Aquiétate · miércoles, octubre 21, 2026

Obedecer la voz que guía

Escuchar y confiar

Hoy 5 min de lectura 4 Pasajes bíblicos

Breves reflexiones para reposar en Él, inspiradas en pasajes bíblicos de Mateo 8:9, Juan 10:27, Salmos 137:1-2 and Lucas 12:19-20.

☀ Momento de la mañana

Porque también yo soy hombre bajo de potestad, y tengo bajo de mí soldados: y digo á éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y á mi siervo: Haz esto, y lo hace.

Mateo 8:9

El cuero de las sandalias militares golpea el polvo del camino de Capernaum. Un oficial romano se abre paso entre la gente, y lo extraño es que no viene a exigir nada, viene a suplicar. Su criado yace en casa, paralítico, atormentado de dolor, y este hombre con autoridad sobre cien soldados se detiene ante un maestro judío sin ejército ni título.

Era un centurión, el que mandaba una centuria, cien hombres bajo su voz. En el ejército que ocupaba su tierra, eso era poder real. Pero lo que entendió aquel día no fue que mandaba, sino por qué podía mandar: porque él mismo obedecía a otro. Su autoridad no era suya, la recibía. Por eso supo reconocer, en Jesús, una autoridad mayor, una que no necesita presencia física para que algo se cumpla. Bastaba la palabra.

Jesús se admiró de esa fe. No la halló en los que vivían pegados a la Ley desde niños, sino en un extranjero que entendió, desde su propio oficio, cómo funciona el mando verdadero: una orden dicha con autoridad real se cumple, esté uno presente o no.

Quizás hoy sientes que Dios está lejos de tu día, de tu oficina, de la decisión que te espera. El centurión no tenía a Jesús bajo su techo tampoco. Tenía su palabra, y eso le bastó.

Hoy
Antes de salir de casa, nombra en voz alta una cosa concreta que te preocupa hoy y di, igual que él: Señor, basta que digas la palabra. Hazlo de pie, en voz audible, aunque solo tú lo escuches.

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✦ Momento del mediodía

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen;

Juan 10:27

El teléfono vibra otra vez sobre el escritorio.

En los campos de Palestina era normal que varios rebaños pasaran la noche juntos, mezclados alrededor del mismo pozo o en el mismo corral. Por la mañana, cada pastor llamaba a los suyos con un sonido propio, un silbido, un canto, una cadencia que solo él usaba. Las ovejas no respondían a un nombre escrito ni a una señal visual. Respondían a un sonido que conocían de memoria, porque lo habían escuchado cada día, durante meses, en el campo abierto. El resto del rebaño ni se movía.

A mediodía no faltan voces. El jefe, el cliente, la bandeja de entrada, el reloj que marca la siguiente reunión. Todas piden atención ahora mismo, y es fácil moverse hacia la que grita más fuerte, sin preguntarse de quién es realmente esa voz.

Jesús no dice que sus ovejas oyen la voz más clara entre todas. Dice que la conocen, porque la han escuchado antes, en calma, suficientes veces como para distinguirla del ruido. Esa clase de oído no se improvisa en medio del caos, se forma en los ratos tranquilos que la preceden.

Hoy
Toma un papel ahora mismo y escribe en una línea qué voz ha estado dirigiendo tu mañana hasta este momento. Debajo, escribe esta frase: mis ovejas oyen mi voz. Guarda ese papel en el bolsillo el resto de la tarde.

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◐ Momento de la tarde

JUNTO á los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sión. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas.

Salmos 137:1-2

Se da por hecho que el dolor bien llevado termina en algo útil: una lección aprendida, una canción de superación, un testimonio brillante para contarlo después. Los deportados junto a los canales de Babilonia no cumplieron esa expectativa. Cuando les pidieron música, no cantaron.

Eran los que habían sido arrancados de Jerusalén en el año 586 antes de Cristo y llevados a vivir junto a los canales de Babilonia. Sus captores, por diversión o por burla, les pedían una de las canciones de Sión, algo festivo para animar la tarde de los vencedores. En vez de obedecer, aquellos músicos colgaron sus arpas en los sauces. Un instrumento colgado era un instrumento en silencio, una negativa con las manos quietas.

El salmo no se detiene en el silencio digno. Sigue hasta volverse crudo, furioso, pidiendo justicia con palabras que la Escritura no suaviza ni retira. No hay un giro final que lo arregle todo. Queda ahí, sin resolver, como queda a veces el enojo verdadero.

Esto da palabras a quien hoy tiene que sonreír en una reunión mientras algo por dentro está deshecho, a quien debe rendir como si nada mientras carga un duelo que nadie en la oficina conoce. No todo dolor está listo para convertirse en canción.

Hoy
Esta tarde, antes de responder con el automático bien, gracias a la próxima pregunta de cortesía, detente diez segundos y escribe en una nota una sola frase honesta sobre cómo estás realmente hoy.

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☾ Momento de la tarde

Y diré á mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; repósate, come, bebe, huélgate. Y díjole Dios: Necio, esta noche vuelven á pedir tu alma; y lo que has prevenido, ¿de quién será?

Lucas 12:19-20

¿Qué quedará de todo esto cuando ya no estés para disfrutarlo? Es la pregunta que este hombre nunca se hizo, ocupado como estaba derribando graneros viejos para construir otros más grandes.

Fíjate con quién habla. No habla con Dios, ni con sus vecinos, ni con los jornaleros que llenaron esos graneros con su sudor. Habla con su propia alma. Dos veces se dirige a sí mismo: alma, repósate, come, bebe, huélgate. Toda una cosecha, y ni una sola persona en la conversación. Esa es la grieta que el texto deja ver sin subrayarla: un hombre rico, completamente solo, felicitándose a oscuras.

Y entonces Dios le habla a Él, de noche, con una palabra dura y precisa: necio. No por tener bienes, sino por haber vivido como si el mañana le perteneciera y como si su alma pudiera guardarse en un granero junto con el trigo.

Esta noche, antes de cerrar los ojos, pregúntate con quién has hablado hoy sobre lo que guardas. No se trata de sentir culpa por lo que tienes, sino de dejar de sostenerlo solo, en silencio, como si nadie más existiera.

Hoy
Toma un papel. Escribe una cosa que normalmente guardas solo para ti, tiempo, dinero, comida, atención, y al lado el nombre de alguien con quien podrías compartirla esta semana. Déjalo donde lo veas mañana al despertar.

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Lee estos pasajes en la Reina Valera (1909)

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