Explicación bíblica

Isaías 8

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El texto

Dios manda a Isaías escribir en una tabla grande, con letra que cualquiera pueda leer, un nombre absurdo: Maher-salal-hash-baz, "pronto al despojo, presto al saqueo". Luego ese nombre se hace carne en un hijo suyo, y antes de que el niño balbucee "Padre mío, y Madre mía", Damasco y Samaria habrán caído ante Asiria. Pero el río que Dios suelta no se detiene en el norte: las aguas impetuosas pasan a Judá y llegan "hasta la garganta", hasta el cuello del pueblo que despreció las aguas mansas de Siloé. Y en medio de esa inundación aparece un nombre que lo cambia todo: "oh Emmanuel". Isaías recibe entonces una orden distinta al miedo colectivo, sella el testimonio entre sus discípulos, y espera a un Dios que ha escondido su rostro.

El corazón

Aquí se juega el asunto más incómodo de la fe: el mismo Dios es santuario y piedra de tropiezo. No dos dioses, ni dos etapas. "Entonces él será por santuario; mas á las dos casas de Israel por piedra para tropezar." Lo que decide de qué lado cae uno no es la fuerza militar ni la astucia diplomática, sino a quién se teme. Judá temía a Rezín y al hijo de Remalías; Dios responde con una corrección quirúrgica: "sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo". El temor mal colocado siempre produce alianzas mal colocadas, y las alianzas mal colocadas terminan en agua hasta el cuello. La salvación, en este capítulo, no consiste en escapar de la inundación sino en que la inundación tenga un nombre encima: Emmanuel, Dios con nosotros, incluso cuando el agua sube.

El hilo conductor

Dos versículos de este capítulo reaparecen en el Nuevo Testamento apuntando directamente a Jesús, y no por capricho alegórico. Pedro toma la imagen de la piedra: el Señor mismo, hecho carne, se convierte en santuario para unos y en tropiezo para otros, y la línea divisoria pasa por la fe, no por la genealogía. Y el autor de Hebreos pone en boca de Cristo las palabras de Isaías 8:18, "yo y los hijos que me dió Jehová", como confesión del Hijo que se presenta ante el Padre con los suyos. Isaías, con su nombre imposible, su esposa profetisa y sus dos hijos que caminan por Jerusalén como carteles vivientes, resulta ser un boceto: un hombre cuya familia entera es señal, que espera a un Dios de rostro escondido, y que confía cuando nadie más confía. Emmanuel no es un adorno navideño en este capítulo; es el título de propiedad de la tierra inundada.

El espejo

Lo que este texto desnuda es nuestra manera de gestionar el miedo. Judá no era atea; era pragmática. Vio venir dos ejércitos y buscó al proveedor más grande, Asiria, exactamente como uno busca el empleo más seguro, el seguro más completo, el silencio más conveniente ante el jefe. Las aguas de Siloé corrían mansamente, un hilo de agua que entraba a Jerusalén desde el manantial de Guijón, sin espectáculo, sin caudal. Dios suele obrar así, y por eso nos parece insuficiente. Preferimos el río grande, aunque el río grande nos llegue a la garganta. Fíjese además en el versículo 12: el pueblo veía conspiración en todas partes. También nosotros: el grupo de WhatsApp, el titular, la sospecha compartida que nos une en la ansiedad. Hoy mismo: escriba en un papel el nombre de aquello a lo que teme esta semana, dígalo en voz alta y añada después, en voz alta también, "Dios con nosotros"; luego rompa el papel.

El detalle

"Extendiendo sus alas, llenará la anchura de tu tierra, oh Emmanuel." Las alas son las del ejército asirio, alas de rapaz que cubren el país entero. Pero el hebreo usa la misma palabra que en los salmos describe las alas bajo las cuales Dios esconde a los suyos. Isaías deja la ambigüedad temblando ahí, sin resolverla: la sombra que cae sobre Judá es a la vez amenaza y cobertura. Y entonces, en mitad de la frase, se vuelve y le habla a la tierra por su nombre nuevo: Emmanuel. No dice "oh Judá", ni "oh Jerusalén". Le habla al territorio como si ya perteneciera al Niño anunciado en el capítulo anterior. El invasor pisará suelo que no es suyo. La ocupación será real, y aun así provisional, porque el dueño tiene nombre y el nombre significa que Dios no se ha ido.

El personaje principal

Isaías aparece aquí más solo que en ningún otro lugar del libro. Ha convocado testigos oficiales, ha escrito en tabla pública, ha puesto a su propio hijo como calendario profético, y el resultado es que debe apartarse: "Jehová me dijo de esta manera con mano fuerte, y enseñóme que no caminase por el camino de este pueblo". La mano fuerte no es una caricia; es una presión, casi una sujeción. Y luego viene la frase que lo define: "Esperaré pues á Jehová, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob, y á él aguardaré". Isaías no explica el silencio de Dios ni lo suaviza. Reconoce que el rostro está escondido y decide esperar de todos modos, con los hijos al lado y el testimonio sellado. Esa es la fe adulta: no la que entiende, sino la que se queda.

Contexto

Estamos hacia el año 734 antes de Cristo. Siria, con Rezín, e Israel del norte, con Peka el hijo de Remalías, presionan a Judá para que se una a una coalición contra Asiria. El joven rey Acaz prefiere pagar tributo a Asiria y pedir su protección, una decisión que parecía sensata y que convirtió a Judá en vasallo durante generaciones. Siloé era el acueducto modesto que llevaba agua al pie de Jerusalén, símbolo de la dinastía davídica y de una providencia sin ruido. Frente a ese hilo de agua, el Éufrates: imperio, ingeniería, caballería. Añada el detalle del versículo 19, la consulta a médiums y adivinos que susurran. Cuando la política falla y el cielo calla, la gente golpea cualquier puerta. Isaías responde con lo único que queda en pie: "¡A la ley y al testimonio!".

Reflexión

¿Dónde está usted eligiendo el río grande sobre las aguas mansas de Siloé, y qué precio está pagando ya por esa elección?

Si Dios ha escondido su rostro en algún asunto de su vida, ¿qué significaría concretamente "esperarle" esta semana, sin exigir explicación?

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Preguntas frecuentes sobre Isaiah 8

Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.

¿Qué significa Isaías 8?
Dios manda a Isaías escribir en una tabla grande, con letra que cualquiera pueda leer, un nombre absurdo: Maher-salal-hash-baz, "pronto al despojo, presto al saqueo". Luego ese nombre se hace carne en un hijo suyo, y antes de que el niño balbucee "Padre mío, y Madre mía", Damasco y Samaria habrán caído ante Asiria.
¿De qué trata Isaías 8?
Dos versículos de este capítulo reaparecen en el Nuevo Testamento apuntando directamente a Jesús, y no por capricho alegórico. Pedro toma la imagen de la piedra: el Señor mismo, hecho carne, se convierte en santuario para unos y en tropiezo para otros, y la línea divisoria pasa por la fe, no por la genealogía.
¿Cuál es el contexto histórico de Isaías 8?
"Extendiendo sus alas, llenará la anchura de tu tierra, oh Emmanuel." Las alas son las del ejército asirio, alas de rapaz que cubren el país entero. Pero el hebreo usa la misma palabra que en los salmos describe las alas bajo las cuales Dios esconde a los suyos. Isaías deja la ambigüedad temblando ahí, sin resolverla: la sombra que cae sobre Judá es a la vez amenaza y cobertura.
¿Qué nos enseña Isaías 8 sobre el carácter de Dios?
Estamos hacia el año 734 antes de Cristo. Siria, con Rezín, e Israel del norte, con Peka el hijo de Remalías, presionan a Judá para que se una a una coalición contra Asiria. El joven rey Acaz prefiere pagar tributo a Asiria y pedir su protección, una decisión que parecía sensata y que convirtió a Judá en vasallo durante generaciones.
¿Por qué Isaías 8 sigue siendo relevante hoy?
Si Dios ha escondido su rostro en algún asunto de su vida, ¿qué significaría concretamente "esperarle" esta semana, sin exigir explicación?

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