El libro de Colosenses explicado
Introducción
Imagina una ciudad pequeña, en decadencia, a unos ciento sesenta kilómetros tierra adentro desde Éfeso. No es Corinto ni Roma. Nadie escribe crónicas sobre ella. Allí, en Colosas, un grupo de creyentes se reúne en la casa de un tal Filemón, y han empezado a sentir una inquietud muy concreta: ¿será que nos falta algo? Vienen maestros con propuestas atractivas, visiones de ángeles, calendarios sagrados, dietas, disciplinas severas, un conocimiento más profundo. Nadie les dice que Jesús esté equivocado. Les dicen que Jesús es el comienzo, y que ahora toca avanzar hacia lo verdaderamente espiritual.
Pablo, preso y encadenado, escucha el informe y toma la pluma. Lo que escribe es una de las declaraciones más altas sobre Cristo en toda la Biblia. En esta guía vas a recorrer la carta entera: quién la escribió, cuándo, contra qué, cómo está construida, qué dicen sus versículos centrales y cómo leerla tú mismo sin perderte.
El enfoque de esta guía
Colosenses no se escribió contra quienes negaban a Cristo, sino contra quienes querían añadirle cosas. Ese es el ángulo desde el que leeremos la carta: el problema de Colosas no era la sustracción, era la suma. Y la respuesta de Pablo no es «defiéndanse mejor», sino «miren bien a quién tienen». Por eso la carta no arranca con argumentos sino con un himno a la grandeza de Cristo. Leeremos cada sección preguntando lo mismo que preguntaba Pablo: ¿qué le estoy añadiendo a Cristo para sentirme aceptado, seguro o espiritual? Porque todo lo que le añadimos, en realidad, lo reemplaza.
Cristo más algo es siempre menos que Cristo.
¿Qué dice la Biblia sobre la carta a los Colosenses?
La carta se presenta sin ambigüedad: «Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo» (Colosenses 1:1). Pablo escribe desde la prisión, y lo recuerda al final con una frase que pesa: «Acordaos de mis prisiones» (Colosenses 4:18). La datación más aceptada la sitúa alrededor del año 60 al 62, durante el encarcelamiento romano descrito en Hechos 28, cuando el apóstol vivía bajo custodia y podía recibir visitas y enviar cartas. Junto a Colosenses viajaron Efesios y Filemón, llevadas por Tíquico y acompañadas por Onésimo, el esclavo fugitivo que volvía a casa convertido en hermano.
Lo notable es que Pablo nunca había estado allí. Él mismo lo dice: muchos «no han visto mi rostro en carne» (Colosenses 2:1). La iglesia había nacido por el ministerio de Epafras, uno de los suyos, probablemente alcanzado durante los dos años de enseñanza diaria en Éfeso (Hechos 19:10). Epafras viajó hasta la celda de Pablo con dos noticias: había amor y fe entre los colosenses, y había también una enseñanza nueva que estaba desplazando el centro.
¿Qué enseñaban aquellos maestros? La carta nos deja pistas suficientes. Hablaban de filosofía y tradición humana, de «elementos del mundo», de comidas y bebidas, de días de fiesta y lunas nuevas y sábados, de humildad forzada, de culto a los ángeles, de visiones, de un trato duro al cuerpo. Era una mezcla: algo de judaísmo ritual, algo de ascetismo, algo de especulación religiosa oriental. Y toda esa mezcla funcionaba con una promesa: hay un nivel superior, y Cristo solo te lleva hasta la puerta.
Pablo no responde con una lista de refutaciones. Responde con una persona. Escribe, en lo que probablemente era un himno ya conocido en las iglesias: «El cual es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura. Porque por él fueron criadas todas las cosas que están en los cielos, y que están en la tierra, visibles é invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue criado por él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten» (Colosenses 1:15-17). Fíjate en el detalle: esos «tronos», «dominios», «principados» y «potestades» son exactamente el vocabulario de los seres angélicos que los falsos maestros veneraban. Pablo no niega que existan. Dice algo más demoledor: fueron hechos por Cristo y existen para Cristo. Adorar a un ángel es adorar a un empleado mientras el Dueño está en la sala.
Después viene el golpe directo: «Mirad que ninguno os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme á los elementos del mundo, y no según Cristo: Porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Colosenses 2:8-9). Toda la plenitud. No una parte, no una emanación, no un reflejo. Y «corporalmente», es decir, en el Jesús concreto que nació, comió, sangró y resucitó. Si en él habita todo lo que Dios es, no queda nada fuera de él que un creyente pueda necesitar. Por eso Pablo añade que vosotros «estáis cumplidos en él» (Colosenses 2:10).
Y el misterio que Pablo tanto celebra no es un secreto reservado a iniciados, sino una realidad abierta a los paganos de un pueblo olvidado: «A los cuales quiso Dios hacer notorias las riquezas de la gloria de este misterio entre los Gentiles; que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria» (Colosenses 1:27). Los maestros vendían misterios. Pablo revela el único misterio verdadero, y lo da gratis.
El hilo que recorre la Biblia
Colosenses no cae del cielo. Cuando Pablo dice que todas las cosas fueron creadas por Cristo, está releyendo Génesis 1, donde Dios habla y el mundo aparece. Juan hará lo mismo: «En el principio era el Verbo» (Juan 1:1). Cuando lo llama «la imagen del Dios invisible», recoge el lenguaje de Génesis 1:26, donde el ser humano fue hecho a imagen de Dios; Cristo es la Imagen original, y nosotros, dice la carta, estamos siendo renovados «conforme á la imagen del que lo crió» (Colosenses 3:10). La restauración de la humanidad pasa por él.
Cuando habla de sabiduría escondida, está en la línea de Proverbios 8, donde la sabiduría estaba junto a Dios antes de la fundación del mundo. Los colosenses buscaban sabiduría secreta en otra parte, y Pablo señala a Cristo, «en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento» (Colosenses 2:3). Nada que buscar fuera; todo que descubrir dentro.
Cuando dice que los días de fiesta, las lunas nuevas y los sábados son «la sombra de lo por venir; mas el cuerpo es de Cristo» (Colosenses 2:17), está haciendo con el calendario de Levítico lo mismo que Hebreos hace con el tabernáculo. El Antiguo Testamento no era un error que hubo que corregir; era un boceto fiel que esperaba a su modelo. Nadie se queda abrazando la sombra cuando llega la persona.
Y cuando afirma que Cristo está «sentado á la diestra de Dios» (Colosenses 3:1), cita el salmo más repetido por los apóstoles, Salmos 110:1. La entronización prometida ya ocurrió. El Hijo del hombre de Daniel 7 recibió el dominio. Por eso Pablo puede hablar de la cruz como una victoria militar: «Y despojando los principados y las potestades, sacólos á la vergüenza en público, triunfando de ellos en sí mismo» (Colosenses 2:15).
Aquí vuelve nuestro ángulo. Toda la Escritura avanza hacia un centro, y ese centro no es una técnica espiritual ni un sistema de observancias, sino una persona que reconcilia «todas las cosas á sí, pacificando por la sangre de su cruz» (Colosenses 1:20). La historia bíblica no termina con un método; termina con un Rey. Añadirle algo a Cristo es, en realidad, retroceder en la historia de la salvación, volver a las sombras cuando ya salió el sol. Dentro del canon, Colosenses cumple una función precisa: es la carta que pone a Cristo en el centro del cosmos, de la iglesia y de la vida diaria, y que declara terminado el tiempo de los intermediarios.
Estructura y temas principales
La carta se divide con una limpieza casi arquitectónica: dos capítulos de doctrina y dos de vida, unidos por un eje. Lo que Cristo es determina lo que tú haces, y nunca al revés.
El primer bloque, Colosenses 1:1 al 2:5, es una celebración. Pablo agradece por la fe, el amor y la esperanza de los colosenses, ora para que sean llenos «del conocimiento de su voluntad» (Colosenses 1:9) y luego recuerda el rescate: «Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo; En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados» (Colosenses 1:13-14). De ahí pasa al himno de Colosenses 1:15-20, el corazón teológico de todo el escrito, donde Cristo aparece como señor de la creación y señor de la nueva creación, «la cabeza del cuerpo que es la iglesia», para que «en todo tenga el primado» (Colosenses 1:18). La sección termina con el ministerio de Pablo: sufre, trabaja y anuncia a Cristo «para que presentemos á todo hombre perfecto en Cristo Jesús» (Colosenses 1:28). Esa palabra «perfecto», o maduro, era precisamente lo que los falsos maestros prometían. Pablo les arrebata el vocabulario.
El segundo bloque, Colosenses 2:6 al 2:23, es la polémica. Y es breve, porque Pablo no quiere dar a los errores más espacio del que merecen. Aquí están las advertencias famosas: no se dejen llevar cautivos por filosofías huecas, no permitan que nadie los juzgue por comidas y calendarios, no se dejen descalificar por quien presume de visiones y de humildad fingida. La lógica es siempre la misma: ustedes ya murieron y resucitaron con él, así que esos reglamentos tratan a personas vivas como si siguieran muertas. Pablo incluso describe el acta de deudas cancelada y clavada en la cruz, «rayendo la cédula de los ritos que nos era contraria» (Colosenses 2:14).
El tercer bloque, Colosenses 3:1 al 4:1, es la ética. Y resulta sorprendente: después de desmontar las reglas religiosas, Pablo da instrucciones muy prácticas. La diferencia es el punto de partida. No son escalones para subir hacia Dios, sino la ropa de quien ya pertenece a él. Aquí aparecen la vieja y la nueva vestimenta, la unidad entre razas y clases porque «Cristo es el todo, y en todos» (Colosenses 3:11), y las relaciones domésticas: esposos, hijos, padres, siervos y amos.
El cuarto bloque, Colosenses 4:2-18, es la vida de iglesia: oración perseverante, sabiduría con los de afuera, palabra «sazonada con sal» (Colosenses 4:6) y una lista conmovedora de nombres, entre ellos Epafras que lucha en oración, Lucas el médico amado y Marcos, el que una vez abandonó y volvió a ser útil.
El resultado es una carta corta con un mensaje enorme: la suficiencia de Cristo no es un tema abstracto, es la razón por la cual puedes perdonar a tu hermano y trabajar con alegría el lunes.
Versículos clave de este libro
El primero es inevitable. «Porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Colosenses 2:9). Es una de las afirmaciones más explícitas de la deidad de Jesús en todo el Nuevo Testamento, y Pablo no la escribió para un debate de seminario sino para una iglesia asustada. La palabra que traduce «plenitud» era término técnico entre los especuladores religiosos de la época: el espacio divino se repartía entre muchos seres intermedios, y había que negociar con cada uno. Pablo dice que toda esa plenitud vive, de forma permanente y corporal, en un carpintero crucificado. Si eso es cierto, ninguna práctica, ningún maestro y ningún ángel puede ofrecerte un acceso más completo a Dios del que ya tienes. Tienes el todo.
El segundo organiza la vida entera: «Si habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado á la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Colosenses 3:1-3). Nota el orden: primero el hecho, después el mandato. No busques las cosas de arriba para llegar a estar con Cristo; búscalas porque ya estás con él. Y esa frase, «vuestra vida está escondida», es un refugio para los días en que no sientes nada. Tu identidad no está guardada en tu rendimiento espiritual ni en la opinión de nadie; está guardada en un lugar donde ni el fracaso ni la muerte pueden entrar a tocarla.
El tercero traduce todo lo anterior al delantal y al teclado: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de ánimo, como al Señor, y no á los hombres» (Colosenses 3:23). Pablo se lo escribe, antes que a nadie, a esclavos domésticos, gente sin derechos ni reconocimiento. Les dice que su trabajo invisible tiene un destinatario visible en el cielo. Aquí se derrumba la división entre lo sagrado y lo secular que los falsos maestros amaban: no hay una zona espiritual elevada y otra zona terrenal despreciable. Lavar platos «como al Señor» es culto. Y si el lunes es culto, nadie necesita una espiritualidad extra para sentirse cerca de Dios.
El espejo
Deja por un momento a los colosenses y respóndete esto: ¿qué le estás añadiendo tú a Cristo?
Quizá no sean ángeles ni lunas nuevas. Hoy la suma tiene otros nombres. Es la sospecha de que Dios estará más contento contigo la semana que leíste todos los días y no tanto la semana que colapsaste. Es la disciplina alimentaria convertida en virtud moral, el cuerpo castigado para sentir control. Es el diezmo calculado como seguro contra la desgracia. Es la ortodoxia perfecta usada como pasaporte, o la experiencia intensa usada como prueba. Es ese cálculo silencioso de los domingos: si sirvo, si asisto, si me emociono, entonces estoy bien.
Pablo diría que todo eso tiene «cierta reputación de sabiduría», y que no sirve para nada contra lo que realmente te domina. Las reglas pueden disciplinar tu agenda, pero no pueden cambiar tu corazón, y suelen alimentar en secreto el orgullo que pretendían matar.
Mira también el otro lado. Si ya estás completo en él, entonces no tienes que ganarle nada a nadie. Puedes dejar un trabajo que te estaba devorando sin sentir que pierdes tu valor. Puedes perdonar a tu padre sin esperar a que lo merezca, porque «como Cristo os perdonó, así también vosotros» (Colosenses 3:13). Puedes soportar la soledad de una etapa larga sabiendo que tu vida está escondida en un lugar seguro. Puedes trabajar con excelencia aunque nadie aplauda.
No te falta nada; te sobra miedo.
La pregunta de esta carta, entonces, es incómoda y liberadora a la vez. No es «¿qué más debo hacer?», sino «¿me atrevo a creer que Cristo basta?». Si él basta, hoy mismo hay cosas que puedes soltar.
Explicado para niños
A los niños, Colosenses se les puede contar con una imagen sencilla: alguien le dijo a unos amigos de Jesús que Jesús era bueno, pero que no era suficiente, y que necesitaban muchas cosas más para que Dios los quisiera. Pablo, que estaba en la cárcel, les escribió una carta para decirles: Jesús no es una parte, Jesús lo es todo. Él hizo las estrellas, las ballenas y también a ti. Y lo más increíble es que el que hizo el universo quiso vivir dentro de su pueblo.
Con los más pequeños funciona la idea de la ropa: así como nos ponemos el abrigo cada mañana, Dios nos invita a vestirnos de bondad, de paciencia y de perdón, porque ya somos sus hijos amados, no para llegar a serlo. Con los más grandes se puede hablar de la frase «como al Señor», y de que ordenar el cuarto o tratar bien a un compañero también le gusta a Dios.
Cada edad necesita un lenguaje distinto, y por eso en Faith.network encontrarás explicaciones específicas de este libro preparadas para preescolares de tres a seis años, para niños de primaria de siete a doce, y para adolescentes de doce en adelante, con preguntas, ejemplos e ilustraciones pensadas para cada etapa. Úsalas como punto de partida en casa, en la clase o en el carro camino a la escuela.
Preguntas frecuentes
¿Quién escribió el libro de Colosenses?
La carta se atribuye a sí misma a Pablo, acompañado por Timoteo, y la iglesia la recibió como paulina desde muy temprano, con testimonios en el siglo segundo. Algunos eruditos modernos han cuestionado la autoría por el vocabulario y el estilo elevado del himno de Colosenses 1:15-20, pero esas particularidades se explican bien si Pablo está citando material litúrgico ya conocido y respondiendo a un error con el lenguaje de sus oponentes. La firma personal de Colosenses 4:18, escrita de su propia mano, y los vínculos con Filemón refuerzan la autoría tradicional.
¿Cuándo y desde dónde se escribió Colosenses?
La posición mayoritaria la sitúa entre los años 60 y 62, durante el arresto domiciliario de Pablo en Roma que relata Hechos 28, cuando podía recibir visitas y enviar correspondencia. Algunos proponen Cesarea o incluso un encarcelamiento anterior en Éfeso, lo que adelantaría la fecha a los años cincuenta. El dato decisivo es que Colosenses, Efesios y Filemón parecen haber salido juntas, llevadas por Tíquico y Onésimo, lo cual coloca la carta en el mismo periodo de prisión y explica el tono sereno y contemplativo del apóstol.
¿Qué era exactamente la herejía de Colosas?
No se trataba de una secta organizada con un credo definido, sino de una mezcla religiosa atractiva. Reunía observancias judías de comidas, sábados y lunas nuevas, un ascetismo que maltrataba el cuerpo, veneración o invocación de ángeles, presunción de visiones y un lenguaje de sabiduría superior parecido al que después caracterizó al gnosticismo. Su peligro no estaba en negar a Jesús, sino en presentarlo como un paso inicial hacia algo más elevado. Pablo la desmonta afirmando que en Cristo habita toda la plenitud divina y que los creyentes ya están completos en él.
¿Por qué se parecen tanto Colosenses y Efesios?
Comparten un porcentaje notable de vocabulario, temas y estructura, incluyendo las instrucciones para las familias y la imagen de la iglesia como cuerpo de Cristo. La explicación más natural es que fueron escritas en el mismo momento y enviadas por el mismo mensajero, Tíquico. Colosenses responde a un problema concreto y por eso es más polémica y más centrada en la persona de Cristo; Efesios desarrolla con más calma el plan eterno de Dios y la unidad de la iglesia. Leerlas seguidas es una de las experiencias más enriquecedoras del Nuevo Testamento.
¿Qué significa que Cristo es «el primogénito de toda criatura»?
No significa que Jesús fuera la primera criatura hecha por Dios, como han enseñado algunos grupos. En la Biblia «primogénito» indica rango y derecho de herencia más que orden cronológico; en Salmos 89:27 Dios llama primogénito a David, que no era el hijo mayor. Además, el mismo texto lo explica inmediatamente: todo fue creado por él y para él, y él es antes de todas las cosas. Quien crea todo no puede formar parte de lo creado. El versículo proclama su soberanía sobre la creación, no su pertenencia a ella.
¿Qué quiere decir «Cristo en vosotros la esperanza de gloria»?
Es el núcleo de Colosenses 1:27 y una de las frases más consoladoras de Pablo. El misterio guardado por siglos no era una doctrina reservada a iniciados, sino el hecho asombroso de que Dios decidiera habitar en personas comunes, incluidos los gentiles que antes estaban fuera del pacto. La seguridad del futuro no descansa en tu constancia sino en esa presencia: si Cristo ya vive en ti, la gloria venidera no es un premio incierto, es la continuación lógica de algo que ya comenzó dentro de tu vida.
¿Es pecado guardar reglas sobre comidas, días o ayunos?
Pablo no prohíbe las prácticas; desarma su uso como medida de espiritualidad. En Colosenses 2:16-17 dice que nadie debe juzgarnos por esas cosas, porque son sombra de lo que vino en Cristo. Un ayuno hecho con libertad y gozo puede ser hermoso; el mismo ayuno convertido en requisito para ser aceptado por Dios o en argumento de superioridad sobre otros se vuelve esclavitud. La pregunta no es si practicas o no, sino si lo haces desde la plenitud que ya tienes o para conseguir una que crees que te falta.
¿Qué es «la cédula de los ritos» que fue clavada en la cruz?
La expresión de Colosenses 2:14 describe un documento de deuda, un pagaré con la lista de obligaciones legales que testificaba en nuestra contra. Pablo usa una imagen jurídica muy visual: Dios borró el escrito, lo quitó de en medio y lo clavó en la cruz, como se clavaba la sentencia sobre el condenado. Lo que quedó fijado en el madero fue la acusación contra nosotros, y Jesús la asumió. Por eso ningún reglamento puede volver a presentar cargos contra un creyente: el expediente ya fue cancelado públicamente.
¿Cómo se aplica hoy Colosenses 3:23 al trabajo?
Pablo dirige esas palabras a esclavos domésticos, personas cuyo trabajo nadie valoraba y que no podían cambiar de empleo. Al decirles que trabajen de ánimo, como al Señor, les entrega un destinatario distinto y una dignidad nueva. Aplicado hoy, significa que la calidad de tu trabajo no depende de si tu jefe lo nota, de si el salario es justo o de si la tarea es visible. Un informe bien hecho, un piso limpio o un paciente bien atendido son ofrendas reales. No existe trabajo honesto que sea espiritualmente insignificante.
¿Qué relación tiene Colosenses con la carta a Filemón?
Son hermanas gemelas. Filemón vivía en Colosas, y su esclavo Onésimo había huido hasta encontrarse con Pablo y convertirse. Las dos cartas comparten casi la misma lista de saludos: Epafras, Marcos, Aristarco, Demas y Lucas aparecen en ambas. Colosenses 4:9 presenta a Onésimo como «fiel y amado hermano, el cual es de vosotros», preparando a la iglesia para recibirlo. Leídas juntas, muestran la teología y la práctica abrazadas: la carta grande proclama que Cristo es el todo y en todos, y la pequeña lo aplica a un hombre concreto.
¿Qué significa que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios?
En Colosenses 3:3 Pablo describe una realidad presente, no una promesa lejana. Tu verdadera identidad no es visible todavía; no se mide por tus logros, tu reputación ni siquiera por tus sentimientos del día. Está resguardada en un lugar inaccesible al fracaso, a la enfermedad y a la muerte, porque está en Cristo y Cristo está en Dios. Por eso el versículo siguiente anuncia que cuando él se manifieste, nosotros apareceremos con él en gloria. Lo escondido no significa perdido; significa guardado hasta el día de la revelación.
¿Por qué Pablo menciona ángeles y potestades en esta carta?
Porque los maestros de Colosas enseñaban que el acceso a Dios pasaba por una jerarquía de seres espirituales a los que había que honrar y aplacar. Pablo responde en dos tiempos. Primero afirma que esos tronos, dominios, principados y potestades fueron creados por Cristo y para Cristo, según Colosenses 1:16. Después declara que en la cruz fueron despojados y exhibidos en derrota pública. No niega el mundo invisible; lo pone bajo los pies del Señor resucitado. El creyente no negocia con potestades vencidas.
¿Cuánto tiempo toma leer Colosenses completo?
Se lee en voz alta en unos quince o veinte minutos, que es aproximadamente lo que habrá tardado el lector de la congregación en Colosas al recibirla. Esa es, de hecho, la mejor manera de empezar: escucharla entera de una sentada para captar el movimiento del argumento antes de estudiar las partes. Después conviene volver despacio, un bloque por día, y dedicar tiempo extra al himno de Colosenses 1:15-20 y al giro de Colosenses 3:1-4, que son las dos bisagras sobre las que gira toda la carta.
Guía práctica de lectura
Empieza leyendo la carta completa en una sola sesión, preferiblemente en voz alta. Es corta, y fue escrita para ser escuchada de corrido. Anota, sin analizar todavía, cada vez que aparezca la palabra «Cristo» o un pronombre que se refiera a él. Te sorprenderá la densidad.
En una primera semana, quédate en Colosenses 1. Dedica dos días a la oración de Pablo en los versículos 9 al 14 y pregúntate qué pide él para una iglesia que no conoce: conocimiento, fuerza, paciencia, gratitud. Luego detente en Colosenses 1:15-17 y escribe con tus propias palabras cada afirmación sobre Cristo. Cierra la semana en Colosenses 1:27, memorizándolo si puedes.
En una segunda semana, trabaja Colosenses 2. Aquí la clave es identificar el enemigo. Haz una lista mental de las cosas que, en tu entorno, se presentan como el ingrediente que le falta a tu fe. Confronta cada una con Colosenses 2:8-9 y con la afirmación de que estás completo en él. Observa cómo Pablo pasa del error a la cruz en los versículos 13 al 15.
La tercera semana es para Colosenses 3. Lee Colosenses 3:1-3 cada mañana durante varios días seguidos, antes de abrir el teléfono, y deja que ordene tus prioridades. Después examina la ropa vieja y la nueva de Colosenses 3:12-14, y elige una sola prenda para practicar con una persona concreta esa semana. Termina aplicando Colosenses 3:23 a la tarea que más te aburre.
La cuarta semana, lee Colosenses 4 junto con la carta a Filemón completa. Practica Colosenses 4:2 orando por nombres reales, como hacía Epafras. Si quieres profundizar, compara el himno de Colosenses 1 con Juan 1:1-18 y con Hebreos 1:1-4, y verás tres ventanas abiertas hacia la misma gloria.
Para cerrar
Colosas desapareció. Un terremoto sacudió la región por aquellos años y la ciudad nunca recuperó su importancia; hoy el lugar es apenas un montículo sin excavar en Turquía. Pero la carta que Pablo envió a ese pueblo pequeño sigue haciendo exactamente lo que hizo entonces: quitar de en medio a todos los intermediarios y dejar a Cristo solo, en el centro, suficiente.
Esa es la invitación que queda sobre la mesa. No necesitas una experiencia más intensa, un maestro con secretos, una disciplina más severa ni un historial más limpio para acercarte a Dios. Necesitas ver mejor a quien ya tienes. Y cuando eso ocurre, la obediencia deja de ser un peaje y se vuelve lo que Pablo describe en Colosenses 3: ropa que te queda bien porque ya eres hijo.
Toma la carta esta semana, léela entera y pregúntate con honestidad qué estás sumando. Después suéltalo. Vuelve a Colosenses 2:6-7 y camina en él como lo recibiste, arraigado, edificado y agradecido. Es el mismo camino, de principio a fin, y siempre pasa por la misma persona.

