el texto sagrado cabe en un solo versículo: Matthew 1:15. No hay un segundo pasaje, ni una segunda alusión, ni un eco en otro libro. Un versículo, una mención, y nada más.
Conviene decirlo sin rodeos desde el principio, porque la tentación con figuras así es rellenar el silencio. El texto no nos da material para hacerlo, y nosotros tampoco lo inventaremos.
Lo único que está registrado
El versículo dice: «Y Eliud engendró á Eleazar: y Eleazar engendró á Mathán: y Mathán engendró á Jacob:» (Matthew 1:15).
Eso es todo. Matthan aparece entre dos verbos idénticos: es engendrado y engendra. Recibe la vida de Eleazar, su padre, y la transmite a Jacob, su hijo. El versículo no le atribuye una palabra, un acto, un viaje, una oración ni una decisión. No se nos dice dónde vivió, a qué se dedicó, con quién se casó, cuántos años tuvo ni cómo murió. El nombre está ahí, sostenido por una conjunción y un verbo, y la lista sigue adelante.
Qué clase de mención es esta
No hay escena. Conviene llamarlo por su nombre: cada mención de Matthan es una lista, una genealogía, una nota de paso. No existe un episodio del que podamos preguntar qué hizo él aquí, porque no hay ningún aquí. Quien busque en este hombre un ejemplo moral, una lección de carácter o un momento de prueba, buscará en vano, y hará bien en no fabricarlo.
Y sin embargo, la forma misma de la mención dice algo. Las genealogías no son relleno; son la manera en que el texto afirma que una historia es continua, que no se interrumpió, que pasó por personas concretas. Matthan no es un símbolo ni un recurso literario: es un hombre que tuvo un padre llamado Eleazar y un hijo llamado Jacob, y cuya existencia era necesaria para que la lista de Matthew 1:15 pudiera escribirse tal como está escrita. La cadena no tiene eslabones decorativos.
Sin faltas registradas, y sin virtudes tampoco
Aquí no hay un pecado que confesar ni una caída que examinar, y tampoco hay una fidelidad que elogiar. No se registra ninguna de las dos cosas sobre Matthan. Es importante no convertir ese silencio en un elogio implícito: el texto no dice que fuera justo, ni que fuera impío. Dice que engendró a Jacob (Matthew 1:15). Afirmar más sería ponerle palabras a un hombre que no las tiene en la página.
Esta honestidad tiene su valor para el lector experimentado. Estamos acostumbrados a extraer enseñanza de cada figura, y cuando una figura no ofrece nada, el instinto es suplirlo con conjeturas sobre su época o su entorno. El dato duro es más sobrio: una sola aparición, un solo versículo, ningún relato.
Lo que no sabemos
La lista de lo desconocido es, en este caso, casi todo. No sabemos dónde nació ni dónde fue sepultado. No sabemos si vio el destierro, el cautiverio o el regreso, aunque la era en que se le sitúa, hacia 606 a. C. a 536 a. C. según la cronología de Ussher (1650), abarca ese tiempo. No sabemos el nombre de su madre ni el de la madre de su hijo. No sabemos si tuvo otros hijos además de Jacob. No sabemos qué oficio tuvo, ni si fue rico o pobre, ni si alguna vez supo que su nombre quedaría escrito.
Todo lo que se conserva de él cabe en un versículo, y ninguna escena se cuenta sobre su persona. Decirlo así es más honesto que adornar el vacío.
La línea hacia Cristo
La única referencia neotestamentaria que menciona a este hombre es Matthew 1:15, y ese versículo pertenece a la genealogía con que se abre el primer capítulo de Matthew. Ahí es donde su nombre sobrevive: no en una crónica de reyes, no en un libro profético, sino en la lista que encabeza ese relato.
Esa es la dignidad entera de Matthan, y no es pequeña. Un hombre del que no se cuenta nada aparece, con su padre Eleazar y su hijo Jacob, en la página inicial de Matthew (Matthew 1:15). Su nombre fue conservado no por lo que hizo, sino por el lugar que ocupa en una sucesión que se consideró digna de ser escrita y leída.
Para el lector que ha recorrido muchas veces los grandes relatos, Matthan es un recordatorio sobrio: la mayor parte de quienes integran esta historia no tuvieron escenas. Tuvieron un nombre, una generación recibida y una generación entregada. El texto los cuenta uno por uno (Matthew 1:15), y eso basta para que estén ahí.
