Romanos 8:22
El Texto
Pablo acaba de decir algo enorme: que la creación entera espera, con el cuello estirado, la manifestación de los hijos de Dios. Y ahora explica por qué lo sabe: «Porque sabemos que todas las criaturas gimen á una, y á una están de parto hasta ahora». No dice que el mundo se queja. Dice que el mundo gime como gime una mujer en el trabajo de parto: un dolor que avanza, que empuja, que tiene un destino. Todo lo creado, junto, al mismo tiempo, desde que el pecado entró hasta este preciso instante en que usted lee. El universo no está muriéndose en silencio; está dando a luz entre gritos.
El Núcleo
La palabra griega que Pablo usa aquí, synōdinei, significa «sufrir dolores de parto juntamente». Esa imagen lo cambia todo. Hay dos maneras de interpretar el dolor del mundo: como el crujido de una estructura que se derrumba, o como la contracción de un cuerpo que está trayendo vida. Pablo elige la segunda, y no por optimismo barato. Él mismo acaba de reconocer que las criaturas fueron «sujetas á vanidad, no de grado». El sometimiento fue real, impuesto, humillante. Pero fue hecho «con esperanza». Eso dice algo decisivo sobre Dios: no es un espectador del deterioro, es el que puso límite y dirección al deterioro. El gemido no es el último sonido del universo. Es el penúltimo.
El Hilo Conductor
El dolor de parto no es una metáfora suelta. Aparece en Génesis como parte de la sentencia tras la caída: la mujer dará a luz con dolor, la tierra producirá espinos. Pablo toma ese mismo lenguaje y lo invierte. Lo que fue señal de maldición se convierte en señal de alumbramiento. Y en el centro está Cristo, que no vino a rescatar almas de un mundo desechable, sino a ser «el primogénito entre muchos hermanos» (v. 29), el primero en salir del sepulcro con cuerpo. Por eso el versículo 23 habla de «la redención de nuestro cuerpo», no de escapar de él. La creación gime porque está encinta de la resurrección, y conoce la fecha mejor que nosotros.
El Espejo
Usted ha aprendido a nombrar su cansancio con palabras pequeñas: estrés, mala racha, temporada difícil. Pero hay un gemido dentro de usted que no cabe ahí. Lo escucha al despertar a las tres de la madrugada, cuando piensa en el resultado médico, en el hijo que ya no contesta, en el trabajo que consume sus mejores horas para pagar cosas que no recuerda haber querido. Y la tentación es doble: o convencerse de que no pasa nada, o concluir que todo se desmorona. Pablo le prohíbe ambas. Su dolor es real, tan real que el cosmos entero lo acompaña; y su dolor tiene dirección. Salga hoy, antes de que anochezca, a un lugar donde haya algo vivo que no sea usted: un árbol, un pájaro, el cielo. Quédese tres minutos en silencio, escuchando, y diga en voz alta: «Tú también estás esperando».
Contexto
Pablo escribe a una iglesia que no conoce, en la capital del imperio, a mediados de los años cincuenta. Roma se presentaba a sí misma como el mundo ya redimido: la pax romana, la edad de oro, el orden eterno garantizado por el César. Los cristianos de allí eran mayormente gente sin poder, judíos recién readmitidos tras la expulsión bajo Claudio, esclavos y libertos, reunidos en apartamentos estrechos. A ellos Pablo les dice que el mundo no está terminado, sino en labores de parto, y que el futuro no pertenece al palacio sino a los hijos de Dios todavía no manifestados. Es, en voz baja, una afirmación políticamente explosiva.
La Pregunta
¿Y si el parto se alarga demasiado? Pablo escribe «hasta ahora», y ese «ahora» ya tiene veinte siglos. Un parto que no termina deja de parecer esperanza y empieza a parecer tortura. Pablo no resuelve esto; lo reconoce. Por eso añade enseguida que esperamos «por paciencia» lo que no vemos, y que el Espíritu intercede «con gemidos indecibles» cuando no sabemos ni qué pedir. Es decir: Dios no nos dio un calendario, nos dio compañía en el gemido. La única garantía que ofrece el texto no es la brevedad del dolor, sino su naturaleza. No es agonía. Es alumbramiento. Y eso hay que creerlo sin pruebas visibles, que es exactamente lo que Pablo llama esperanza.
El Personaje Principal
El protagonista oculto de este versículo es Dios, y lo que se revela de él resulta incómodo antes que consolador. Él es quien sujetó la creación a vanidad; Pablo no lo disimula. Pero lo hizo «con esperanza», lo cual significa que incluso la frustración del mundo está dentro de su propósito, no fuera. Es un Dios que no abandona lo que hizo ni lo deja degradarse sin fin. Y es un Dios que no se queda afuera del gemido: envió a su Hijo «en semejanza de carne de pecado» y lo entregó. El Creador que escucha el parto de su creación es el mismo que gritó desde una cruz. Eso cambia quién es el que espera con nosotros.
Reflexión
¿Qué dolor de mi vida he estado interpretando como derrumbe, cuando quizá sea contracción?
Si la creación entera gime esperando la manifestación de los hijos de Dios, ¿qué está esperando de mí, hoy, el pedazo de mundo que me rodea?
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Preguntas frecuentes sobre Romans 8:22
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
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Lo que la comunidad comparte sobre Romans 8
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Padre, el mismo poder que levantó a Jesús vive en mí, aunque muchas veces no lo sienta. Cuando el cansancio me gana y mi cuerpo pesa, recuérdame que tu Espíritu también da vida a lo que en mí parece agotado. Hoy confío en eso.
Gracias porque no me dejaste como extraño, sino que me hiciste hijo, y siendo hijo, también heredero: "herederos de Dios, y coherederos de Cristo". Gracias porque hasta lo que hoy me duele lo compartes conmigo, y me guardas la promesa de ser glorificado junto a Ti.
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