Romanos 3:4
El texto
Pablo acaba de plantear una pregunta incómoda: si muchos del pueblo escogido no creyeron, ¿queda anulada por eso la fidelidad de Dios? Su respuesta es un rechazo tajante, casi un portazo: «En ninguna manera». Y luego viene la frase que desequilibra toda conversación religiosa cómoda: «antes bien sea Dios verdadero, mas todo hombre mentiroso». No dice que Dios sea más veraz que nosotros, como si fuera cuestión de grados. Traza una línea: de un lado la verdad, del otro todos nosotros. Y para respaldarlo cita al salmista, un hombre desnudado por su propio pecado, que confiesa que Dios queda justificado en sus dichos y vence cuando se le juzga. La incredulidad humana no toca la verdad de Dios; solamente la deja al descubierto.
El corazón
Detente en esa palabra: mentiroso. No dice «equivocado», ni «limitado», ni «bienintencionado pero frágil». El griego que Pablo emplea aquí, pseustēs, es la misma raíz que usaría para el engaño deliberado. Y sin embargo no lo dice con desprecio, sino como quien pronuncia un diagnóstico que también le incluye a él. Ahí está el corazón de esta línea: la fidelidad de Dios no depende de nuestra respuesta. Si dependiera, sería un contrato, y los contratos se rompen cuando una parte falla. Lo que Pablo defiende es algo más antiguo y más firme: un Dios que sigue siendo verdadero frente a un mundo que no lo es. Nota además la extraña vuelta del versículo: Dios queda «justificado en sus dichos» y vence «cuando de ti se juzgare». Dios permite ser juzgado. Se somete al tribunal humano y sale de él siendo el único justo.
El hilo conductor
La cita del salmo viene de la boca de David después de Betsabé, cuando ya no le queda nada que alegar. Ese es el suelo desde donde Pablo construye: la verdad de Dios brilla precisamente donde el hombre se derrumba. Y es la misma dirección en que apunta todo el capítulo. Unos versículos más adelante llegará el «no hay justo, ni aun uno», y después, sin transición amable, el «mas ahora» del versículo 21. Si el versículo 4 no fuera cierto, ese «mas ahora» sería imposible. Solo un Dios que permanece verdadero cuando todos mienten puede después presentar a Cristo «en propiciación por la fe en su sangre». La cruz es el lugar donde Dios es juzgado por hombres mentirosos y vence, exactamente como dice el salmo. El versículo 4 es la semilla; el Gólgota, el árbol.
El espejo
Piensa en la última vez que oraste con una fe que sabías fingida. O en esa promesa que le hiciste a Dios en un hospital y que olvidaste tres semanas después. Nuestra tendencia inmediata es concluir que, si nosotros fallamos, la relación entera queda invalidada; que Dios se retiró cuando nosotros nos retiramos. Este versículo desarma esa lógica, pero no con un consuelo barato. Primero te llama mentiroso. Y solo entonces te dice que eso no altera nada en Dios. Hay una libertad terrible ahí: dejar de sostener la fidelidad divina con nuestra sinceridad intermitente. Hoy, antes de dormir, di en voz alta y sin adornos una sola frase que le hayas dicho a Dios y no hayas cumplido, y termina con estas palabras del texto: «sea Dios verdadero». Nada más. No añadas promesas nuevas.
El protagonista
El protagonista de este versículo es Dios, pero un Dios en una postura extraña: en el banquillo. Pablo no lo presenta arriba, inaccesible, dictando sentencias desde una nube. Lo presenta como alguien de quien se juzga, alguien cuya palabra ha sido puesta en duda por su propio pueblo. Y no responde con un rayo. Responde permaneciendo. Su victoria no es de fuerza, sino de constancia: vence porque cuando todos los testimonios se han desmoronado, el suyo sigue en pie. Hay algo casi silencioso en esa manera de ganar. Uno esperaría que la santidad de Dios se defendiera aplastando al acusador. En cambio, se defiende siendo verdadera. Esa es la textura del Dios que conoceremos plenamente en Jesús ante Pilato: callado, juzgado, y sin embargo el único que dice verdad en toda la sala.
El intertexto
Vale la pena poner al lado la palabra de Números 23: «Dios no es hombre, para que mienta». Es la misma antítesis, pronunciada siglos antes por boca de un profeta contratado para maldecir a Israel y que no pudo. Allí, como aquí, la verdad de Dios se impone contra la voluntad humana, incluso a través de instrumentos indignos. Y el contraste más duro está a solo unas líneas de nuestro versículo: «Sepulcro abierto es su garganta; con sus lenguas tratan engañosamente». Pablo no deja el «todo hombre mentiroso» como abstracción teológica; lo aterriza en la boca, en el habla cotidiana, en lo que decimos de otros cuando no nos oyen. La mentira humana no es un defecto filosófico. Es algo que sale de nuestra garganta cada día.
La pregunta
Si nuestra infidelidad no daña la verdad de Dios, ¿por qué importa lo que hagamos? Pablo intuye la objeción y la enfrenta dos versículos después: «Hagamos males para que vengan bienes». La rechaza, pero, honestamente, no la resuelve del todo. Dice que esa condenación es justa y sigue adelante. Queda un hueco. Quizá el hueco es intencional. Quizá quien pregunta «entonces, ¿puedo pecar tranquilo?» ha revelado ya que no ha entendido nada de la fidelidad que acaba de contemplar. Uno no sale de un tribunal donde ha sido absuelto por la constancia de otro preguntándose cuánto puede abusar de ella. Sale callado. La verdad de Dios no nos deja indiferentes ni nos da permiso; nos deja sin argumentos, que es exactamente lo que el versículo 19 llama tener la boca tapada.
Reflexión
¿Dónde, en tu historia con Dios, has confundido tu propia inconstancia con el silencio o la retirada de él?
Si Dios «vence cuando de él se juzgare», ¿qué acusación le tienes pendiente y todavía no te has atrevido a formular en voz alta delante de él?
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Preguntas frecuentes sobre Romans 3:4
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
¿Qué significa Romanos 3:4?
¿De qué trata Romanos 3:4?
¿Cuál es el contexto histórico de Romanos 3:4?
¿Qué nos enseña Romanos 3:4 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Romanos 3:4 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Romans 3
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Gracias porque cuando "todos se apartaron", Tú no te apartaste de mí. Aunque no hay quien haga lo bueno, ni aun uno, tu amor vino a buscarme sin esperar que yo mejorara. Gracias por la gracia que me alcanzó estando yo perdido y sin nada bueno que ofrecerte.
Gracias porque no nos dejaste a ciegas: a tu pueblo le fueron confiados los oráculos de Dios, y hoy esa misma palabra llega a mis manos. Gracias por cada página que puedo abrir, leer y creer, sabiendo que viene de ti y no falla.
No hay quien entienda, No hay quien busque á Dios." Duele leerlo, porque uno cree que llegó a Dios por iniciativa propia. Pero si nadie lo busca, entonces el día que despertaste con hambre de Él, fue porque Él ya te había buscado primero. Tu fe no es tu mérito, es su rescate.
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