Mateo 24:37
El Texto
"Mas como los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre." Una sola frase, colocada justo después de la confesión más desconcertante del capítulo: "del día y hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino mi Padre solo." Jesús acaba de cerrar la puerta al cálculo, y entonces abre una ventana a la memoria. No dice cuándo vendrá; dice a qué se parecerá el mundo cuando venga. Y el ejemplo que escoge no es una catástrofe espectacular, sino una época de normalidad absoluta: gente comiendo, bebiendo, casándose, hasta el día en que Noé entró en el arca. Lo que distingue aquellos días no es la maldad visible, sino la ceguera tranquila: "no conocieron hasta que vino el diluvio."
El Corazón
Aquí hay algo que incomoda más de lo que consuela. Uno esperaría que el Señor comparara su venida con las señales del versículo 29, el sol oscurecido, las estrellas cayendo. Pero compara su venida con un desayuno. Con una boda. Con la vida siguiendo su curso. El corazón teológico de este versículo es que el juicio de Dios no irrumpe sobre un mundo advertido y expectante, sino sobre un mundo distraído, y que la distracción misma es la forma más común de la incredulidad. No se condena aquí el comer ni el casarse; son bienes de la creación. Se desnuda algo más sutil: la capacidad humana de vivir como si el tiempo fuera infinito y el Dueño no existiera. La venida del Hijo del hombre revela lo que ya éramos.
El Hilo Conductor
Jesús no escoge a Noé al azar. El diluvio es, en la memoria de Israel, la primera vez que Dios deshizo lo que había hecho, y también la primera vez que guardó un remanente dentro de una caja de madera mientras el mundo se hundía. El patrón se repite en toda la Escritura: el juicio nunca cae sin que Dios haya preparado antes un lugar donde estar. Noé no construyó el arca el día de la lluvia. Y aquí está lo que estremece: el que habla en este monte es el mismo que será levantado fuera de la ciudad, y su cruz se convierte en el lugar donde el juicio pasa de largo sobre los que están dentro. La diferencia es que ahora el arca tiene nombre y rostro. No se entra en ella construyéndola, sino confiando en quien la es.
El Espejo
Pregúntate qué te ocupó de verdad esta semana. Probablemente nada perverso: la hipoteca, un hijo que no duerme, una reunión que salió mal, la radiografía que hay que repetir, el grupo de la iglesia que hay que organizar. Comer, beber, casarse. Nada de eso está bajo condena aquí. Lo que este versículo desnuda es más incómodo: que la vida ordinaria tiene una capacidad casi infinita de llenar el horizonte entero, hasta que ya no cabe la pregunta de si alguien viene. No es que hayas decidido no esperar a Cristo. Es que simplemente dejaste de mirar hacia allá, y nadie lo notó, ni tú. Hoy, en la primera comida que hagas acompañado, antes del primer bocado, di en voz alta una sola frase: "Señor Jesús, tú vas a venir." Nada más. Deja que quede dicho sobre la mesa.
El Perfil
Los que escuchaban esto estaban sentados en el monte de los Olivos con el templo enfrente, ese edificio cuyas piedras acababan de señalar con orgullo. Ya habían oído que no quedaría piedra sobre piedra. Para ellos, la historia de Noé no era un cuento infantil con animales; era el relato fundacional de cómo Dios responde a un mundo que se corrompe mientras cena tranquilamente. Y cuando Mateo escribe, su comunidad ha vivido o está viviendo lo impensable: guerras, delaciones entre hermanos, "la caridad de muchos se resfriará." Escuchan la palabra "Noé" y oyen dos cosas a la vez: el mundo puede terminarse mientras los demás siguen brindando, y hubo una puerta abierta hasta el último día. Para un grupo pequeño y odiado, la imagen del arca no era amenaza sino aire.
El Detalle
La palabra que el texto llama "venida" es en griego parousía, y no significaba primero el fin del mundo. Significaba la llegada oficial de un rey o un emperador a una ciudad de su imperio. Meses antes se limpiaban las calles, se ensayaban los cantos, se preparaban los honores; nadie era sorprendido por una parousía, porque toda la ciudad vivía en función de esa fecha. Ahora escucha de nuevo la comparación de Jesús. La llegada del Rey se parecerá a los días de Noé: la ciudad no está barriendo las calles, está comiendo y bebiendo. El vocabulario mismo lleva la ironía dentro. Lo único que puede sorprender a una ciudad es aquello en lo que ha dejado de pensar.
El Protagonista
Detente en algo que casi nunca se dice en voz alta: el que anuncia su propia venida acaba de confesar que no sabe cuándo será. "Del día y hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino mi Padre solo." El Hijo del hombre habla de su triunfo desde dentro de la ignorancia, y no parece incomodarle. No calcula, no insinúa, no negocia con la curiosidad de sus discípulos; devuelve el asunto al Padre y se queda en el terreno de la confianza. Ese es el paisaje interior de Jesús aquí: alguien que puede vivir sin saber la fecha porque conoce al que la guarda. Y quizá esa sea la única forma de vigilar que él nos enseña. No la de quien descifra, sino la de quien confía y por eso permanece despierto.
Reflexión
¿Qué cosa buena y legítima de tu vida diaria ha crecido tanto que ya no deja espacio para esperar a nadie?
Si Jesús mismo vivió sin saber el día y descansó en el Padre, ¿qué es lo que en ti todavía necesita saber para poder confiar?
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Preguntas frecuentes sobre Matthew 24:37
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
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¿Qué nos enseña Mateo 24:37 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Mateo 24:37 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Matthew 24
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Padre, hay cosas que solo tú sabes, y eso me da paz aunque no entienda. No necesito adivinar fechas ni vivir con miedo al mañana. Enséñame a esperar despierto, confiando en ti, ocupado en amar hoy a quienes pusiste cerca.
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