Romanos 1:16
El texto
Pablo acaba de decir que está en deuda con griegos y con bárbaros, con sabios y con no sabios, y que por eso está listo para anunciar el evangelio también en Roma. Entonces llega la frase que sostiene toda la carta: "Porque no me avergüenzo del evangelio: porque es potencia de Dios para salud á todo aquel que cree; al Judío primeramente y también al Griego." Tres afirmaciones encadenadas: no hay vergüenza, porque hay poder, y ese poder salva a quien cree, sin excepción de origen. Es una confesión y a la vez una defensa. Alguien que de verdad no siente vergüenza rara vez necesita decirlo en voz alta. Pablo lo dice. Y la frase queda temblando entre la valentía y la herida.
El núcleo
Detengámonos en la palabra "potencia". En griego es dýnamis, fuerza efectiva, capacidad de hacer algo. Pablo no dice que el evangelio hable del poder de Dios, ni que lo explique, ni que lo prometa. Dice que lo es. El mensaje no es un informe sobre una salvación ocurrida en otro lugar; es el lugar donde esa salvación ocurre. Palabras pronunciadas por un hombre cansado en una ciudad hostil, y en ellas Dios actuando. Eso es escandaloso, y conviene no domesticarlo demasiado rápido. ¿Por qué elegiría Dios un medio tan frágil, tan dependiente de voces humanas que tartamudean y se equivocan? El texto no lo explica. Solo afirma que así es, y añade la única condición: "todo aquel que cree". No el que entiende, no el que merece. El que cree.
El hilo conductor
"Al Judío primeramente y también al Griego." Ese orden no es cortesía, es historia. Primero hubo una promesa hecha a un pueblo pequeño, luego profetas, luego, como Pablo ya dijo en el versículo dos, unas "santas Escrituras" que anunciaban por adelantado lo que iba a venir. El evangelio no cae del cielo sin raíces; brota de un suelo trabajado durante siglos. Y al mismo tiempo rompe la cerca: "todo aquel que cree". Lo que Israel guardó se derrama ahora sobre los griegos, sobre los bárbaros, sobre los que no tienen genealogía santa ni templo ni ley. Pablo sostiene las dos cosas a la vez, la prioridad y la universalidad, sin resolver la tensión. Quizá porque la fidelidad de Dios a los suyos es precisamente lo que garantiza que su gracia alcance a los demás.
El espejo
Nadie se avergüenza de lo que le da prestigio. Pablo nombra la vergüenza porque conoce el peso de hablar de un crucificado ante gente culta. Y usted lo conoce también: en la sala de profesores, en la cena de empresa, en el grupo de amigos donde todo se puede decir menos esto. No es miedo a la persecución; es algo más fino, el temor a parecer ingenuo, a que la fe lo vuelva pequeño a los ojos de quienes respeta. Se nota en el silencio calculado, en el chiste con que suavizamos la convicción, en la frase "bueno, para mí funciona". Pero fíjese en el argumento de Pablo: no se avergüenza porque el evangelio tiene poder propio. La vergüenza nace cuando creemos que todo depende de cómo quedemos nosotros. Hoy, en voz alta y a solas, diga el nombre de una persona ante la cual ha callado y añada: "No me avergüenzo del evangelio delante de ella."
El intertexto
Jesús dijo algo que vuelve incómoda esta palabra: "El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del hombre cuando viniere en su gloria" (Lucas 9:26). La vergüenza es recíproca, y eso le da a la frase de Pablo un filo que no se percibe a primera lectura. No está haciendo alarde; está respondiendo a una advertencia. El otro eco está en el versículo siguiente, donde cita a Habacuc: "Mas el justo vivirá por la fe." Pablo no inventa la condición de creer; la encuentra escrita en un profeta que vivía bajo amenaza de invasión y no veía nada del poder de Dios. También él tuvo que apoyarse en una palabra sin pruebas visibles. El evangelio no cambia ese modo de vivir, lo cumple.
Contexto
Pablo escribe desde Corinto, hacia el año 57, a una iglesia que no fundó y que no lo conoce. Roma es la capital del mundo conocido: desfiles militares, templos, la dynamis del César grabada en piedra. En esa ciudad el poder tiene una forma muy concreta, y no se parece en nada a un predicador judío que habla de un ejecutado por Roma. La comunidad cristiana allí es mixta y tensa; los judíos habían sido expulsados años antes y regresaban a congregaciones ya gobernadas por gentiles. Por eso "al Judío primeramente y también al Griego" no es un adorno retórico, sino una línea cargada de conflicto interno. Pablo escribe a gente que discute sobre quién tiene prioridad en la casa de Dios.
La pregunta
Si el evangelio es potencia de Dios, ¿por qué tan a menudo no parece potente? Predicamos, enseñamos, acompañamos, y vemos corazones que no se mueven, hijos que se van, iglesias que se vacían. La tentación es explicar la debilidad: faltó método, faltó oración, faltó sinceridad. A veces es verdad. Pero el texto no ofrece esa salida. Dice que el poder está en el evangelio, no en nuestra administración de él, y deja sin responder por qué ese poder actúa aquí y allí no. Pablo mismo fue "estorbado" durante años en su deseo de llegar a Roma. El poder de Dios tiene ritmos que no controlamos y que tampoco nos explica. Quedarse en esa pregunta sin cerrarla es, quizá, parte de creer.
Reflexión
¿Ante quién, concretamente, suavizo el evangelio, y qué temo perder si dejo de hacerlo?
Si el poder está en el mensaje y no en mí, ¿qué cambia en la manera en que hablo de Cristo y en lo que espero después de hablar?
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Preguntas frecuentes sobre Romans 1:16
Respuestas breves a las preguntas más comunes sobre este pasaje bíblico.
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¿Cuál es el contexto histórico de Romanos 1:16?
¿Qué nos enseña Romanos 1:16 sobre el carácter de Dios?
¿Por qué Romanos 1:16 sigue siendo relevante hoy?
Lo que la comunidad comparte sobre Romans 1
Reflexiones, oraciones y acciones de gracias de los lectores y del equipo editorial sobre este pasaje.
Padre, cuesta creer que me llamas amado cuando yo apenas me soporto algunos días. Enséñame a vivir desde ese cariño tuyo y no desde mis logros. Tu gracia me alcanza, tu paz me sostiene, y hoy quiero descansar ahí.
Gracias porque el evangelio no se quedó entre los sabios: Pablo se declaró deudor "á Griegos y á bárbaros, á sabios y á no sabios", y en ese "no sabios" cabía yo. Gracias por cada persona que sintió esa deuda y me trajo la noticia de Cristo.
Pablo ora "si al fin algún tiempo haya de tener, por la voluntad de Dios, próspero viaje para ir á vosotros". Y llegó a Roma, sí, pero encadenado y después de un naufragio. Dios le dio el destino, no el itinerario que él imaginaba. ¿Y si esa oración tuya que parece sin respuesta ya va en camino, solo que por otra ruta?
Primeramente, doy gracias á mi Dios por Jesucristo acerca de todos vosotros, de que vuestra fe es predicada en todo el mundo." Pablo nunca los había visto, y aun así empieza dando gracias por ellos. No con consejos, no con correcciones: con gratitud. Y algo más callado: la fe de esa gente viajaba sola, sin que ellos la anunciaran. ¿Qué se cuenta de tu fe en los lugares donde tú no estás?
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