Personaje bíblico

¿Quién fue el rey Saúl en la Biblia?

Introducción

El día de su coronación, el hombre más alto de Israel estaba escondido detrás del equipaje. Todo el pueblo se había reunido en Mizpa, las tribus habían pasado una por una, la suerte había caído sobre él, y cuando llegó el momento de presentarse, no apareció. Tuvieron que preguntarle a Dios dónde estaba: "He aquí que él está escondido entre el bagaje" (1 Samuel 10:22). Lo sacaron de allí, lo pusieron en medio, y el pueblo gritó: ¡Viva el rey! Así comenzó el reinado de Saúl, el primer rey de Israel: un hombre a quien había que empujar al centro, y que después no sería capaz de salir de él.

En esta página vas a recorrer su vida completa, desde los asnos perdidos de su padre hasta la montaña de Gilboa, sin suavizar sus caídas ni ignorar sus momentos nobles. Y vas a descubrir por qué su historia, que parece el fracaso más triste del Antiguo Testamento, sigue hablándole con una precisión incómoda a cualquiera que hoy vive pendiente de lo que los demás piensan.

El enfoque de esta guía

Casi todos los resúmenes dicen que Saúl cayó por desobediente. Es verdad, pero es demasiado general. Aquí seguiremos un hilo más fino: Saúl fue el rey que nunca dejó de mirar al pueblo. Se escondió por vergüenza, sacrificó por impaciencia ante la gente que se le dispersaba, perdonó al rey amalecita porque "temí al pueblo" (1 Samuel 15:24), pidió a Samuel que lo honrara delante de los ancianos, levantó un monumento con su propio nombre y murió pidiendo una espada para que los filisteos no se burlaran de él. Desde el primer capítulo hasta el último, su brújula fue la mirada ajena. Esa adicción a la aprobación es el nervio de su tragedia, y es también el espejo que nos pone delante.

¿Qué dice la Biblia sobre el rey Saúl?

La historia de Saúl empieza antes de que él aparezca, con una petición. Israel, cansado de los jueces y de los hijos corruptos de Samuel, exige: "constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como todas las gentes" (1 Samuel 8:5). La frase clave es la última. No pedían un rey, pedían ser como los demás. Dios le responde a Samuel con una tristeza que desarma: "porque no te han desechado á ti, sino á mí me han desechado, para que no reine sobre ellos" (1 Samuel 8:7). Saúl nace políticamente de un deseo de imitar a las naciones, y nunca se librará del todo de esa herencia.

El retrato físico llega enseguida: "Y tenía él un hijo que se llamaba Saúl, mancebo y hermoso, que entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él; del hombro arriba sobrepujaba á cualquiera del pueblo" (1 Samuel 9:2). Es significativo que lo primero que la Escritura nos dice de él sea cómo se veía. Un pueblo que quería un rey "como las gentes" recibió exactamente el rey que cualquiera habría elegido: alto, atractivo, imponente. Dios les dio lo que pedían, y en ese mismo acto les mostró lo poco que vale lo que pedían.

Saúl aparece buscando unas asnas perdidas de su padre Cis, de la pequeña tribu de Benjamín. Cuando Samuel lo honra, él protesta con sinceridad: "¿No soy yo hijo de Benjamín, de las más pequeñas tribus de Israel?" (1 Samuel 9:21). Esa humildad inicial era real. Y sin embargo, la humildad que depende de la opinión ajena se convierte con el tiempo en orgullo, porque ambas cosas se alimentan del mismo plato.

Entonces viene la unción, el momento fundacional: "Tomando entonces Samuel una ampolla de aceite, derramóla sobre su cabeza, y besólo, y díjole: ¿No te ha ungido Jehová por capitán sobre su heredad?" (1 Samuel 10:1). Fíjate en el detalle: Israel es "su heredad", la heredad de Dios. Saúl no recibe un reino propio, recibe un encargo sobre algo que pertenece a otro. Ser rey en Israel nunca significó ser dueño; significaba ser administrador del pueblo del Señor bajo la palabra del Señor. Todo el drama posterior se resume en que Saúl empezó a tratar la heredad de Dios como si fuera su propia reputación.

Dios acompaña esa unción con una promesa impresionante: "Y el espíritu de Jehová te arrebatará, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre" (1 Samuel 10:6). Saúl recibió un corazón nuevo, señales confirmatorias, el Espíritu sobre él y un profeta a su lado. Nadie empezó mejor equipado. Lo cual hace que su caída no se explique por falta de recursos espirituales, sino por una lealtad dividida.

Su mejor momento llega poco después. Najas el amonita amenaza con sacarle el ojo derecho a cada habitante de Jabes de Galaad, y cuando Saúl escucha la noticia, el Espíritu de Dios viene sobre él con furor, convoca a Israel y libera la ciudad (1 Samuel 11). Allí fue un rey verdadero: indignado por el mal, movido por Dios, generoso con los que lo habían despreciado, pues se negó a ejecutar a quienes antes lo habían menospreciado. Esa victoria consolidó su reino en Gilgal. Y es justo decirlo: durante años Saúl peleó contra los enemigos de Israel por todos lados, dio estabilidad militar a un pueblo desarmado y crió a un hijo, Jonatán, cuya fe y valentía siguen siendo de las más hermosas de la Biblia. El Nuevo Testamento recuerda su reinado sin sarcasmo: "Y entonces demandaron rey; y les dió Dios á Saúl, hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años" (Hechos 13:21). Cuarenta años. No fue un accidente breve; fue una generación entera.

El hilo que recorre la Biblia

Saúl no es una anécdota aislada; es un eslabón en una cadena larga. Desde Génesis, Dios había prometido reyes a Abraham, y Jacob había anunciado que el cetro no se apartaría de Judá (Génesis 49:10). Deuteronomio 17 ya contemplaba un rey para Israel, con una condición curiosa: que escribiera para sí una copia de la ley y la leyera todos los días. Es decir, el rey de Israel debía ser, antes que nada, un lector obediente. Saúl fracasa exactamente en ese punto y por eso su reino no echa raíz.

Cuando Samuel lo confronta, el veredicto es tan claro como doloroso: "Entonces Samuel dijo á Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios, que él te había intimado; porque ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu reino no será durable: Jehová se ha buscado varón según su corazón, al cual Jehová ha mandado que sea capitán sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó" (1 Samuel 13:13-14). Ese "varón según su corazón" es David, y a través de David llegamos a la promesa del trono eterno en 2 Samuel 7, a los salmos mesiánicos y finalmente al Hijo de David que nace en Belén.

Los profetas leyeron esta historia con dureza. Oseas pone en boca de Dios una frase tremenda sobre la monarquía nacida del capricho popular: "Díte rey en mi furor, y quitélo en mi ira" (Oseas 13:11). Dios concede a veces lo que pedimos para enseñarnos lo que realmente necesitábamos.

El puente al Nuevo Testamento es más sorprendente de lo que parece. En Antioquía de Pisidia, un predicador judío repasa la historia de Israel y menciona a Saúl y luego a David: "He hallado á David, hijo de Jessé, varón conforme á mi corazón, el cual hará todo lo que yo quiero" (Hechos 13:22). Ese predicador era Pablo, que se llamaba Saulo, y que también era "del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín" (Filipenses 3:5). Dos Saúles benjamitas, los dos obsesionados en algún momento con la aprobación de su gente, los dos perseguidores de un ungido del Señor. Pero uno murió sobre su propia espada defendiendo su honor, y el otro escribió: "¿ó busco de agradar á hombres? Cierto, que si todavía agradara á los hombres, no sería siervo de Cristo" (Gálatas 1:10). La diferencia entre ambos no fue el temperamento, fue el encuentro con Cristo en el camino.

Y aquí culmina todo. Juan describe a quienes creyeron en Jesús pero no lo confesaron: "Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios" (Juan 12:43). Esa es la enfermedad de Saúl, diagnosticada por el evangelio. Frente a él está el Rey verdadero, que no se hizo "de ninguna reputación", que fue escarnecido en una cruz sin pedir una espada para evitarlo, y que precisamente por no buscar la gloria humana recibió el nombre que es sobre todo nombre.

El corazón de su vida

Tres escenas concentran todo lo que Saúl fue y dejó de ser.

Gilgal, cuando el pueblo se le dispersaba. Los filisteos se reunían como la arena del mar y los soldados de Saúl huían a esconderse en cuevas. Samuel había señalado siete días para venir y ofrecer los sacrificios. El séptimo día, viendo que la gente se le iba de las manos, Saúl ofreció el holocausto él mismo. Y aquí está el detalle que suele pasarse por alto: su explicación no fue teológica sino social. "Viendo que el pueblo se me iba", dijo. No lo movió el hambre de Dios, lo movió el pánico de quedarse solo delante de testigos. Samuel responde con 1 Samuel 13:13-14. Perdió un reino eterno por no aguantar unas horas más la presión de una multitud nerviosa.

Amalec, cuando el botín se veía demasiado bien. Dios ordena destruir totalmente a Amalec, aquel pueblo que había atacado a Israel por la espalda en el desierto. Saúl obedece el noventa por ciento: mata a todos, pero perdona al rey Agag y lo mejor del ganado. Cuando Samuel llega, Saúl lo saluda diciendo que ha cumplido la palabra de Dios, mientras los balidos de las ovejas lo delatan de fondo. Entonces cae la sentencia que resume toda la fe bíblica: "Y Samuel dijo: ¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer á las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros" (1 Samuel 15:22). Y la confesión de Saúl desnuda su alma: "porque temí al pueblo, consentí á la voz de ellos" (1 Samuel 15:24). Peor aún es lo que pide después: "ruégote que me honres delante de los ancianos de mi pueblo". No pidió perdón, pidió una foto. Antes de todo eso, se había levantado un monumento con su nombre en el Carmelo (1 Samuel 15:12).

La obediencia a medias es desobediencia con buenos modales.

Endor y Gilboa, cuando ya no había nadie que aplaudiera. El rechazo divino se hace experiencia interior: "Y el espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y atormentábale el espíritu malo de parte de Jehová" (1 Samuel 16:14). Comienzan los celos contra David, las lanzas arrojadas, la persecución obsesiva, la matanza de ochenta y cinco sacerdotes en Nob, el silencio de Dios: "mas Jehová no le respondió, ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas" (1 Samuel 28:6). Desesperado, el rey que había expulsado a los adivinos se disfraza y va de noche a consultar a una médium. Al día siguiente, herido en el monte Gilboa, pronuncia sus últimas palabras: "Entonces dijo Saúl á su escudero: Saca tu espada, y pásame con ella, porque no vengan estos incircuncisos, y me pasen, y me escarnezcan. Mas su escudero no quería, porque tenía gran temor. Entonces tomó Saúl la espada, y echóse sobre ella" (1 Samuel 31:4). Murió como vivió: calculando cómo lo verían los demás.

Lo que aprendemos de Saúl

Primero: lo que Dios mira no es lo que impresiona. El pueblo eligió una estatura; Dios escogería después a un pastorcito que ni siquiera habían llamado a la mesa. "Porque Jehová mira no lo que el hombre mira; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón" (1 Samuel 16:7). Vivimos en una cultura de perfiles, filtros y primeras impresiones, y seguimos eligiendo líderes, parejas y proyectos por la altura de los hombros. La historia de Saúl es la advertencia más larga de la Biblia contra confiar en lo visible, incluido lo visible de uno mismo.

Segundo: Dios prefiere tu obediencia antes que tus ofrendas. Saúl siempre tenía un acto religioso listo para tapar un acto de desobediencia. Ofreció sacrificios cuando debía esperar, guardó animales "para sacrificar a Jehová" cuando debía destruirlos, pidió adorar junto a Samuel cuando ya había sido rechazado. La religiosidad puede funcionar como maquillaje. 1 Samuel 15:22 corta por lo sano: Dios no negocia tu obediencia a cambio de tu actividad espiritual. Dar, cantar, asistir y servir no compensan un área de tu vida donde sabes perfectamente que le estás diciendo que no.

Tercero: el temor a las personas es una cárcel, y el temor de Dios es la llave. Saúl no era un ateo ni un cínico; era un hombre atrapado. Temía al pueblo, temía a David, temía a los filisteos, temía la burla. Proverbios lo dice sin rodeos: el temor del hombre pone lazo. Lo trágico es que, por intentar conservar el respeto de todos, terminó perdiéndolo todo, incluso el respeto de sí mismo. La libertad empieza el día que decides que hay una sola Persona cuya opinión organiza tu vida.

Y conviene añadir algo que la Escritura no esconde: Saúl tuvo nobleza. Perdonó a quienes lo despreciaron al principio, rescató a Jabes de Galaad, y los hombres de esa ciudad arriesgaron la vida para rescatar su cuerpo y darle sepultura. David compuso un lamento por él y prohibió que lo celebraran. Ninguna vida es solamente su fracaso.

El espejo

Tú también tienes un público en la cabeza. Puede ser tu jefe, tu suegra, el grupo de la iglesia, los compañeros de la universidad, los seguidores de tu perfil, o un padre que lleva veinte años muerto y sigue evaluándote. Pregúntate con honestidad qué decisiones de tu vida actual están tomadas pensando en esa audiencia invisible. El auto que no podías pagar. La deuda que asumiste para no parecer menos. El sí que diste a un trabajo que está devorando a tu familia porque decir que no sonaba a fracaso. La opinión que no expresaste en la reunión porque todos estaban del otro lado.

Saúl no cayó un día; cayó en cámara lenta, mientras todos lo aplaudían. Así se cae casi siempre. Nadie decide traicionar a Dios; simplemente se adelanta unas horas al plazo, se queda con lo mejor del botín, le sonríe al profeta y sigue adelante. Mientras tanto, por dentro, el alma se va secando y la presencia que antes se sentía deja de notarse, y uno sigue haciendo los gestos religiosos para que nadie sospeche.

Si estás ahí, escucha esto: el problema de Saúl nunca fue que fallara, fue que cada vez que lo confrontaron eligió salvar su imagen en lugar de abrir su corazón. David cometió pecados peores, mucho peores, y la diferencia estuvo en el Salmo 51, en un hombre deshecho que no pidió que lo honraran delante de los ancianos, sino que lo limpiaran delante de Dios.

Hay un lugar donde puedes dejar de actuar. Donde no necesitas gestionar lo que los demás piensan de ti porque ya fuiste visto por completo, hasta el fondo, y amado de todos modos. Esa es la gracia que Saúl nunca se permitió recibir, y que hoy tienes delante.

Explicado para niños

A los niños les fascina la historia de Saúl porque empieza con un chico buscando los burros perdidos de su papá y termina con una batalla en una montaña. Para los más pequeños, lo esencial cabe en pocas frases: Saúl fue el primer rey de Israel, era el más alto y guapo de todos, pero ser alto no es lo mismo que ser bueno. Dios le dijo cosas claras y Saúl obedecía solo cuando le convenía, un poquito sí y un poquito no. Y la obediencia a medias no es obediencia. Por eso Dios buscó otro rey, uno con buen corazón, que se llamaba David.

Con niños mayores se puede avanzar hacia la pregunta más honesta: ¿por qué Saúl desobedecía si sabía lo que Dios quería? Porque le daba miedo lo que la gente pensara de él. Esa conversación conecta directamente con la vida escolar, con las burlas, con el grupo de amigos que presiona. Y para adolescentes, Saúl es un caso de estudio sobre la reputación, la envidia y la soledad del que vive actuando.

En Faith.network encontrarás explicaciones específicas de esta historia adaptadas por edades, pensadas para niños de preescolar (3 a 6 años), para edad escolar (7 a 12) y para adolescentes (12 en adelante), con un lenguaje, un enfoque y unas preguntas distintas para cada etapa. Contar bien esta historia a un niño es regalarle una vacuna temprana contra una enfermedad que afecta a casi todos los adultos.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue el rey Saúl en la Biblia?

Saúl fue el primer rey de Israel, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, ungido por el profeta Samuel alrededor del año 1050 antes de Cristo. Su historia ocupa casi todo el libro de 1 Samuel, desde el capítulo 9 hasta el 31. Fue un guerrero valiente que libró a Israel de amonitas y filisteos, pero perdió la aprobación de Dios por desobedecer sus mandatos en dos ocasiones decisivas. Murió por su propia mano en el monte Gilboa junto a tres de sus hijos, y el trono pasó a David.

¿Cuántos años reinó el rey Saúl?

El Nuevo Testamento da la cifra expresamente: "Y entonces demandaron rey; y les dió Dios á Saúl, hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años" (Hechos 13:21). Algunos estudiosos piensan que esos cuarenta años pueden incluir el breve reinado de su hijo Is-boset, o que funcionan como una cifra redonda típica del lenguaje bíblico. En cualquier caso, hablamos de un reinado largo, de toda una generación, y no de un experimento fugaz. Eso hace su declive aún más doloroso: tuvo décadas para rectificar.

¿Por qué Dios rechazó a Saúl como rey?

Hubo dos episodios concretos. En Gilgal ofreció un sacrificio que no le correspondía, impaciente porque Samuel tardaba y el ejército se le dispersaba (1 Samuel 13). Después, perdonó al rey Agag y lo mejor del ganado amalecita cuando Dios había ordenado destruirlo todo (1 Samuel 15). En ambos casos la raíz fue la misma: puso la presión del pueblo por encima de la palabra de Dios, y luego intentó justificarse en lugar de arrepentirse. Samuel resumió el veredicto diciendo que obedecer es mejor que los sacrificios.

¿Qué significa que un espíritu malo de parte de Jehová atormentaba a Saúl?

El texto dice: "Y el espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y atormentábale el espíritu malo de parte de Jehová" (1 Samuel 16:14). La Escritura enseña que Dios es soberano incluso sobre los espíritus que se oponen a él, de modo que nada ocurre fuera de su gobierno; permitió que ese espíritu afligiera a Saúl como juicio por su rebelión persistente. No significa que Dios sea autor del mal, ni que todo trastorno emocional tenga origen demoníaco. Es el retrato de un hombre que, al rechazar la voz de Dios, quedó expuesto a la oscuridad.

¿Perdió Saúl su salvación?

La Biblia no responde esa pregunta directamente, y conviene ser prudente. Lo que el texto afirma es que Saúl perdió su función como rey y la presencia capacitadora del Espíritu para gobernar, no que se describa su destino eterno. Su final, consultando a una médium y muriendo sin señales de arrepentimiento, es sombrío, y 1 Crónicas 10 atribuye su muerte a su rebelión. Al mismo tiempo, David lo lloró con honor y Dios juzgó duramente a quienes lo trataron con desprecio. Lo sabio es dejar el juicio final en manos del único que ve el corazón.

¿Cuál es la diferencia entre el rey Saúl y Saulo de Tarso?

Son dos personas distintas, separadas por unos mil años. El rey Saúl fue el primer monarca de Israel; Saulo de Tarso fue el fariseo que perseguía a la iglesia y que, tras encontrarse con Jesús camino a Damasco, se convirtió en el apóstol Pablo. Comparten el nombre y la tribu de Benjamín, y es muy probable que los padres de Saulo lo nombraran así en honor al rey. El contraste resulta elocuente: uno vivió esclavo de la opinión ajena, el otro escribió que agradar a los hombres y servir a Cristo son incompatibles.

¿Fue Saúl un hombre malo desde el principio?

No. Comenzó con una humildad genuina, preguntando por qué Samuel lo honraba siendo de la tribu más pequeña (1 Samuel 9:21), y se escondió el día de su proclamación. Dios le dio un corazón nuevo y su Espíritu, y su primera gran acción como rey fue liberar a Jabes de Galaad movido por indignación santa, perdonando además a quienes lo habían despreciado. Su deterioro fue gradual, alimentado por la impaciencia, la inseguridad y la necesidad de aprobación. Esa es precisamente la razón por la que su historia resulta tan inquietante.

¿Por qué Saúl perseguía a David si eran familia?

David era su yerno, casado con su hija Mical, y su mejor músico y general. La ruptura empezó con un cántico popular: "Saúl hirió sus miles, y David sus diez miles" (1 Samuel 18:7). Saúl entendió que estaba perdiendo el primer lugar en el afecto del pueblo, y esa herida se convirtió en obsesión. Los celos crecieron hasta el punto de arrojarle lanzas, perseguirlo por el desierto durante años y masacrar a los sacerdotes de Nob por haberle dado pan. Es la historia de un hombre destruido por comparaciones.

¿Qué pasó en Endor con la adivina?

En vísperas de la batalla final, Dios ya no le respondía "ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas" (1 Samuel 28:6). Desesperado, Saúl se disfrazó y fue de noche a consultar a una mujer que practicaba la nigromancia, una práctica que él mismo había prohibido conforme a la ley. Apareció la figura de Samuel, que no le trajo consuelo sino la confirmación de su condena y el anuncio de su muerte al día siguiente. El episodio muestra hasta dónde puede llegar alguien que busca respuestas sin querer obedecer.

¿Cómo murió el rey Saúl?

En el monte Gilboa, derrotado por los filisteos, sus tres hijos muertos, Jonatán entre ellos, y él mismo gravemente herido por los arqueros. Pidió a su escudero que lo rematara "porque no vengan estos incircuncisos, y me pasen, y me escarnezcan", y al negarse este, "tomó Saúl la espada, y echóse sobre ella" (1 Samuel 31:4). Los filisteos colgaron su cuerpo en el muro de Bet-san, y los valientes de Jabes de Galaad, aquella ciudad que él había salvado cuarenta años antes, viajaron de noche para rescatar sus restos.

¿Qué lecciones nos deja hoy la vida del rey Saúl?

Tres sobre todo. Que Dios evalúa el corazón y no la apariencia, por impresionante que sea el currículum. Que la obediencia parcial, acompañada de abundante actividad religiosa, sigue siendo desobediencia a los ojos de Dios. Y que el miedo a lo que la gente piense es capaz de arruinar un llamado entero, porque convierte la reputación en el ídolo que ocupa el lugar del Señor. Su vida funciona como advertencia, pero también como invitación: la salida que él no tomó, el arrepentimiento sincero, sigue abierta hoy.

¿Dónde se habla del rey Saúl en el Nuevo Testamento?

La mención más directa está en el discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia, en Hechos 13:21, donde se recuerda que el pueblo pidió rey y Dios les dio a Saúl por cuarenta años, antes de levantar a David como varón conforme a su corazón. Es un detalle precioso: Pablo coloca a Saúl dentro de la línea histórica que desemboca en Jesús, el Salvador prometido de la descendencia de David. El fracaso del primer rey no detuvo el plan de Dios; sirvió para dejar claro qué clase de Rey necesitábamos realmente.

Para cerrar

La tumba de Saúl quedó en Jabes de Galaad, bajo un árbol, cuidada por gente agradecida que recordaba su mejor día. Ojalá nos quedáramos con esa imagen y no solo con la montaña de Gilboa. Pero la lección central de su vida sigue siendo incómoda y necesaria: puedes tener la unción, el llamado, el don, la plataforma y el aplauso, y aun así perderlo todo si tu brújula interior apunta hacia la mirada de la gente en lugar de la voz de Dios.

Si quieres seguir el hilo, lee 1 Samuel completo de una sentada, con un cuaderno al lado, anotando cada vez que Saúl menciona al pueblo, la vergüenza o el honor. Verás el patrón con una claridad que ningún comentario puede darte. Después lee el Salmo 51 y pregúntate qué habría pasado si Saúl hubiera orado así.

Y termina mirando a Jesús. El Rey que no vino de la tribu de Benjamín sino de Judá, que no sobrepujaba a nadie del hombro arriba, que fue escarnecido sin pedir una espada que lo protegiera, y que por eso puede liberarte hoy de la tiranía de la aprobación ajena. Delante de él ya fuiste visto por completo, y amado igualmente.

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